Acción terapéutica del magnetismo animal

Al igual que las terapéuticas religiosas, mágicas y místicas, el magnetismo presenta en su activo curaciones impresionantes, o consideradas como tales. Algunas han sido objeto de un serio control. Entre las mejor observadas, citemos las que parecen particularmente típicas:

Inicios de la terapia

He aquí un primer caso muy preciso. Esta cura ha sido narrada en los Archives Hospitalières de 1938.

Se trata de un enfermo cuya afección responde, según los autores, al siguiente cuadro clínico:

Prurito con liquenificación;

Liquen simple crónico de Vidal;

Neurodermitis circunscrita de Brocq;

Prurito leucodérmico de P. Chevalier.

El enfermo tiene treinta y nueve años, y sus trastornos empezaron en Marsella, en 1924.

Picores del perineo que desbordaron el escroto. Sobre todo por la noche. Obligado a tomar baños fríos de asiento. Seis meses después, excoriaciones perineales. En 1930, extensión al ano. Espantosos dolores provocados por las deposiciones. Tratado sin éxito por varios especialistas marselleses. A partir de 1925, consultó en París a los dermatólogos del hospital Broca y del hospital SaintLouis y otros especialistas en sus consultorios. Los más varios tratamientos: unturas, pomadas, autohemoterapia, inyecciones intravenosas de agua de Uriage, aplicaciones de novocaína in situ, rayos X, etc. Una primera serie de rayos X proporcionó una mejora de sólo quince días. Más tarde, una segunda serie no surtió efecto alguno.

El doctor Morlaas declara: Hemos visto al enfermo en el “Hospital SaintMichel”. El tegumento del perineo y del escroto en su parte posterior se mostraba espeso, liquenificado, y tenía múltiples escamas rezumantes. Las mismas lesiones se intensificaban en la región perianal, cuya mucosa, endurecida, espesa y blanco azulada, presentaba fisuras prolongadas en la piel contigua. El incesante flujo requería su absorción mediante gruesos apósitos. Las deposiciones eran sanguinolentas, con la anemia consiguiente, y el estado moral del enfermo empeoraba con los días. El muy distinguido dermatólogo que le trataba en el hospital arrojó la esponja.

Entonces fue cuando intervino la cura magnética realizada por Lady Clerk, esposa de un importante diplomático. Se prolongó del 27 de enero al 2 de abril de 1937. Hubo una mejora importante en las deposiciones después de tres semanas de tratamiento, y la curación se completó en dos meses. El provecho de cada sesión se observaba algunas horas después, y permanecía sin regresión ni acentuación hasta la sesión siguiente.

El 4 de julio de 1938, el doctor Morlaas presentaba a la Société médicochirurgicale des Hôpitaux Libres no sólo el caso que acabamos de relatar, sino también un caso de lichen ruber planus, un caso de eccema profesional de las manos, en un panadero; un caso de eccema de las planchadoras, con secuelas flebíticas de la pierna izquierda; todos curados gracias a los cuidados magnéticos de Lady Clerk.

Otro curandero, Monsieur Th, de Burdeos, realizó curaciones notables. Una de las más conocidas es la del fiscal general de aquella ciudad, Monsieur Maxwell, quien, por otra parte, está en posesión del título de doctor en Medicina. El doctor Maxwell estaba afecto de un glaucoma doble, considerado inoperable. La Facultad había abandonado completamente su caso y, cuando el curandero empezó a cuidarle, estaba casi ciego. Quedó completamente curado en unas pocas intervenciones, y no dejó de testimoniar pública y justamente en favor de su bienhechor.

A la edad de setenta y siete años, Monsieur Maxwell fue atacado por una hemiplejía izquierda. Los eminentes profesores que le examinaron diagnosticaron por unanimidad un coágulo de sangre en la región cervical. Las sesiones terapéuticas se desarrollaron en presencia del médico que llevaba el caso y de un profesor de la Facultad de Medicina de Burdeos. A la quinta sesión, el coágulo estaba disuelto y era evacuado, sin daño, a la circulación mayor. El enfermo estaba curado.

Léon Alalouf

Las curaciones obtenidas por Léon Alalouf, cuya deslumbrante carrera hemos seguido desde sus comienzos en Toulouse, y del que vamos a fijar la atractiva personalidad en pocas líneas, fueron también, en gran número de casos, perfectamente controladas.

Nacido en Salónica en 1905, llegado a Francia en 1920 y naturalizado francés, Léon Alalouf cursó estudios electrotécnicos y acabó la carrera de ingeniero en 1926. Se alistó en la Cruz Roja francesa y, herido en Monastir, fue citado en la orden del día del Ejército aliado por ser el voluntario más joven. Desde los inicios de la 7 3.X55

Segunda Guerra Mundial, totalizó veintisiete heridas, y trasladado de Infantería al 2. Bureau, ejerció sus dones de videncia, tan sorprendentes como sus dotes de curandero, y fue citado en la orden del día del Ejército por sus detecciones, sobre plano, de los submarinos alemanes. Al llegar el armisticio, entró en la Resistencia.

Titular de cuatro condecoraciones inglesas, de dos americanas, de la Cruz de la Liberación con asignación de la Cruz de guerra, de la Medalla de la Resistencia y de la Medalla militar, está igualmente condecorado con la Legión de Honor por los siguientes motivos:

Ardiente patriota, Léon Alalouf se ha entregado por compleo a la Resistencia. Desafiando todo peligro, ha pasado en ambos sentidos veintisiete veces la frontera de España, ha llevado a término todas las misiones peligrosas que le han sido confiadas bien por el Comité de Alger, bien por el coronel Malaise, en Madrid. Detenido por la Gestapo en la frontera de España, interrogado, torturado (fue colgado por un brazo y molido a golpes), supo guardar silencio. Metido en un convoy de deportación, se evade, y una vez más se pone al servicio de la Resistencia, en el Lot. Es un ejemplo de valor, de abnegación.

Pero por brillante que sea la lista de los lauros militares de Alalouf escribe con razón Jean Palaiseul, queda, sin embargo, eclipsada por sus latiros de curandero. Léon Alalouf posee, en efecto, 327.000 atestados de curaciones, teniendo en cuenta que no todos aquellos a los que ha devuelto la salud le han enviado su testimonio escrito. Sus clientes proceden de todos los ambientes y de todos los extremos del mundo. Ha cuidado a reyes; a jefes de Estado; a ministros; a príncipes; a prelados pertenecientes al alto clero; a artistas, etc. Alfonso XIII, Anatole de Monzie, Gastón Doumergue, Edouard Herriot, Sacha Guitry, recurrieron a su fluido. Gandhi, que pasó ocho días en su casa en 1932, le dijo: “Tenéis un asombroso poder de revitalizar los cuerpos deficientes, un poder netamente superior al mío” Y por invitación del Mahatma efectuó un viaje a la India y al Tibet. Fue llamado varias veces a la Corte de Inglaterra y, para agradecerle sus intervenciones, le enviaron la reserva de dos plazas para asistir a la coronación de la reina Isabel. Auténticos puentes de oro le han sido ofrecidos para que aceptara instalarse en el extranjero, especialmente en el Brasil y en los Estados Unidos, pero siempre ha rehusado.

En el curso de una encuesta, que realizamos hace poco, acerca de los curanderos y sus métodos, Léon Alalouf nos escribió lo que sigue:

Las virtudes curativas de mis radiaciones se ejercen eficazmente sobre los trastornos patológicos más varios; así, puedo citaros curaciones que afectan a enfermedades nerviosas: neuralgias, parálisis, apepsias, etc.; otras afectan a órganos o a sus funciones: laringitis, cefaleas, tuberculosis, cálculos urinarios, hernia, nefritis, enteritis, etc., y, en fin, cierto número debido a traumatismos varios: abscesos, tumores, heridas, etc. Tengo a su disposición testimonios que demuestran la curación de estas diversas afecciones, debidamente controladas, y emitidos con el espíritu crítico de quien, al ver semejantes resultados producidos por la imposición de mis manos, busca estudiar las causas. A menudo me pregunto si el poder curativo de mis radiaciones es de la incumbencia de la Fisiología, de la Psicología o de la Metapsíquica. ¿En qué forma se manifiesta? ¿Puede concebírselo al modo de una corriente eléctrica o de una forma espiritual de sugestión? ¿Su acción curativa, se ejerce indiferentemente sobre toda clase de enfermedades, y cuál es la medida de su eficacia? ¿Qué factores pueden modificar su acción y qué proceso asegura su más fecunda realización?

He aquí, ahora, dos testimonios de curaciones obtenidas por Léon Alalouf: una de ellas nos ha sido comunicada por M. L. C., consejero honorario del Tribunal de apelación, quien desea conservar el anonimato; la otra nos fue dirigida por el doctor Gou tenégre, que vive en la calle de la Pamme número 5, en Toulouse. La posición social de estos dos corresponsales elimina toda sospecha de complacencia.

Mi esposa, escribe M. L. C., estuvo afectada, tres años atrás, a los sesenta años de edad, por una crisis de reumatismo generalizado que la hacía sufrir horriblemente y que terminó, poco después, en una invalidez casi completa. Mi pobre enferma no podía mover el antebrazo izquierdo. Los demás miembros estaban inertes. Era preciso alimentarla como a un niño. Los medicamentos prescritos y los cuidados proporcionados por dos eminencias médicas se revelaban impotentes, y el mal progresaba. Estaba desesperado. Mi hijo, doctor en Medicina, asistía, descorazonado, al progreso de aquella enfermedad, que consideraba como incurable después del fracaso del tratamiento de sus eminentes colegas.

En última instancia, y resuelto a probarlo todo, incluso lo imposible, para aliviar a mi querida enferma, entré en relaciones con Monsieur Alalouf, de quien se decían maravillas. Mi hijo, que ejerce en un departamento de la región central, movido por un escrúpulo perfectamente explicable de orden profesional, me dejó la responsabilidad de esta iniciativa, que no quiso ni aprobar ni desaconsejar. Y fue así como traje a Monsieur Alalouf a la cabecera de la pobre doliente.

Por imposición de las manos, sin tocar el cuerpo y sobre los vestidos, disminuyó poco a poco la rigidez de las articulaciones, empezando por la nuca, los hombros, luego las manos, las rodillas y los pies, cuya deformación daba pena ver. Fueron necesarias numerosas sesiones; primero, dos por semana; luego, una cada quince días.

Poco a poco desaparecieron el sufrimiento y el insomnio, los miembros recuperaron su agilidad y su vigor, y hoy mi querida enferma va y viene por la casa, se ocupa de su interior, hace calceta para sus nietos y despacha su correspondencia como antes, mientras que antes de la intervención de Monsieur Alalouf no podía llevarse los alimentos a la boca ni sostener un ganchillo ni una estilográfica.

El fluido de Monsieur Alalouf actuó sobre ella como un verdadero medicamento. Expongo todo esto con absoluta objetividad, no intentando ni explicar ni comentar la causa y las frases de la curación. Sencillamente, hago constar el resultado. Es de lo más reconfortante, y Monsieur Alalouf merece que se le den las más efusivas gracias.

El testimonio del doctor Goutenégre es tan significativo como el precedente.

En respuesta a su carta de 16 de mayo, relativa a las curas de Monsieur Alalouf, en la que pide usted mi opinión, me place poder proporcionarle algunas informaciones muy exactas y muy verídicas.

1.“ Uno de mis clientes, M. F., jefe de estación jubilado, con domicilio en Toulouse, calle de Clemencia Isaura número 1, sufría una neuralgia del nervio ciático desde muchos meses y no conseguía librarse de su afección hasta que tuvo la idea de dirigirse a Monsieur Alalouf. Fue curado radicalmente al cabo de algunas sesiones, y luego no ha vuelto a sufrir.

2.° La señora Goutenégre, mi esposa, llevaba un año sufriendo una afección dolorosa en la muñeca derecha, con irradiación hacia el pulgar, y esta afección, llamada, por los cirujanos que la habían examinado, “tendosinovitis crónica estenosante de De Quer vain”, a más de defenómenos dolorosos que le ocasionaba y que le producían insomnio, no le permitía escribir ni hacer trabajos de aguja más que a costa de mil dificultades. Un tratamiento de rayos ultravioleta y otro de rayos infrarrojos no dieron resultado positivo alguno. Había llegado la hora de proceder a una intervención quirúrgica para liberar el tendón, cuando se nos ocurrió dirigirnos a Léon Alalouf.

Por medio de sencillas presiones ejercidas durante algunos segundos sobre la región dolorosa, en sesiones frecuentes y a continuación más espaciadas, mi mujer tuvo la satisfacción, al cabo de ocho meses de tratamiento, de comprobar, por etapas de mejora progresiva, que estaba completamente libre de su enfermedad. De ello hace aproximadamente un año, y mi esposa se sirve actualmente de la mano sin sentir ningún género de dolor. Esta curación típica merecía ser puesta de relieve.

En lo que personalmente me concierne, debo comunicarle igualmente que, sufriendo, de tres años a esta parte, una artritis crónica de la cadera derecha que, a ratos, me hacía si no cojear, al menos arrastrar la pierna, he obtenido una sensible mejora, tanto desde el punto de vista doloroso como desde el funcional, a consecuencia de un tratamiento externo aplicado por Léon Alalouf; incluso hay días en que no experimento molestias y que no cojeo en absoluto.

Son resultados que parecen sorprendentes, pero ante la evidencia de los cuales está uno obligado a rendirse, y confieso que, por mi parte, admito plenamente que algunos sujetos, como Léon Alalouf, pueden emitir radiaciones de naturaleza tal que ejerzan una influencia sedante sobre determinadas manifestaciones dolo rosas.

Añadamos a estos dos testimonios, sin, por otra parte, querer sacar un argumento perentorio en favor de los poderes de Léon Alalouf, esta divertida anécdota contada por Jean Palaiseul.

Como todos los curanderos, Léon Alalouf, a instancias del Colegio de Médicos, se ve perseguido periódicamente por ejercicio ilegal de la Medicina. Ahora bien, en uno de los procesos, el presidente del Tribunal, esperando encontrar en falta a Alalouf, hizo llamar como testigo a un abogado molido por una crisis de ciática.

¡He aquí a un cliente para usted! le espetó. Enséñenos lo que sabe hacer.

Con mucha calma, aunque, sin embargo, un tanto inquieto (puesto que le ocurre a Alalouf como a todos los terapeutas, sean curanderos o médicos, que sus tratamientos no tienen éxito de golpe), el acusado impone las manos al cobaya voluntario. Pasan algunos minutos de una espera algo tensa, cuando, con gran sorpresa de todos, el abogado se yergue de pronto y, estupefacto al no experimentar ya dolor alguno, exclama:

¡Estoy curado, señor presidente, estoy curado! ¡Es un milagro!

En todos los procesos de Alalouf acuden a declarar, a favor del curandero, hombres de ciencia, médicos e incluso profesores de Medicina. Así, en el curso de un proceso que le fue incoado en Toulouse el 24 de junio de 1966 por el director departamental del Ministerio de la Salud Pública, el doctor Charouleau, estomatólogo, profesor auxiliar de la Facultad de Medicina de Toulouse; su colega, el doctor Charançon, oftalmólogo, y Monsieur Roussi, profesor de toxicología en la misma Facultad, los cuales habían sido tratados con éxito por Alalouf, a quien habían enviado clientes, acudieron a decir todo el bien que pensaban del curandero. Sabemos dice el presidente del Tribunal, dirigiéndose a Alalouf que curáis y que gozáis de una reputación mundial y de un don inexplicable. Pero vuestras actividades paramédicas caen bajo el peso de la ley. Sin embargo, caso único en los anales judiciales franceses, los jueces renuncian a pronunciarse sobre el fondo de la cuestión y absuelven al procesado. La acción del Colegio de Médicos del HauteGarone fue desestimada.

Curaciones por magnetismo

Después de estos ejemplos precisos de curaciones por el magnetismo, igualmente podríamos citar aquí, pero no haríamos más que repetimos, y por eso nos limitaremos a estos ejemplos, las curas magnéticas de Monsieur Henri Durville, que son innumerables y que hemos seguido durante mucho tiempo; las de Monsieur Théo Matthys, de Gante (Bélgica), en cuyo favor rompimos amablemente lanzas sobre la cuestión del magnetismo; de Monsieur y de Madame Tisserand, que emplean sobre todo el soplo vital; de Marie Fomerod de Sées; de Germaine de Ruán (su verdadero nombre es Germaine Béguin) que se hizo llamar sucesivamente Madame Germaine, la pequeña Dama de Lourdes, y, finalmente, Germaine de Ruán>’ de Madame Turck; de Miss Ha mida, magnetizadora e hipnotizadora; de Joanny Gaillard, cuyos experimentos de momificación hicieron gran ruido en su tiempo; de Léonce Andrieu, de Perpiñán; de Robert Cartier, de Mons (Bélgica); de Roger y Germaine Guillard, de Orleáns; de Madame María, la curandera de las manos de luz; de Marcelle Giffard, de Rennes, la mujer radio; de Henri Moncourrier, de CháteauGon tier, en Mayenne; de Pierre Jourdreu, que ejerce en Haleine, en el Orne; de Joseph Beyrowski, de BoulogneBillancourt; de Madame Bourgès, de Burdeos; de Camille Eynard, que utiliza la radiestesia para establecer sus diagnósticos; de Charles de SaintSavin, de Vassal; de Eric Baer; de G. Bozet; de Georges Victor; de la vedette de musichall Mick Micheyl, que posee múltiples talentos, en particular los de pintora y curandera; de André Dangaly, que es a la vez magnetizador y psicoterapeuta y que, en lo que concierne a las curas morales y las reeducaciones psíquicas y físicas, obtiene excelentes resultados; y, en fin, André Besson, de Limoges, quien, en su último proceso, que tuvo lugar el 23 de diciembre de 1965, presentó al Tribunal de Limoges una veintena de justificaciones de médicos testimoniando a su favor, unas reconociendo haber recurrido a sus cuidados por su propia cuenta, otras, indicando que le habían pedido atendiera a sus enfermos. No dudo concluyó el fiscal de la República que Monsieur André Besson sea, por sus dones, un bienhechor de la Humanidad; pero la ley sigue siendo la ley, y, mientras esperamos que los curanderos obtengan, como es mi deseo, un estatuto, tenemos que respetar los textos en vigor, y solicito una pena de 8.000 francos de multa.

Señalemos que, en muchos países, la jurisprudencia relativa a los curanderos es mucho más liberal que en Francia. Así, en Suiza la ley prohíbe condenar a los curanderos que operen por simple aplicación de las manos o por medio de oraciones, y que en Inglaterra mil setecientos hospitales acogen a los curanderos cuando los enfermos los solicitan.

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