Constelaciones Familiares Terapias Alternativas

Los curanderos espiritistas

También los curanderos espiritistasutilizan por lo general la oración como agente de curación, pero, en sus curas, hacen intervenir, además, a los espíritus, bien para pedirles consejos puramente médicos, bien para solicitar sus fluidos bienhechores.Así, Mrs. Eileen Garrett, personalidad muy conocida en los ambientes espiritistas y parapsicológicos anglosajones, presidenta fundadora de la Parapsychology Foundation de Nueva York y autora de obras psíquicas muy apreciadas: My Life in Search for the Meaning of Mediumship; Télepath: In Search of a Lost Fa culty; Awareness; Adventures in the Supemormal; The Sense and Nonsense of Prophecy; Life Is the Healer; An Anthology from Tomorrow; Man Survive Death; Man the Maker, así como de algunas novelas, recibió, durante varios años, instrucciones médicas del espíritu del doctor James H. Hyslop. Sus comunicados me diúmnicos pueden leerse en Cure Through suggestion, publicado por Helen C. Lambert. Mrs. Eileen Garrett celebra algunas veces coloquios en estado consciente, pero sus audiciones en estado de trance, de las que luego no se acuerda para nada, presentan un carácter espiritista mucho más notable.Hasta el 28 de noviembre de 1931 dice Mrs. Lambert, las comunicaciones fueron hechas aparentemente por el control Uvha ni, en nombre de varias entidades; pero, cediendo a una petición que le fue dirigida, Uvhani ofreció el puesto al “espíritu” del doctor Hyslop, el cual quiso hacemos partícipes de lo que había sabido sobre las curaciones después de su desencamación.

Las modalidades de tratamiento preconizadas por el difunto doctor Hyslop fueron de las más variadas, pero siempre de naturaleza psíquica; iban desde la oración y el ascetismo hasta el hipnomagnetismo y la telepatía. Asma, artritis, dolores varios, temblores, trastornos cerebrales, amnesias*, lesiones orgánicas, pituita *, enfermedades del hígado y del páncreas, spleen (tedio) e hiponcodría, reumatismos, anemia y linfatismo, tumores glandulares, diabetes, llagas, cardiopatías, obsesiones, alucinaciones, fobias y enfermedades mentales. Todo ello fue tratado, y muy a menudo, con éxito.

En Inglaterra, una asociación: Guild of Spiritual Healing (Agrupación para curas espirituales) ha cuidado igualmente a los enfermos según las instrucciones de un médium, Mr. Simpson, a

su vez controlado por un espíritu, el doctor Lascelles. Así se habrían obtenido un número extraordinario de curaciones. Además, una sección del Guild, de orden completamente espiritualista, utilizaba la oración científica o armonizada. El procedimiento recuerda el utilizado por el antonismo, el cual, por otra parte, y en algunos de sus aspectos, puede ser considerado como una religión curandera espiritista. El grupo terapéutico, que comprendía siete miembros (cifra mágica), rezaba al mismo tiempo que el enfermo, que podía estar a cien leguas de allí. El gran resorte de este modo de operar sería la sincronización de los pensamientos en comunión. Así fueron tratados enfermos en Africa del Sur, en Australia, en China, en Malasia. La distancia, afirma Mr. Simpson, no presenta obstáculo alguno si el paciente cae en simpatía de acción en el momento preciso que el grupo ha fijado para la concentración de su esfuerzo sobre su caso. El grupo parece actuar de modo positivo, como un puesto de transmisión, y el enfermo como un aparato de recepción, unidos por un haz de ondas vivificantes.

Cada semana, de mil a dos mil enfermos fueron cuidados por los métodos del Guild, y resulta curioso comprobar que el cuerpo médico británico ha visto la obra con simpatía; incluso en determinados casos, algunos médicos no han menospreciado cooperar a su acción, y los hay de ellos que han enviado a sus propios allegados a ser tratados en el nuevo dispensario. Entre las enfermedades atajadas o curadas se citan particularmente casos de cáncer, de tuberculosis, de parálisis infantil, varios trastornos cardíacos, un caso de lepra blanca y tres de ceguera.

Los atajadores, los sopladores y los tocadores

Con los atajadores, los sopladores y los tocadores entramos en una mística curandera popular que recurre a las fórmulas mágicas.

Atajar es hacer con el reborde de la mano una señal de la cruz sobre la región enferma y recitar al mismo tiempo las palabras sacramentales. Todavía ahora, en algunos pueblos de la Touraine y del Berry, el primer cuidado de los lisiados está en hacerse atajar un esguince, una torcedura, una picadura. No se recurre a los cuidados del médico más que cuando la curación se hace esperar demasiado. En Perche no se conoce al atajador, pero el soplador ejercita allí sus talentos. Sopla sobre la parte enferma y en seguida recita la fórmula curadora; en el caso de hemorroides, después de haber soplado contornea el esfínter anal con el índice humedecido con saliva.

Así como el atajador ataja y el soplador sopla, el tocador toca. Está señalado por el Destino, que le ha deparado el don de curar. Es, en efecto, el séptimo hijo varón. Como sus colegas atajadores y sopladores, emplea fórmulas mágicas.

Éstas se exponen profusamente en los libros de magia. En nuestros días, Eliphas Lévi ha citado muchas de ellas que hace poco, e incluso ahora se usan en determinadas campiñas. Se trata de una rara combinación en que se mezclan trozos de oraciones, palabras latinas o hebreas, con otras que no tienen sentido alguno, sea porque nunca tuvieron, sea porque hayan sido deformadas por la defectuosa pronunciación de los ignorantes, que se las pasan oralmente.

La palabra cumbre de la magia curandera es ABRACADABRA. Parece que encanta a buen número de enfermedades y principalmente a la fiebre. En Oriente la llevan en el cuello, a guisa de amuleto, escrito en triángulo sobre un pergamino o sobre una chapa metálica, dispuesta de tal modo que pueda ser leída en varios sentidos.

Existe todo un ritual contra las hemorragias. Se puede tomar una taza de agua fría y dejar caer en ella tres gotas de sangre; luego se le da a beber al paciente y se le pregunta: ¿Quién te ayudará? Tiene que responder: Santa María. y el curandero dice entonces: Sancta María, hunc sanguineum firma. También se puede humedecer el dedo en la sangre y escribir con esta sangre sobre la frente del enfermo: Consummatum est. O bien, decir tres veces, sin equivocarse, lo que es bastante difícil: San guis, mane fixus in tua vena sicut Christus in sua poena. Sanguis, mane sicut Christus quando fuit crucifixus. Otras fórmulas hemostáticas son igualmente empleadas por los brujos de nuestras campiñas. He aquí las que pueden ser más eficaces:

Con la sangre de Adán la muerte salió f. Con la sangre de Cristo, la muerte se suavizó t Yo te mando, oh sangre, en virtud de esta muerte, que detengas tu curso.

Cristo nació en Belén y sufrió en Jerusalén; su sangre se enturbió. Te digo que te detengas, por el poderío de Dios y por la ayuda de todos los santos, igual que el Jordán dentro del cual san Juan bautizó a Jesucristo. En nombre del Padre, del Hijo, etc.

Curat, cara sarite confirma consana imaholite. Sepa f sepaga t sepagogat sangre, deténte. Todo está consumado, en el nombre del Padre f podendi t y del Hijo f pandera t y del Espíritu Santo t pandorica t la paz sea contigo. Amén.

Se puede también hundir un dedo en la llaga, hacer! tres cruces y decir cinco padrenuestros, con cinco avemarias, y un credo,

S 3.155 en honor de las cinco llagas de Nuestro Señor Jesucristo.

En fin, la frase siguiente, sacada del Evangelio, detendría en el acto cualquier hemorragia, por grave que fuese.

De latere ejus exivit sanguis et agua.

Contra los humores fríos, se calienta, bajo la ceniza, una mata de verbena, con sus raíces; la planta debe aplicarse sobre el enfermo en ayunas, por una virgen igualmente en ayunas. Y el brujo, escupiendo tres veces, murmura: Apolo niega que la peste pueda crecer, que habrá apagado una virgen desnuda.

Para curar la epilepsia, se invocan, en tres versos latinos, los tres Reyes Magos.

Una sopladora de los alrededores de Chartres emplea contra las quemaduras la siguiente fórmula: Fuego del cielo y de la tierra, aplaca tu calor, “examarette” (bis), como Nuestro Señor perdió sus colores en el Huerto de los Olivos. Así sea.

Circundo el mal, dice Madame D, curandera en Lagorgére, trazo sobre él la señal de la cruz y digo una oración; las hay para las quemaduras, los eccemas, los chancros, las mordeduras de serpientes.

Los esguinces y las torceduras no resisten, al parecer, a esta suplica: Que Dios, la señora Santa Ana, los Bienaventurados santos^ Cosme y Damián te encajen los huesos, los nervios y las articulaciones. Después de lo cual, lisiado y curandero hacen cada uno la señal de la cruz y todo queda dicho y hecho.

Un curandero, muy conocido en el Var y en los departamentos limítrofes, D. G., procedía de modo singular. Preguntaba nombre y apellido de la persona enferma, luego se iba a campo traviesa, pronunciaba una oración misteriosa, y, al mismo tiempo, hundía un cuchillo nuevo en la tierra; esto bastaba para obtener la curación. Se han encontrado miles de cuchillos hundidos en el suelo.

El brujo se ocupa también, de muy buena gana, de arte veterinario. Así, cura al caballo de los gusanos diciendo, mientras se persigna varias veces: Yo te conjuro, a ti, gusano, que no comas ni chupes la carne ni los huesos de este caballo y que seas tan apacible como lo fue aquel buen personaje llamado Job y tan bueno como san Juan cuando bautizó a Nuestro Señor en el Jordán. En seguida cuchichea tres padrenuestros y tres avemarias a la oreja del animal.

Con la ayuda de parecidas súplicas, lucha contra las enfermedades de los rebaños: viruela, sarna, etc. Monsieur Lotus Marín, miembro del Instituto de Francia, ha escrito que conoció personalmente a un campesino que, murmurando alguna oración, curaba a las bestias afectéis de meteorismo. Fue estudiado por el profesor Bemheim, quien reconoció la realidad del hecho. Anotemos incidentalmente, aunque no se trate de magia curandera, que, en determinados países, el brujoveterinario expulsa las larvas con esta sorprendente e irreverente fórmula: Orugas queridas, que esta comida que hacéis en otoño os aproveche tanto como gozaba la Virgen María cuando, al beber y al comer, no se hablaba de Jesucristo. En nombre de Dios. Amén. Después de lo cual, anda por entre las plantas devoradas por los gusanos, golpeándolas con una varita cogida cerca de la casa de un adúltero.

Levitación de los santos

Entre los fenómenos telecínéticos, el más asombroso es sin duda la levitación, es decir, el levantamiento espontáneo del cuerpo humano en el espacio. Seguramente también es el que menos se presta a la sofisticación. Es bastante raro en metapsíquica, pero parece relativamente fecundo en hagiografía cristiana, que posee acerca del fenómeno una tradición escrita antigua, continua y variada; sin embargo, conviene tener en cuenta exageraciones y leyendas. Hecha la discriminación, subsiste determinado número de casos en que la autenticidad no parece nada dudosa, puesto que está apoyada en documentos verificados, seguros y exactos.Entre todos los hechos correctamente observados y cuidadosamente consignados, fijémonos aquí en los que nos parecen más típicos: las levitaciones de Teresa de Ávila, de Bemardino Reali no, de Francisco Suárez y de José de Copertino.

Santa Teresa, cuyo espíritu era de lo más positivo dentro de su misticismo, se quejaba de levantamientos en el espacio que ella no podía impedir y que parecen haber estado en relación con un gran consumo de fuerza nerviosa.

Ello me ocurrió escribe un día cuando estaba en el coro con todas las religiosas, arrodillada y preparándome para comulgar. Mi pesar fue extremo, al considerar que una cosa tan extraordinaria no dejaría de causar gran sensación. Como quiera que este hecho es muy reciente, y ha ocurrido ejerciendo el cargo de priora, prohibí a las religiosas que hablaran de ello. Otras veces, dándome cuenta de que Dios iba a renovar aquel favor, me echaba de pronto al suelo; mis hermanas se apresuraban para retenerme, pero, a pesar de ello, el arrobamiento no podía escapar a sus miradas. Suplicaba a Nuestro Señor se dignara no favorecerme más con estas gracias que se delatan por signos externos; estaba  se dice es verdad.

En lo que atañe a las levítaciones de José de Copertino, abundan los documentos, relativamente poco antiguos, puesto que el religioso nació en 1603 y murió en 1663. Las encuestas de beatificación empezaron ya dos años después de su muerte, de modo que todos los testigos de los extraordinarios fenómenos presentados por el santo vivían aún. Los fenómenos ocurrieron en Nardo, en Asís, en Osimo, en Fossombrone, en Nápoles, en Roma y en un determinado número de conventos: la Grottela, el Sacro Couven to, etc. Las actas del proceso de canonización relatan más de setenta arrobamientos sólo en la población de Copertino o en los alrededores. Ningún santo dice la bula de canonización puede, en este aspecto, comparársele.

Las levítaciones de José consistían en levantamientos con movimiento de traslación. En algunas ocasiones quedaba como suspendido en el aire en presencia de todos los hermanos de su Orden. A menudo, los religiosos que lo rodeaban, dudando de lo que estaban viendo, pasaban la mano por debajo de sus pies, a fin de asegurarse de que no tocaban el suelo. El papa Urbano VIII fue un día testigo del fenómeno y declaró que no dejaría de atestiguar dé aquel prodigio si moría después que José. Parece cierto también que, en algunas circunstancias excepcionales, elevó consigo en el aire a personas a quienes tenía cogidas por la mano.

Entre las levítaciones más notables comprobadas durante los trece años que el santo pasó en Asís, se puede citar la ocurrida en 1645 ante el gran almirante de Castilla, legado en la Corte pontificia, que fue a verle acompañado por su mujer. Apenas hubo entrado en la iglesia en que estaban sus visitantes, José, pasando por encima de sus cabezas, voló hacia una imagen de la Virgen; luego, siempre manteniéndose en el espacio, volvió a su punto de partida. Después de lo cual regresó a su celda por los medios ordinarios. Se dice que, impresionada por el prodigio, la esposa del legado se desvaneció y que fue preciso emplear mucha cantidad de sales para hacerla volver en sí.

Otra levitación célebre del santo se produjo en presencia del duque Juan Federico de Brunswick. Mientras asistía a la misa que celebraba José, le vio y todos los fieles le vieron igualmente elevarse del altar, atravesar por los aires, de rodillas, una distancia de cinco pasos y volver al altar. Al día siguiente, en el momento de la consagración, José se alzó una palma del suelo y se mantuvo así más de cinco minutos por encima de las gradas del altar, mientras sostenía la hostia, con los brazos en alto. Viendo esto, el príncipe se puso a llorar. Él y uno de sus chambelanes, que eran luteranos, se hicieron católicos a consecuencia del milagro.

La celebridad de José era inmensa, y los más grandes personajes de la época querían contemplarle en sus levitaciones. Así, ría de Saboya, los cardenales Facchinetti y Rappaccioli, se bisaron cerca de Asís para hablar con el santo de asuntos espirituales y asistir a sus vuelos extáticos.

Es agradable dejar constancia de que, cuando Copertino vivía con los capuchinos de Pietrarubbia, se establecieron hosterías y tabernas en los alrededores del convento, para albergar a los curiosos, cada vez más numerosos, que deseaban estar presentes en los arrobamientos. Por lo demás, el religioso era a menudo excluido, por sus superiores, de las procesiones, del coro, del refectorio, a causa del trastorno que ocasionaban sus levitaciones. Por ejemplo, durante una levitaciórf ocurrida ante el altar del Santo Sacramento, cuando volaba de rodillas frente al tabernáculo, sus sandalias cayeron al suelo, lo que provocó algunas sonrisas a pesar de la majestad del prodigio.

Al pueblo llano, como a los grandes, se lo favorecía con la contemplación del milagro. Así fue el caso de unos pastores invitados el día de Navidad a ir a tocar la gaita en la iglesia de la Grotella. Uno de ellos contó lo que había visto, de un modo ingenuo y encantador, pero impregnado de veracidad: Entramos todos juntos en la iglesia, el hermano José a la cabeza y nosotros detrás, hacia las diez o las once de la noche, llenando la nave con el sonido de gaitas y de pífanos. Vimos entonces cómo el hermano José, de tan contento que estaba, se ponía a danzar en medio de la iglesia al son de nuestra música. Pero, de pronto, suspiró y dejó escapar un grito; al mismo tiempo se elevó en el espacio y, desde el centro de la iglesia, voló como un pájaro por encima del altar mayor, donde abrazó el tabernáculo; ahora bien, desde el centro de la iglesia hasta el altar mayor, la distancia puede que sea de cinco varas. (La vara es una antigua medida agraria de valor variable según los países; cinco varas equivalen, aproximadamente, a veinticinco metros.  N. del A.)

Pero lo mejor de la cosa es que el altar estaba lleno de candelabros encendidos, y el hermano José voló, se posó entre los candelabros, y no derribó ni uno. Se quedó así de rodillas, sobre el altar, abrazando el tabernáculo, como cosa de un cuarto de hora; después de lo cual, bajó del altar, sin ayuda de nadie y sin descomponer nada. Se alejó de nosotros, ojos y mejillas bañados en lágrimas, diciéndonos: “Hermanos míos, ya basta, sed bendecidos por el amor de Dios.” Estábamos asustados de devoción (sic) y muy asombrados. Me dije interiormente: de verdad, esto es un milagro.

Entre los centenares de declaraciones que hacen de las levitaciones de José de Copertino una certidumbre histórica, citemos, para terminar, la relación del cirujano Francesco de Pierpolo, quien observó el fenómeno del arrobamiento de un modo perfectamente objetivo: En tiempos de la última enfermedad del padre José, declara, tuve que practicar un cauterio en la pierna derecha, de acuerdo con las prescripciones del médico, Monsieur Hyacinthe Carosi. El padre José estaba sentado en una silla, con la pierna apoyada en mi rodilla. Ya estaba yo aplicando el hierro para la operación cuando me di cuenta de que el padre José estaba embelesado más allá de los sentidos y en completa abstracción; los brazos en cruz, los ojos abiertos y dirigidos hacia el cielo, la boca medio abierta; parecía que la respiración hubiese cesado por completo. Vi que se había elevado como una palma por encima de la silla, por lo demás, en la misma posición que antes del éxtasis. Intenté doblarle la pierna, y no lo conseguí; quedó extendida. Habiéndose posado una mosca en la pupila del ojo, cuanto más me esforzaba en sacarla de allí, más parecía obstinarse en volver al mismo lugar. En definitiva, tuve que dejarla. A fin de observar mejor al padre José, me puse de rodillas. El médico antes citado observaba junto a mí. Los dos reconocimos, muy visiblemente, que el padre José estaba arrobado más allá de los sentidos y que, además, se hallaba realmente suspendido en el aire, como he dicho. Aquella situación se prolongó durante un cuarto de hora, cuando se presentó el padre Silvestre Evangelista que vivía en el convento de Osimo. Después de haber observado el fenómeno, ordenó a José, en nombre de la santa obediencia, que volviera en sí, y lo llamó por su nombre. José sonrió y recuperó los sentidos.

Es de notar que este atestado, a la vez sobrio y minucioso, no refleja emoción alguna ni ningún pensamiento de edificación espiritual. Ciertamente, expresa una realidad.

Para evitar repeticiones, limitémonos a algunos ejemplos de levxtaciones proporcionados por la hagiografía cristiana. Por su robustez, su precisión, su sello de autenticidad, pueden, por sí solos, llevar a la convicción, pero no son únicos en su clase. Muchos santos, aparte los que acabamos de considerar, místicos y ascetas cristianos estuvieron igualmente sujetos a vuelos extáticos. La lista sería larga de consignar. Citemos sólo, limitánHrmng a los siglos xix y xx: Claude Dhiére (17571820), director del gran seminario de Grenoble, objeto de levitaciones en el curso del éxtasis; MaríaCrucificada de las Llagas de Jesús (17821826), a quien se vio varias veces suspendida en el aire; el bienaventurado Andró Hubert Fouraet (17521834), objeto igualmente de varias levitaciones; el bienaventurado JoséBenito Cottolengo (17861842), cuyas levitaciones fueron particularmente bien observadas; santa María Magdalena Postel (17561846), a quien sorprendieron sus alumnas en estado de vuelo extático; María de Jesús Crucificado (18461879), quien, repetidas veces, se elevó por encima del suelo ante las

hermanas de su comunidad, y ello a pesar de sus esfuerzos contrarios para impedir la atracción sobrenatural; el bienaventurado Michel Garicoits (17971863), fundador de los padres del Sagrado Corazón de Bétharram, quien se elevaba del suelo cuando decía misa; y, en fin, Gemma Galgani (18781903), de Lucca, la cual, alguna vez, en sus éxtasis, se elevaba lo bastante alto como para abrazar un crucifijo, que normalmente no hubiese podido llegar hasta a el.

Levitación de los médiums

Como ya hemos indicado, la levitación es un fenómeno excepcional en metapsíquica. Los tres grandes médiums con efectos físicos no experimentaron la levitación en sus personas más que muy raramente. Sin embargo, a juzgar por los informes relativos a experimentos, D. D. Home, Stainton Moses, Eusapia Paladino y algunos otros médiums de menor nombradla, fueron objeto de levitación. Las más completas, las mejor observadas y las más extraordinarias fueron, en verdad, las de DanielDunglas Home.

Los casos de ¿evitaciones más frecuentes de los que yo haya sido testigo ocurrieron con Monsieur Home escribe Wil liam Crookes en sus Recherches sur le Spiritualisme. En tres circunstancias distintas, le vi elevarse completamente por encima del suelo de la habitación. La primera vez estaba sentado en una otomana; la segunda, arrodillado sobre su silla, y la tercera estaba de pie. En cada ocasión, tuve perfecta libertad para observar el hecho en el momento de producirse.

Los mejores casos de levitación de Home tuvieron lugar en mi casa. Una vez, entre otras, se colocó en la parte más visible de la sala y, al cabo de un minuto, dijo que se sentía levantado. Vi cómo se elevaba lentamente, con un movimiento continuo y oblicuo, y quedarse durante algunos segundos a seis pulgadas aproximadamente del suelo; en seguida volvió a bajar lentamente.

Ninguno de los asistentes se había movido de su lugar. El poder de elevarse casi nunca es comunicado a los que están cerca del médium. Sin embargo, una vez, mi esposa fue elevada con la silla en que estaba sentada.

Rechazar la evidencia de estas manifestaciones concluye el ilustre sabio inglés, equivale a rechazar todo testimonio humano, cualquiera que sea, porque no hay acontecimiento en la historia sagrada o en la historia profana que se apoye en pruebas más importantes.

La más asombrosa levitación de Home ocurrió el 16 de diciembre de 1868, en Londres, en presencia de Lord Lindsay, de Lord Adare y del capitán Wyrme. Bajo una buena luz, probablemente limar, los experimentadores vieron al médium en levitación salir y volver a entrar por las ventanas del inmueble situado en el número cinco de Buckingham Gate, Ashley Place. La explicación detallada de tan asombroso experimento fue redactada por Lord Lindsay para la Sociedad Dialéctica de Londres.

Home dice Lord Lindsay, que llevaba algún tiempo en trance, después de haberse paseado por la habitación, se dirigió a la sala vecina. En aquel momento, oí cómo una voz me murmuraba al oído: “Va a salir por una ventana y volver a entrar por la otra.” Asustado ante el pensamiento de un experimento tan peligroso, comuniqué a mis amigos lo que acababa de oír, y con profunda ansiedad esperamos su retomo.

Entonces oímos cómo se levantaba el cristal de la ventana de la otra habitación, y casi de inmediato vimos a Home flotar en él aire por la parte exterior de nuestra ventana. La luna iluminaba plenamente la habitación, y como yo estaba de espaldas a la luz, el alféizar de la ventana proyectaba sombra contra la pared que yo tenía enfrente, y vi los pies de Home que venían a proyectarse por encima, a una distancia de unas seis pulgadas.

Después de haber permanecido en esta posición durante algunos segundos, levantó el cristal de la ventana, se deslizó en la habitación, con los pies por delante, y fue a sentarse. Lord Adare pasó entonces a la otra habitación y, observando que estaba entreabierta la ventana por la que Home acababa de salir, sólo a dieciocho pulgadas de altura, expresó su sorpresa de que Home hubiese podido pasar por aquella abertura. El médium, que seguía en trance, replicó: “Voy a demostrárselo.” Entonces, volviéndose de espaldas a la ventana, se inclinó para atrás y fue proyectado hacia fuera, primero la cabeza, el cuerpo enteramente rígido; luego volvió a su lugar. La ventana está a setenta pulgadas del suelo; las dos ventanas están alejadas una de otra irnos siete pies y seis pulgadas, aproximadamente, y cada una no tiene más que un saliente de una docena de pulgadas, que sirve para poner tiestos.

A decir verdad, recienteriiente se han formulado algunas críticas a propósito de esta narración, porque la luna llena no corresponde a la fecha indicada por Lord Lindsay, pero estos reparos sólo tienen un interés relativo, porque la fecha en cuestión puede ser errónea.

Home también fue objeto de levitación en otras circunstancias. Habiendo asistido a una sesión del médium, el conde Tolstoi escribe: Home fue levantado de su silla y yo le cogí los pies mientras estaba flotando por encima de nuestras cabezas. Igualmente, podemos leer lo que sigue en el atestado de una sesión que tuvo lugar en San Petersburgo, en casa de la baronesa Taubi, en presencia del doctor Karpovitch y de otras notabilidades científicas: Luego, Monsieur Home anuncia que se siente levantado; su cuerpo adopta la posición horizontal, y es transportado, con los brazos cruzados sobre el pecho, hasta el centro de la seda; después de haber permanecido allí durante cuatro o cinco minutos, es vuelto a su lugar, transportado del mismo modo. En fin, citemos el testimonio de Lord Crawford: Monsieur Home se había sentado al piano y empezaba a tocar; como nos había invitado a acercarnos, me coloqué a su lado; tenía una de mis manos sobre su silla, y la otra, sobre el piano; mientras estaba tocando, su silla y el piano se elevaron a una altura de tres pulgadas. Luego volvieron a su lugar.

He aquí ahora cómo el mismo Dunglas Home describe sus impresiones:

Durante estas elevaciones o levitaciones se lee en Revelaciones sobre mi vida sobrenatural no experimento nada particular, excepto esta sensación ordinaria cuya causa atribuyo a una gran abundancia de electricidad en mis pies; no noto que ninguna mano me soporte, y desde mi primera ascensión, ocurrida en América cuando tenía diecinueve años, no he experimentado temores, aunque, si me hubiese caído de algunos techos a donde había sido elevado, no habría podido evitar heridas serias.

Por lo general, soy elevado perpendicularmente, mis brazos rígidos y levantados por encima de mi cabeza, como si quisieran agarrar al ser invisible (1) que me levanta dulcemente del suelo. Cuando llego al techo, mis pies son llevados a nivel de mi cabeza y me encuentro en una posición de reposo. A menudo he permanecido suspendido durante cuatro o cinco minutos; hay un ejemplo de ello en un informe de las sesiones celebradas en 1857 en un castillo cercano a Burdeos. Una sola vez mi ascensión se efectuó en pleno día; era en América.

También fui levantado en un apartamento de Londres, en Stoane Street, donde brillaban cuatro mecheros de gas y en presencia de cinco señores que estaban dispues

(1) Home atribula sus levitaciones, y la mayor parte de los demás fenómenos que producía, a entidades del más allá que se apoderaban de su fuerza nerviosa para manifestarse, a prestar testimonio de lo que vieron, sin contar multitud de testigos que puedo aportar seguidamente. En algunas ocasiones, aflojada la rigidez de mis brazos, hice en el techo, con un lápiz, letras y signos que todavía existen, en su mayor parte, en Londres.

Mr. Stainton Moses, que fue objeto de fenómenos extraordinarios y, en particular, de levitaciones cuando enseñaba en la Uni versity College School, de Cambridge, también ha descrito las impresiones que experimentó cuando, por primera vez, fue elevado por encima del suelo de modo paranormal. El fenómeno se produjo ante testigos.

La silla en que estaba sentado se elevó del suelo a una altura que, por lo que después pude juzgar, sería de 30 a 40 centímetros. Mis pies tocaban el zócalo, que podía tener 30 centímetros de alto. La silla quedó suspendida unos instantes, y entonces sentí que la dejaba atrás y yo subía cada vez más arriba, en un movimiento muy dulce y muy lento. No tenía temor alguno y me sentía bien. Tenía perfecta conciencia de lo que estaba ocurriendo y describí la marcha del fenómeno a los que estaban en la habitación.

El movimiento era regular y me pareció bastante lento antes de que llegara a completarse. Estaba muy cerca de la pared, tanto, que pude, con un lápiz sólidamente emplazado contra mi pecho, señalar el papel de la pared. Aquella señal, medida después, estaba a un poco más de 1,80 m del suelo, y, de acuerdo con mi posición, mi cabeza debía estar en el ángulo de la habitación, a poca distancia del techo. No creo, ni mucho menos, que me hubiese dormido. Mi espíritu estaba perfectamente alerta, y me percataba del curioso fenómeno. No sentí presión alguna sobre el cuerpo; tenía la sensación de encontrarme en un ascensor y ver los objetos pasar lejos de mí. Sólo me acuerdo de una ligera dificultad para respirar, con la sensación de tener el pecho lleno y de ser más ligero que la atmósfera. Fui bajado muy lentamente y colocado sobre la silla, que había vuelto a ocupar su lugar anterior. Fueron tomadas inmediatamente las medidas, y registradas las señales que había hecho con el lápiz. Mi voz me dijeron resonaba como si viniera del techo. Este experimento fue repetido nueve veces, con más o menos éxito.

La famosa médium napolitana Eusapia Paladino, que fue estudiada por gran número de sabios, en Nápoles, en Roma, en Milán, en Varsovia, en Cambridge y en Francia, probablemente fue levita da en el curso de experimentos espiritistas. Damos, como ejemplo, el informe de un experimento hecho por Chiaia, en Nápoles, en presencia del profesor don Manuel Otero Acevedo, de Madrid, y del señor Tas si, de Perusa.

Eusapia, en vez de hablar, como siempre, en un pésimo dialecto napolitano, empezó a hablar en puro italiano, mientras rogaba a las personas que estaban sentadas a su lado que le cogieran las manos y los pies. Luego, sin que se produjera el menor ruido ni la más ligera ondulación de la mesa, alrededor de la que nos encontrábamos, los señores Otero y Tassi, que eran los que estaban más cerca de la médium, fueron los primeros en darse cuenta de una ascensión inesperada, puesto que notaron cómo les levantaban suavemente los brazos y, no queriendo soltar las manos de la médium, tuvieron que acompañarla en su ascensión. Este magnífico caso de levitación es tanto más digno de atención cuanto que tuvo efecto bajo la más rigurosa vigilancia, y con tal ligereza, que parecía como si levantasen una pluma. Lo que sorprendió, sobre todo, a aquellos señores, fue sentir los dos pies de la médium situados sobre la pequeña superficie de la mesa (0,80 por 0,60 m), ya en parte cubierta por las manos de los cuatro asistentes, sin que fuera tocada ninguna de aquellas manos, a pesar de encontrarse en la más completa oscuridad.

Aunque aturdidos por un hecho tan extraordinario e imprevisto, uno de nosotros preguntó a John(l) si le sería posible levantar a la médium de encima de la mesa, con los pies juntos, de modo que nos permitiera comprobar mejor la levitación. De inmediato, sin discutir la petición exigente y maliciosa, Eusapia fue airada de encima de la mesa, de 10 a 15 centímetros; ¡cada uno de nosotros pudo pasar libremente la mano por debajo de los pies de la “maga”, suspendida en el aire!

Al explicar esto, no sé qué sentimiento es más fuerte en mí: ¿es la satisfacción de haber obtenido un fenómeno tan magnífico, tan maravilloso, o bien es la penosa sospecha de que me tomaran por un visionario, incluso mis amigos más íntimos? Por fortuna éramos cuatro, comprendido el profesor español, siempre receloso.

Cuando nuestra maga quiso bajar de la mesa, sin nuestra ayuda, con una destreza no menos maravillosa que la empleada para subir a ella, tuvimos otros motivos de asombro. Encontramos a la médium acostada, con la cabeza y parte de la espalda apoyados en el reborde de la mesa; el resto del cuerpo, horizontal, firme como una barra y sin ningún otro apoyo en su parte inferior, mientras que la ropa estaba adherida a las piernas, como si estuviese atada o cosida a su alrededor.

En fin, entre los médiums contemporáneos, parece que Willy Schneider fue levitado algunas veces, particularmente durante el curso de experimentos dirigidos por el doctor De SchrenckNot

(1) Según Eusapia, los fenómenos que producía eran debidos a un cespíritu, John King, el cual, en una encarnación anterior, habría sido su padre y el hermano de la famosa Katie King, observada por William Crookes. En realidad, este John King era, probablemente, desde el punto de vista mental, una personalidad secundaria, una elaboración imaginativa del médium, un producto de su fantasía creadora.N. del A.

zing, y a los que asistieron los profesores Holub y Berzé, así como el escritor Hans Muller.

Revestido con un maillot negro pespunteado, con agujas fosforescentes escribe René Sudre, su cuerpo era perfectamente visible en luz roja. Era elevado horizontalmente y parecía transportado por una nube invisible. Subió hasta el techo, y quedó allí durante cinco minutos moviendo rítmicamente sus piernas atadas. El descenso se efectuó bruscamente, como la subida. Todo había sido perfectamente controlado.

Las terapéuticas morales

A la terapéutica preconizada por la Christian Science, y, en general, a todas estas terapéuticas mitad metafísicas, mitad religiosas, que hacen a menudo de Dios un curandero, se les pueden agregar las terapéuticas morales practicadas primero en Europa y luego en América. En efecto, como en el método de Mrs. Eddy, las terapéuticas morales recurren, para restaurar la salud, a la inteligencia, a los sentimientos morales e incluso religiosos de los enfermos. Pero difieren de la Christian Science y de las sectas curanderas de esta clase, por su sólido fondo racional, por su preocupación constante en descartar las exageraciones, y por sus objetivos mucho menos ambiciosos: la moralización médica no intenta más que cuidar las psiconeurosis, y no pretende realizar milagros.

Entre los pioneros de esta terapéutica, conviene citar en primer lugar a Monsieur Dubois, de Berna, que precisó, en su obra principal Les Psychonévroses et leur traitement moral, así como en determinado número de artículos, lo esencial de sus conceptos y de sus procedimientos. Por su parte, Strumpell, Oppenhein, Buttersack en Alemania, Forel, en Suiza, Dejerine, Camus, Pag niez, P.E. Lévy en Francia, han seguido, por lo general, a Monsieur Dubois, y a veces le han precedido. En fin, en América, el movimiento, con Elwood Worcester y Samuel McComb, rectores de la iglesia episcopal de Boston, tomó una extraordinaria amplitud: empezó por ganarse a la mayor parte de las iglesias de la misma obediencia, y luego se extendió a las iglesias bautistas, unitanas, presbiterianas e incluso católicas. Los cuidados se prestan simultáneamente a los enfermos por el médico, el pastor o el sacerdote.

La base del tratamiento moral escribe Monsieur Dubois consiste en una conversación íntima y cotidiana con el enfermo Es preciso avanzar hacia la enfermedad sin armas, sin medicamentos; esto da al paciente la convicción de que no hay peligro, lo que es en extremo importante La única arma debe ser la palabra incitante El verdadero médico hace más bien con su palabra que con sus recetas Es preciso demostrar que hay multitud de trastornos nerviosos que hacen creer, equivocadamente, en enfermedades de corazón, en meningitis, en neoplasmas cerebrales, en peritonitis tuberculosas, cuando en el organismo no hay nada semejante

No os toméis en serio las palpitaciones de vuestro corazón, porque dependen de un estado continuo de inquietud, y no ofrecen peligro alguno Los trastornos gastrointestinales que presentan los nerviosos no tienen consecuencias: dependen de la influencia de las representaciones sobre las visceras La principal causa de la enterocolitis es una reprentación mental defectuosa, la fijación del pensamiento sobre el intestino Los insomnios de que se quejan tan a menudo los enfermos y que dependen de la inquietud persistente, no significan nada, y es preciso no ocuparse de ellos.

No ocurre nada por padecer insomnio durante algunas noches; que el enfermo llegue, pues, a propósito del sueño, a la indiferencia completa, que se resume con estas palabras: Si duermo, tanto mejor; si no duermo, tanto peor Las crisis convulsivas no son más que la expresión de un malestar moral; las parálisis, las impotencias, no presentan características más serias: ¿Está paralizado, dice usted? No tiene usted más que fatiga nerviosa, muy explicable después de las preocupaciones que ha sufrido. No se inquiete usted por ello, mañana todo irá mejor. En cuanto a los trastornos morales, no constituyen verdaderas desgracias; son naderías, pequeñas contrariedades, pinchazos de aguja de la vida: basta un poco de filosofía fácil de inculcar para restablecer el equilibrio mental. No conviene tomarse en serio los síntomas, y sí evitar tratarlos: Es preciso renunciar a los sondeos del estómago, a las comidas de prueba, a las investigaciones químicas Precisa desdeñar la afonía de los histéricos, así como sus anestesias No me detengo a mirar las piernas paralizadas; no interrogo la sensibilidad por medio de la aguja: admito, de buenas a primeras, que esos desórdenes no existen

El médico tiene que destruir todo ese andamiaje de temores, de teorías falsas, suspender el mecanismo mental gracias al que el enfermo ha llegado a sus ideas falsas, y repetirle siempre: No piense usted en ello Pase sonriendo sobre estas pupas. Para terminar, Monsieur Dubois da algunos consejos positivos: Olvidad vuestro estómago y vuestro intestino, soportad alegremente las indisposiciones y meteos en la cabeza la ambición de vivir una vida activa y animosa Hay que vivir con una imperturbable confianza en su resistencia, en su irrom pibilidad

Es preciso querer gozar de buena salud y saber echar todos los malestares al cesto de las pupas, y el mejor medio para olvidarse de sí mismo estriba en pensar un poco más en los demás: Existe un egoísmo que no me cansaría de recomendar escribe Monsieur Dubois: es el altruismo, que no es más que un egoísmo perfeccionado.

Las curaciones extramédicas

Las curaciones extramédicas se impone imperiosamente al espíritu una primera conclusión: el milagro reside en su beneficiario y no fuera de él; en las profundidades de su ser es donde el enfermo encuentra las energías salvadoras y donde se elabora su reconquistada salud. Estos acontecimientos, aunque fisiológicos en sus realizaciones, no por ello dejan de tener un origen psíquico: psicológico, cuando el factor causal es la sugestión, como ocurre en la inmensa mayor parte de los casos; paranormal, en el hecho de curaciones inexplicables científicamente. No hay, pues, fórmulas mágicas ni métodos esencialmente eficaces desde el punto de vista humano, tanto si son magnéticas, hipnóticas, psi coanalíticas o que consistan en negar pura y simplemente el mal. Lo que importa, ante todo, es la sugestionabilidad del sujeto, sus disposiciones psicofisiológicas, la fe que atribuye al procedimiento empleado. Y eso es tan cierto, que el curandero, la fórmula mágica, en una palabra, el agente exterior, no son siempre indispensables: el sujeto puede, actuando sobre sí mismo, por autosugestión, producir la curación.

La creencia en lo sobrenatural, la espera del misterio despiertan en nosotros energías ancestrales. Hacen volver a subir de las profundidades del subconsciente, modelado en el curso de los siglos, las ideasfuerza de fe y de devoción.

Las ceremonias, los ritos, que dejan siempre a los no iniciados una sensación de algo misterioso y oculto, los procedimientos extraños, de los que no se capta la razón, desempeñan un papel análogo. En fin, la multitud exaltada de los que rodean a los curanderos, la acción personal, aún mal conocida pero probablemente mediúmnica de algunos de ellos, tienen una influencia tónica y eufórica que pone al enfermo en las mejores condiciones de sugestibilidad, o, algunas veces, de desequilibrio psicofisioló gico que permiten manifestarse al poder metapsíquico.

Este poder, cuya realidad no es actualmente reconocida por la Ciencia, o, más exactamente, no está reconocida por muchos hombres de ciencia, no por ello existe menos, y sus capacidades parecen casi ilimitadas. Ya la psicofisiología moderna, con los Ri bot, los Floumoy, los Pierre Janet, los Pumas, eliminando la verborrea literaria de las viejas escuelas y ateniéndose a estudios clínicos, a descripciones exactas y precisas, nos ha hecho entrever, a través de las enfermedades de la personalidad, de la inteligencia, de la voluntad y de la memoria, los abismos de nuestro ser.

A su vez, el psicoanálisis nos ha demostrado que el psiquismo del hombre es un mundo inmenso y turbador donde viven, se mueven y chocan extraordinarios fantasmas. En fin, precedida por investigaciones de los magnetizadores y de los hipnotizadores, que la han colocado sobre el tapete, la metapsíquica, que pronto infundirá a la psicología clásica la savia que le falta, nos invita a medir la prodigiosa potencia de este ego críptico que, acaso, es la esencia misma de la vida y del pensamiento.

Aparece ya en los hechos de estigmatización elemental, pero se revela en toda su amplitud y se manifiesta con plena eficacia en las curaciones llamadas milagrosas, en los fenómenos de estigmatización metapsíquica y en las levitaciones. Igualmente es él el agente de las telepatías, de las premoniciones, de las telecinesias y de las ectoplasmias que hemos estudiado en Les Pouvoirs Secrets de l’Homme.

Sin embargo, como se subraya enérgicamente en aquel libro y en este de ahora, tales hechos son profusamente falsificados, de modo que no gozan del consenso universal. Además, probablemente porque no conocemos sus causas reales, parecen no obedecer a las leyes de causalidad, que son las leyes de la experiencia: formulad la causa: el efecto se produce; haced variar la causa: el efecto varía; suprimid la causa: el efecto queda suprimido. Por estas razones, es natural que lleguemos a preguntamos si pueden ser objeto de la Ciencia. La respuesta a esta pregunta constituirá nuestra segunda conclusión, que igualmente será válida para el conjunto de los fenómenos metapsíquicos.

Una ciencia, según el concepto más generalmente admitido, es un conjunto de conocimientos, todos ellos señalados por el carácter de la certeza y ligados entre sí de modo que constituyan un todo homogéneo. Tales son, por ejemplo, las Ciencias físicas, químicas, biológicas y, sobre todo, las matemáticas. La Ciencia así comprendida se opone no sólo a la ignorancia, sino también a la opinión más o menos probable, a la simple creencia. Tiene la estabilidad y la autoridad de un dogma, y se transmite mediante la enseñanza.

Ahora bien, está claro que si admitimos semejante definición de la Ciencia, no cabría ser objeto de ciencia metapsíquica. Actualmente, en metapsíquica se buscaría en vano un conjunto de hechos, ninguno de los cuales sería dudoso y formarían un todo coherente susceptible de ser enseñado.

Pero esta definición que acabamos de dar, ¿está completamente de acuerdo con la realidad y no representa más bien un ideal hacia el que tienden, es verdad, todas las ciencias, pero sin llegar del todo a él, incluso en la más perfecta de ellas, las matemáticas?

Si la Ciencia cayera del cielo completamente acabada como escribe Emile Boirac, respondería sin duda a semejante título, pero somos nosotros, los hombres, quienes la hacemos, y la hacemos lentamente, progresivamente, no sin titubeos y sin errores; resulta que siempre se pueden distinguir en ella dos momentos, aquel en que se hace, y aquel en que está hecha, al menos en cierta medida. Se puede reconocer, como decían los escolásticos, el momento de la ciencia in fieri y el de la ciencia in jacto, o, mejor dicho, no son aquéllos dos momentos sucesivos, sino que constituyen dos puntos de vista, dos estados que coexisten. Tenemos, por un lado, el punto de vista del investigador que crea, y, por el otro, el del profesor que enseña. Siempre hay, por una parte, irnos conocimientos en proceso de adquisición y de integración y, por otra parte, unos conocimientos adquiridos, integrados.

Señalemos, por lo demás, que cuanto más reciente, compleja y difícil es una ciencia, tanto más la parte de las investigaciones supera la de los conocimientos, y éste es precisamente el caso de la metapsíquica, todavía apenas organizada y con muchas zonas desconocidas, pero rica en promesas y esperanzas.

La cuestión planteada, es, pues, saber si debemos dar el calificativo de ciencia sólo a la ciencia adquirida e integrada de nuestros manuales, a la ciencia concreta, cristalizada, y, de buena gana, diríamos fosilizada, y rechazar este título para la ciencia en vías de gestación y de organización.

¡Evidentemente, no!, y estimamos que se puede calificar de científico todo fenómeno cuya existencia sea cierta. No es necesario, para que pretenda a esta dignidad, que entre en nuestros cuadros habituales de pensamiento, en nuestras clasificaciones, en nuestros sistemas explicativos. Tampoco es indispensable, como se dice a menudo, que sea reproducible a voluntad, ni que sea previsible. Muchos hechos naturales no presentan ni uno ni otro de estos dos caracteres. Es, por ejemplo, el caso de un gran número de fenómenos geológicos como las erupciones volcánicas, los temblores de tierra, etc.; igualmente lo es para algunos fenómenos celestes que no se pueden ni predecir ni reproducir, como la aparición de una nova o el paso de un cometa desconocido; fácilmente podríamos continuar la lista. Y, sin embargo, ¿quién se atrevería a sostener que todos estos hechos no son hechos científicos? En definitiva, el único criterio que nos permite proclamar que un hecho es científico es su autenticidad.

Por consiguiente, para responder a nuestra pregunta: ¿pueden ser objeto de ciencia los fenómenos paranormales?, basta, simplemente, con demostrar que estos fenómenos existen, que pertenecen al mundo de la realidad y no al del sueño y que no es perseguir una quimera querer someterlos a los procedimientos habituales de la investigación científica.

Ahora bien, se puede comprobar, comparando lo verdadero con lo falso, como hemos hecho en este libro y en el que hemos citado, que estos fenómenos son reales y que es posible estudiarlos por métodos análogos a los utilizados en Psicología, en Fisiología y en Física.

A partir de eso, podemos formular la segunda conclusión de nuestro libro: Los fenómenos paranormales existen y pueden ser estudiados científicamente, precisamente porque son hechos.

Sin duda, en su marcha hacia delante, la metapsíquica está todavía singularmente entorpecida por el fraude y, correlativamente, por la propensión que tienen determinados metapsíquicos, desprovistos de espíritu crítico y que ignoran además los recursos del ilusionismo, de confundir con excesiva facilidad lo falso y lo verdadero; se ve desacreditada, por otra parte sin motivo, por esa turba de charlatanes, de logreros, y son legión, que la explotan con varios pretextos, por esos traficantes de lo maravilloso y esos aventureros del misterio, algunos de los cuales, jay!, se cubren con una máscara humanitaria.

Pero tiene que luchar sobre todo contra aquellos hombres que no buscan la verdad, sino que tienen sólo el deseo de tener razón contra los demás, el deseo de demostrar que lo que ellos creen es la verdad.

Ahora pensamos muy particularmente en aquellos llamados racionalistas que, a priori, es decir, sin examen previo, rechazan los fenómenos paranormales porque no cuadran con sus ideas

(t) Sin embargo, conviene señalar que hombres de gran valla, que ocupan un pri merísimo plano en el mundo universitario y erudito, no querrían más que rendirse a la evidencia, pero, desgraciadamente, no habiendo podido, a pesar de su buena voluntad, observar por sí mismos fenómenos indiscutiblemente paranormales y habiendo, por otra parte, encontrado, en sus investigaciones, experimentadores que estimaban insuficientemente rigurosos, no consiguen y es absolutamente legítimo por su parte pronunciarse definitivamente en favor de la realidad de los fenómenos estudiados por los metapsíquicos.

preconcebidas, al seguir, por su modo de pensar y su actitud, las huellas de ilustres predecesores o de doctas asambleas: de Gui Patín, decano de la Facultad de Medicina de París, que calificó la circulación de la sangre, descubierta por Harvey, como paradójica, inútil a la Medicina, falsa, imposible, ininteligible, absurda y dañina para la vida del hombre; de la Royal Society, que tachó de fantasía, desacierto, hipótesis infecunda y ficción gratuita brotada de un cerebro estéril la teoría de las ondulaciones luminosas de Thomas Young; de aquella misma Sociedad que rechazó la inserción de la más importante memoria del célebre Joule, fundador, con Mayer, de la termodinámica; del físico Rabinet, del Instituí, examinador en la Ecole Polytechnique, quien escribió que la teoría de las corrientes puede dar pruebas, sin réplica, de la imposibilidad de una transmisión de la electricidad por cables; de Bouillaud, también del Institut, quien, en el curso de la presentación del fonógrafo por Du Moncel en la Académie des Sciences, se precipitó contra el representante de Edison y, cogiéndole por la garganta, gritó: ¡Miserable! No seremos engañados por un ventrílocuo, etc.

En realidad, las fobias antimetapsíquicas de muchos pensadores contemporáneos parecen, sencillamente, rozar la mala fe y pasar, a menudo, al terreno del psicoanálisis o incluso de la psiquiatría. La impermeabilidad a cualquier argumentación racional y a cualquier evidencia experimental, cuando se aplica a la metapsíquica, es señal de un complejo y obra de una censura subconsciente. El rechazo de todo lo paranormal por espíritus a veces distinguidos se ha convertido netamente en un Credo, o, como dice muy pertinentemente el ilustre filósofo francés Gabriel Marcel, que nos honra con su amistad, es un dogma de bien pensantes científicos. Estos devotos de la Ciencia que, no lo olvidemos, es una creación humana, como muchos creyentes, en general, son esencialmente unos miedosos o irnos perezosos que temen verse en la penosa obligación de reconstruir su edificio intelectual, que data de los tiempos lejanos y superados de los Haeckel y de los Le Dantec. O también hay quienes se imaginan, más o menos confusamente, que aceptando en el orden biológico o psicológico lo que, a falta de un término más apropiado, llamamos provisionalmente el paranormal, se encontrarán, ipso fació, conducidos a admitir los dogmas de tal o cual religión que estiman haber rechazado hace poco y de una vez para siempre en un gran empuje de racionalismo que, por lo demás, puede ser legítimo.

Estimando que son los poseedores de la verdad absoluta y definitiva, se abroquelan en sus certezas, con todo lo que esta palabra encierra de intolerancia, de incomprensión, de sectarismo o incluso de fanatismo, y así evitan el cuerpo a cuerpo, normal y fecundo, con esta realidad viva que es lo paranormal.

Las aplicaciones esenciales y límites de la autosugestión

Hemos dicho que la autosugestión podía aplicarse indistintamente al tratamiento de los trastornos neuróticos, a las afecciones psicosomáticas y a las enfermedades netamente orgánicas. De todos modos, está claro, como se deduce particularmente del capítulo anterior, que este método terapéutico, así como también el training autógeno (y, a propósito del training, vamos a repetimos, puesto que acabamos de señalar los resultados a los que conduce), encuentran sus principales aplicaciones en el tratamiento de los trastornos neuróticos y psicosomáticos en que intervienen esencialmente desequilibrios nerviosos y modificaciones del tono muscular.

Entre los trastornos neuróticos que pueden ser tratados con éxito por la autosugestión y por el training autógeno, citaremos las cefalalgias, en que, a menudo, la influencia de las contracciones musculares es importante; las raquialgias (es decir, los dolores de la columna vertebral), cuando hay un aumento generalizado de la tensión muscular de los músculos vertebrales y paravertebrales; los temblores que no van acompañados de ninguna lesión específica; el calambre de los que tienen por oficio escribir; el tartamudeo, que, según Durand de Bousingen, es la manifestación de una diferenciación entre el pensamiento interior y su expresión socializada por la palabra y en que la reacción del medio educativo es a menudo responsable de la persistencia o de la agravación del trastorno; el insomnio, en cuya base existe casi siempre un estado de ansiedad latente; la neurastenia, en que predominan síntomas negativos como la astenia psíquica y física; la fatiga y la fatigabilidad; el aburrimiento; la falta de interés por todo, así como un sentimiento de inferioridad; la neurosis de angustia, en la cual el sujeto presenta crisis de ansiedad que pueden evolucionar hacia un estado de inquietud habitual con necesidad urgente de protección y de asistensia; la neurosis hipocondríaca, cuando el enfermo tiene preocupaciones excesivas y angustiosas a propósito de su salud, y cuando se concentra en el funcionamiento de uno o varios de sus órganos cuyas manifestaciones son interpretadas como la expresión de un trastorno; la neurosis fóbica, en la que el sujeto teme una situación especial (por ejemplo, la agorafobia, que es una sensación de angustia ante los espacios abiertos; la claustrofobia, consistente en una sensación de angustia producida por los espacios cerrados, etc.); la neurosis obsesiva, que se caracteriza por la aparición, involuntaria y ansiosa, de pensamientos parásitos que tienden a imponerse til Ego, y que evolucionan a pesar de los esfuerzos del enfermo, el cual reconoce, sin embargo, su naturaleza mórbida e irrazonable; y, en fin, las toxicomanías, que son hábitos inveterados consistentes en absorber dosis crecientes de estupefacientes, como éter, morfina, cocaína, opio, hachís*, marihuanao marijuana y, sobre todo, alcohol.

En lo que atañe a las afecciones psicosomáticas, en que el factor psíquico desempeña un papel importante y que, por ello, escapa al campo de la autosugestión y, algunas veces, al training autógeno, señalaremos muy particularmente la hipertensión arterial, en la que los espasmos de los músculos lisos e incluso de los músculos voluntarios agravan el estado y donde, por consiguiente, los factores emocionales no pueden desdeñarse, la angina de pecho y el infarto de miocardio o la irritación, el nerviosismo y la fijación ansiosa sobre el corazón, pueden constituir un factor de crisis, las neurosis cardíacas y los trastornos del ritmo del corazón, los trastornos vasomotores, como la sensación del dedo muerto, y las acrocianosis, las jaquecas y las cefalalgias migrañoides por desequilibrio neurocirculatorio, el asma, los espasmos del esófago, la úlcera gastrointestinal, que afecta generalmente a los individuos tensos, nerviosos, hiperactivos, algunos estreñimientos y ciertas diarreas, la incontinencia de orina, o, al contrario, la retención de orina debidas a una falta de control del esfínter uretral; los trastornos de la función sexual, como la eyaculación precoz, que tiene esencialmente una causa emotiva; la impotencia, a menudo debida a un sentimiento de ansiedad; y la frigidez femenina, que lo más corriente es que sea debida a una negativa a dejarse ganar por el placer sexual, ya por una hostilidad consciente o inconsciente hacia el compañero, ya por el temor más o menos irreflexivo de una desaprobación, temor que tiene con frecuencia por origen imperativos religiosos mal interpretados o también una educación familiar demasiado rigurosa durante la infancia. En fin, determinadas formas de psoriasis y de eccema, cuyos brotes tienen causas emocionales, determinados pruritos, ocasionados por un conflicto psíquico, pueden ser tratados por la sugestión o por el training autógeno. Igual ocurre con el glaucoma, debido esencialmente a un aumento de la presión del líquido intraocular, lo que provoca una compresión de la retina, y, como resultante, una disminución de la visión y dolores de cabeza.

Sin embargo, es conveniente subrayar que si la autosugestión es capaz de realizar verdaderas curaciones e, incluso a veces, prodigios apenas concebibles, es preciso no olvidar que, para obrar con eficacia absoluta y duradera, un tratamiento médico tiene que ser íntegro y completo.

Cuando, bajo la influencia del pensamiento, se consigue restablecer un equilibrio psicosomático o fisiológico destruido, o atajar una afección más o menos grave, no por ello se ha conseguido suprimir las causas profundas de las anomalías vitales que se han combatido.

La mayor parte de nuestros trastornos patológicos, de nuestras lesiones, son, en efecto, consecuencia de faltas cometidas por nosotros mismos, o por nuestros ascendientes, en contra de las leyes de la vida.

Es conveniente, por tanto, después de toda curación (cualquiera que fuese, por otra parte, el factor que la provocó) tender hacia una vida sana, y, en particular, suprimir los errores dietéticos que son origen de gran número de males.

En todo caso, es preciso no caer en el error de determinados taumaturgos o de algunas sectas curanderas, como la Christian Science, el Antonismo y los Testigos de Cristo, que, como hemos visto, pretenden que el espíritu lo puede todo, que la enfermedad es un error, que el bien y la salud son las únicas realidades y que basta con negar el mal para verlo desaparecer.

En realidad, el hombre es a la vez cuerpo y espíritu o, más exactamente, todo ocurre como si fuese cuerpo y espíritu, y si es cierto que el pensamiento puede obrar sobre el organismo, no por ello deja éste de ser una realidad que es preciso tener en cuenta.

Admitir lo contrario equivale a pretender, lo que es un puro absurdo, que los peores errores de régimen y de higiene pueden seguirse sin riesgo y que una sencilla disposición de espíritu permite desafiar impunemente las leyes de la fisiología.

Las afecciones orgánicas

He aquí, pues, una primera categoría de trastornos patológicos susceptibles de beneficiarse ampliamente con el tratamiento sugestivo. Preguntémonos ahora si las enfermedades típicamente orgánicas pueden también curar por sugestión.

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La sugestión

La sugestión es, pues, con gran verosimilitud, el habitual y principal medio de las taumaturgias. No importa el método, tanto si se trata de dioses o de santos, de tratamientos mágicos, metafí sicos o moralizadores, de fluido magnético o de hipnotismo, ninguno tiene, por lo general, virtud propia. Todos los procedimientos son, en la inmensa mayoría de los casos, agentes de curación por sugestión.  Por ello se encuentran tan diversas opiniones sobre constelaciones familiares. Incluso cuando se trata de curaciones a distancia, la sugestión actúa porque el sanador indica habitualmente al enfermo o a los que le rodean la hora en que tiene que intervenir. Además, a menudo pide al paciente que se concentre, que piense en su posible curación.

La sugestión, sin embargo, no actúa infaliblemente.

El retomo a la salud depende de la constitución fisiológica y psíquica del sujeto, de sus aptitudes para realizar la idea de curación, de su capacidad emocional. Como en los reflejos condicionados, probablemente intervienen fenómenos de dominación o de inhibición, provocados por factores intemos o externos. Además, parece necesario un período de incubación.

El enfermo lleva algún tiempo languideciendo; ha intentado innumerables tratamientos: ninguno ha tenido éxito. Un día le dicen que tal curandero hace maravillas y que ha devuelto la salud a personas afectas del mal que él sufre. Este primer testimonio se encuentra corroborado por otros.

Se nraiimilan las pruebas, desaparece el escepticismo, la imaginación fermenta. Luego viene el viaje, con sus dificultades, la espera interminable a la puerta del curandero, las conversaciones con los demás enfermos, circunstancias, todas, que exasperan el deseo de curar. Si el lugar de curación es un santuario, Lourdes por ejemplo, la peregrinación, los cánticos, la vecindad contagiosa de los creyentes, las novenas, los ritos y la extraordinaria atmósfera psíquica que reina en semejante lugar, maduran igualmente la idea de curación. Con mucha frecuencia, la educación religiosa de la infancia da también sus frutos. No tiene importancia que aquella fe primitiva haya sido olvidada. Sobrevive en las profundidades del subconsciente, donde, precisamente, se elaboran los procesos salvadores. Luego viene el baño frío, el paso del Santo Sacramento, que crean el shock, el traumatismo fisiológico y psíquico. Y entonces pueden producirse los primeros pasos hacia la salud o, a veces, la misma curación.

En fin, y como acabamos de señalar implícitamente al referirnos al papel desempeñado por las conversaciones y las atmósferas psíquicas, puede intervenir otro factor en los procesos de curaciones por sugestión. Son los dinamismos ligados al juego de las relaciones interindividuales.

Han sido particularmente estudiados en psicología animal, en sus relaciones con los efectos de grupo que dependen de estimulaciones ópticas, táctiles, olfativas, etc., y es sabido que se traducen por comportamientos individuales, con determinismo endo criniano específico, como la melificación, la postura, la combatividad, la defensa del territorio. Así, en lo que concierne a la paloma doméstica, la hembra no aova y no se efectúa la postura hasta que se encuentran agrupados los individuos. Sin embargo, la hembra, incluso aislada, puede aovar cuando se coloca ante ella un espejo que le devuelva su propia imagen. Este estímulo, que se puede calificar de ficticio al pedir prestada la vía visual, provoca una secreción de gonadotropina, que estimula el ovario y determina la caída de uno o de varios ovocitos.

Sin embargo, además de la sugestión, un factor paranormal, como ahora veremos, puede intervenir en el determinismo de las curaciones extramédicas.

La simulación de trastornos patológicos

Como vemos, los motivos que impulsan a determinados sujetos a simular curaciones milagrosas o paramédicas pueden ser diversos, pero, cualesquiera que sean, es conveniente, a fin de poder descubrir el fraude, conocer los procedimientos susceptibles de ser empleados para simular las enfermedades más varias, y sería partícularmente deseable que los médicos, que a veces libran con demasiada facilidad certificados médicos, no los ignoraran. Quizás no milagrosos pero si muy efectivos son los talleres de Mar de luzLa simulación de trastornos mentales y de epilepsia es relativamente fácil, a condición de conocer perfectamente los síntomas que deben imitarse. Una excelente fibra de Medicina los proporciona. En lo que atañe a la epilepsia, incluso es difícil, si no se acude a la electroencefalografía \ distinguir la crisis simulada de la crisis auténtica. Así lo subraya Féré cuando escribe: No existe fenómeno alguno que permita negar la sinceridad de un paroxis mo, aparte la comprobación de bribonada, como la presencia de jabón en la boca, con objeto de imitar la salivación espumosa. También pueden imitarse, aunque de modo bastante superficial, las hemiplejías y paraplejías, porque no parece que sea posible, ni siquiera para un individuo bien informado y experto, reproducir correctamente las múltiples manifestaciones de estas enfermedades. Los casos de simulación descritos por determinados autores se refieren, con verosimilitud, a hemiplejías transitorias de esclerosis en placas, a hemiplejías tóxicas o neuróticas y, particularmente, a las de la histeria, acerca de las cuales volveremos a tratar. Estas últimas, con sus síntomas contradictorios, es evidente que han tenido que ser tomadas como afecciones simuladas. Ocurre igual en lo que concierne a algunas desviaciones neuróticas producidas por raquitismo, y determinadas formas histéricas del mal de Pott.

La simulación de la debilidad general es un tema fácil para los simuladores, y cuesta distinguir aquí lo falso de lo verdadero, tardo más cuanto que hay enfermedades que se manifiestan, en su inicio, por una fatiga invencible sin ningún síntoma objetivo preciso. Es el caso de la tuberculosis incipiente, de la neurastenia o de la histeroneurastenia.

La fiebre que acompaña a un gran número de trastornos patológicos es fácil de simular. Pequeños golpes dados al termómetro hasta la máxima, una fricción un poco viva de la cubeta termo métrica entre dos pliegues de la ropa o de la camisa elevan la temperatura más allá de treinta y ocho o de treinta y nueve grados. Correlativamente, el aumento de la frecuencia y de la amplitud de la pulsación radial se obtiene golpeándose fuertemente el codo.

Los síntomas de diabetes son fácilmente imitables. En el curso del examen médico, el seudoenfermo describirá los signos subjetivos de la enfermedad: sed exagerada, picores persistentes, pérdida de fuerza sin causa aparente, lasitud general, calambres, dolores neurálgicos, disminución de la memoria, tendencia al sueño, inaptitud para el trabajo, etc. El signo objetivo será proporcionado añadiendo a la orina una cantidad conveniente de glucosa. Si la orina que se ha de analizar tiene que ser emitida en presencia del médico, se echará a escondidas, en el recipiente destinado a recoger el líquido, el contenido de un tubito, compuesto por una solución de glucosa. También la absorción de floridizina podrá provocar una diabetes pasajera.

Las afecciones simuladas de la piel y del cuero cabelludo son bastante fáciles de reconocer; no se parecen más que muy imperfectamente a las lesiones auténticas. Ello no empece que, en la Edad Media, enclenques, harapientos y toda la miseria humana habitual de la Corte de los Milagros haya rivalizado en habilidad para exhibir llagas y enfermedades de la piel propias para despertar la piedad de los viandantes. Se empleaban todos los agentes vesicantes, cáusticos o irritantes: ortiga, mostaza, aceite de crotón, cantáridas, ajo machacado, jugo de euforbia, azufre, ipecacuana , resina de Borgoña, tártaro estibiado , resina de tapsia , ácidos y, en particular, el ácido azótico. En estas circunstancias, puede que determinadas curaciones milagrosas de herpes, erisipelas, tiñas y alopecias atribuidas a santos y relatadas por cronistas medievales no hayan sido, en realidad, más que seudocura ciones de males inventados de arriba abajo.

Pocas dolencias han provocado tantas discusiones como la cromhidrosa, que designa habitualmente trastornos de coloración del sudor. Actualmente, parece que esta afección puede ser atenuada, pero los sudores rojos no son muy raros; se los observa, sobre todo, en las axilas. La coloración sería debida a bacterias {Micro coccus prodigiosos) o sustancias químicas. Se ha descrito también la cianhidrosis: los sudores serían azulados por la piocianina secretada por el bacilo de Gessard o por el índigo procedente del indicán intestinal. Ocurre igual con otras cromhidrosas, más o menos excepcionales, sudores verdes, amarillos, cuya causa sigue siendo desconocida.

Pero si la cromhidrosa es un fenómeno real, resulta indudable que es susceptible de simulación, y el médico puede ser hábilmente engañado por astutos simuladores. Boisseau cita el caso de una mujer que empleaba el índigo como colorante. Por su parte, aplicando discretamente colodión sobre la cara de una de sus enfermas, el profesor Spring, de Lieja, encontró, a la mañana siguiente, la sustancia colorante fijada en la superficie externa del colodión. Durante la noche, la simuladora había intentado teñirse la cara.

Las contracciones y las parálisis pueden ser simuladas, pero por lo general son de origen histérico, como hemos indicado ya y veremos más adelante.

Las afecciones simuladas de los órganos de la visión son innumerables; pueden referirse al globo ocular y a sus anexos, al aparato refractor y a la retina.

Las conjuntivitis se provocan con ayuda de acciones físicas y de cuerpos irritantes físicos o químicos: fricciones vigorosas, cal, polvo de cantárida, ipecacuana, nitrato de plata, sulfato de cobre, sublimado corrosivo, cenizas, vidrio machacado. La introducción de un pequeño fragmento de semilla de ricino en el callejón sin salida conjuntival determina una reacción extremadamente intensa de la conjuntiva marcada por hemorragias subconjuntivales amplias. El blefarospasmo, es decir, el espasmo de las pupilas (estremecimientos, latidos, contracciones parciales o totales) es, generalmente, un trastorno psicomotor. Pero puede ser voluntariamente cuidado. El estrabismo  se obtiene fácilmente; sin embargo, no creemos que pueda ser mantenido durante mucho tiempo. De todos modos, no son raros los estrabismos histéricos, y su curación puede ser espectacular.

La simulación de los trastornos de la refracción: miopía, hiper metropía, astigmatismo, ha sido durante mucho tiempo el triunfo de los tramposos, pero, a partir de la invención del oftalmoscopio de refracción y de los demás aparatos de medida, la determinación de los vicios de la refracción ha adquirido sumo rigor y se ha convertido, al mismo tiempo, en independiente de las afirmaciones del sujeto examinado. También el fraude es ahora difícil en este campo de la visión.

Por el contrario, es relativamente fácil simular la ambliopía, es decir, la ceguera parcial o completa sin lesiones aparentes, pero lo más corriente es que la ambliopía sea de origen histérico. También puede ser congènita, urèmica, hepática, epiléptica, y dar lugar a curaciones rápidas. Como la ambliopía, el estrechamiento del campo visual puede ser simulado a voluntad.

Los trastornos subjetivos del aparato auditivo, vértigos, ruidos  anormales, sordera unilateral o bilateral, ocupan un lugar importante en Medicina legal, y probar que un individuo no está sordo escribe el doctor Gellé es un problema médico todavía muy delicado.

La bronquitis puede ser provocada por medio de flor de azufre. La enfermedad desaparece al cesar de emplear el irritante.

Las hemoptisis  son fácilmente simuladas por adición de eosi na en los esputos. Por otra parte, se cita el caso de individuos que mezclaban sangre a sus expectoraciones para hacer creer en hemoptisis. La sustitución de esputos de tuberculosos, llenos de bacilos de Koch, por esputos sanos, es un fácil fraude. Dorotéa señala, por otra parte, que determinados individuos, deseosos de ser considerados como tuberculosos, llegaron al extremo de llenarse la boca con esputos expectorados por un auténtico tísico, y vomitarlos luego en presencia del médico.

En la cardiopatía simulada, la digital a dosis elevadas y el Veratrum álbum provocan palpitaciones. Más sencillo: el uso inmoderado de café o de té, las vigilias prolongadas, conducen a resultados casi análogos.

La agravación voluntaria de varices apenas marcadas, la producción de edemas, se obtienen por medio de una fuerte constricción de los miembros mediante ligaduras.

Los vómitos ocupan habitualmente un lugar preponderante entre las afecciones simuladas del aparato digestivo; se puede vomitar hundiendo dos dedos en la boca; pero la raíz de la ipecacuana es un emético más seguro.

Las hematurias  pueden ser simuladas tan fácilmente como las hemoptisis. Basta con añadir un poco de la propia sangre a los orines. Por otra parte, se conoce el caso de algunos individuos que, para mejor engañar, con ayuda de una jeringa se inyectaron sangre en la vejiga; la introducción de clara de huevo permite simular la albuminuria. También se puede poner directamente albúmina en la orina que se haya de analizar. Por lo demás, en el caso de determinados hepáticos, la absorción de clara de huevo crudo produce una albuminuria pasajera de origen digestivo. Tal fue, hace poco, nuestro caso.

Los libros de Patología y de Medicina abundan en ejemplos de simulación de cálculos urinarios, pero el fraude es generalmente fácil de descubrir, porque, frecuentemente el seudoenfermo presenta al médico grava ordinaria e incluso fragmentos de carbón. Sobre este particular, uno de los ejemplos más típicos fue dado a conocer por el doctor Morand. Se trataba de la hija de un cantero de SaintGéosmes, cerca de Langres, llamada Genoveva. Ya enferma sufría una afección de manifestaciones múltiples: frecuentes vómitos de sangre, pérdidas de conocimiento, con crisis convulsivas, accesos de melancolía, ayunos periódicos. De vez en cuando pedía que la colgaran cabeza abajo, porque bajo el efecto de esta singular terapéutica cesaban los trastornos.

Genoveva expulsó pronto algunas piedrecitas, ora vomitando, ora por medio de la micción; luego los guijarros fueron expulsados en gran número, a veces por arriba, otras por bajo, hasta el punto de causar el asombro de los que rodeaban a la enferma.

El clero se emocionó ante esta extraña afección, porque en la región se hablaba de sortilegio. El obispo de Langres fue a Saínt Géosmes y obligó a Genoveva a hacerse operar de la piedra, de la que se decía atacada. En doce veces distintas se consiguió extraer de la vejiga de la joven piedras cada vez más grandes, y, sin embargo, la enferma seguía echando piedras con la orina y en los vómitos.

Pero un atento examen de los pretendidos cálculos demostró que eran de naturaleza puramente mineral y que no podían haber tenido origen en el organismo. Eran ingeridos de antemano o introducidos en la vejiga por la uretra y devueltos en seguida.

La medicina simpática 2

Por su parte, el doctor Vergnes, en Le Voile d’Isis, relató del modo siguiente el experimento que tuvo ocasión de realizar con la pólvora simpática:

No dudamos de la acción de esta pólvora. En efecto, hemos tenido ocasión de experimentar sobre una enferma la realidad de su poder. He aquí, en pocas palabras, lo que hemos podido observar. Un día fui llamado a prodigar mis cuidados a Madame X, de treinta años, la cual sufría un violento dolor en el seno izquierdo, dolor que se avivaba en los alrededores del período menstrual. Todos los meses, ora antes, ora después de las reglas, su seno aumentaba de volumen, estaba caliente, muy doloroso y dejaba supurar primero un líquido serosanguinolento que manchaba abundantemente las ropas, y luego expulsaba uno o varios coágulos de sangre. Una vez expulsados estos coágulos, los dolores disminuían progresivamente y la enferma recuperaba su estado de salud habitual. Esta persona, a quien sus dolores periódicos fatigaban mucho, había sido tratada por un gran número de colegas alópatas  y homeópatas, y siempre sin ningún éxito. Fue entonces cuando, en último extremo, se me ocurrió emplear esta famosa pólvora.

Hice preparar el vitriolo romano, siguiendo la fórmula de Dig by, e indiqué a la enferma el modo de proceder. Cada día, Mada me X empapaba las ropas manchadas de sangre en la solución de sulfato de cobre, y cada día sentía un alivio muy notable en sus dolores, que acabaron por desaparecer completamente y muy aprisa. Sin embargo, debo decir que si cesaron los dolores, persistió el flujo, así como la expulsión de los coágulos. Así, pues, he aquí un ejemplo muy curioso que demuestra la acción de esta maravillosa pólvora. En cuanto a la explicación de este hecho añade el doctor Vergnes, evidentemente es embarazosa y difícil.

En realidad, es muy verosímil que la sugestión desempeñara su papel en tal caso.

Un segundo proceso de la medicina simpática es el hechizo curativo. El operador no actúa ya sobre la muñía, sino que ejerce su acción sobre el homunculus, que es la efigie del hombre enfermo. He aquí escribe Paracelso cómo hay que comprender el empleo y el proceso del homunculus. Si por este medio quieres aliviar a un hombre de su enfermedad y curarlo, es preciso que untes, drogues, engrases, etc., su imagen, que, en fin, hagas con ella lo que sería necesario hacer al hombre mismo. Boguet, el juez de los brujos, escribe por su parte: Por lo demás, así como los brujos fabrican imágenes para dañar y perjudicar, así también las hacen para procurar la curación. En fin, el doctor Gockel dice de un pastor de Austerlitz: Le he visto curar un niño de catorce años lisiado de las manos y cojo de los dos pies. Hizo una imagen de cera, lisiada de manos y pies, parecida al chico, midió sus miembros y los de la imagen, luego ahumó ésta con determinadas hierbas y la echó al fuego. Puedo decir, en verdad, que el chico sanó en ocho días.

El homunculus parece haber sido, en el espíritu de los ocultistas, ora un excitante telepático más impresionante, más realista que los demás, ora también una imagen realmente impregnada del espíritu de vida del enfermo.

La transferencia de enfermedades era una variedad de tratamiento simpático. Se hacía absorber la muñía por un animal apropiado o se la mezclaba con un poco de mantillo en el que se sembraba la semilla de una hierba o de una planta, que absorbía el espíritu vital. El enfermo que había proporcionado la muñía se encontraba curado, pero el animal o el vegetal se desmejoraba. El método parecía ser el resultado del siguiente razonamiento: no se puede, a la vez, dar una cosa y conservarla. Por consiguiente, si transmite la propia enfermedad a un ser cualquiera, ésta os abandona.

Así, para curar la fiebre cuartana, se hacía una bolita de harina, impregnada de la orina del enfermo, y se la tiraba, esperando que fuera devorada por un perro hambriento. Si ello sucedía, el animal cogía la fiebre y el enfermo quedaba curado.

He aquí, sacadas de un libro de magia, dos viejas recetas en que se aplica el principio de la transferencia:

Estoy persuadido de que todas las enfermedades del cuerpo pueden ser curadas fácilmente si se pone sangre roja y todavía caliente en un huevo. Que se ponga este huevo debajo de una gallina clueca, que se lo deje allí hasta que haya entrado en putrefacción, y luego que se le dé a devorar a un animal, con pan o carne.

Se transfieren los dolores de muelas a un sauce, un avellano u otro árbol, del modo siguiente: después de haber quitado un poco de corteza, se corta un trozo de madera, se pincha la encía hasta producir sangre, luego se pone dicho trozo manchado de sangre en su lugar en el árbol, y se lo cubre con la corteza.

En México, los curanderos transfieren las enfermedades a cuerpos inertes: madera, cobre, tela, etc. Para efectuar esta transferencia, el brujo da vueltas alrededor del enfermo, chupa la parte dañada y escupe sobre el objeto receptor.

Los negros utilizan corrientemente el método de transferencia. Los misioneros y los exploradores han asistido muchas veces a semejante práctica. El padre Trilles la describe con precisión: Para curar las enfermedades, el médico primitivo empieza entonando su encantación; luego da un recital, y, finalmente, danza hasta quedar agotado. En este momento se produce a veces la transferencia de la fiebre del enfermo a un animal o árbol. Ceremonias de lo más extraño, donde se ve, bajo la influencia de transferencias magnéticas, calmarse el enfermo poco a poco; luego, después de un copioso sudor, dormirse dulcemente, mientras que el animal tiembla, gime, se acuesta en el suelo y, a menudo, muere agitado por estremecimientos convulsivos; en ocasiones, la bestia se pone rígida, y de repente se desploma como una masa inerte. En tal caso, se trata ordinariamente de un cabrito, a menudo también del perro predilecto del enfermo. Hemos visto operar de modo análogo a un fetichista fang. Uno de nuestros catequistas, Paul  Nsoh, estaba atacado por la llamada fiebre de los bosques, muy grave. La quinina resulta ineficaz. El fetichista lo hace transportar bajo un árbol de largas hojas; luego ejecuta los pases rituales, primero sobre el enfermo; después, sobre el árbol. Pronto se ennegrecieron las hojas del árbol; luego cayeron. Sudoración abundante del enfermo. Al día siguiente estaba curado.

Digamos, al pasar, que se vislumbra aquí un posible truco, hecho con buena intención. A fin de impresionar favorablemente al enfermo, el animal o el árbol sacrificado podían estar envenenados de antemano mediante una droga de efecto progresivo.

En nuestros países occidentales, el método de la tranferencia lo aplican todavía despreocupados barbianes en materia de terapéutica antivenèrea. Estiman que el mejor modo de quitarse de encima una blenorragia, un chancro o una sífilis, radica en pasarlos caritativamente a cualquier amable jovencita, virgen de preferencia.

Los discípulos de Paracelso practicaron así la trasplantación directa de las enfermedades. Se colocaba, sobre la parte enferma, objetos que atraían sobre sí el espíritu vital dañado. El objeto aplicado sobre el mal podía ser una fruta, una planta, un trozo de carne fresca, un órgano o un animal vivo.

Para curar la dolencia de un ojo está escrito en la Psychotherapy de Parker, coged el ojo derecho de un lobo, aplastadlo y ponedlo sobre el ojo dolido. Para curar los ojos hinchados, tomad un cangrejo de mar, arrancadle los ojos, echad el cangrejo todavía vivo en agua y poned los ojos bajo el cuello del hombre necesitado, y pronto quedará curado.

Un ejemplo muy claro de trasplante lo da Bacon. El célebre defensor del método experimental explica en Sylva Sylvarum que, estudiando en París, sus manos estaban cubiertas de verrugas, y no podía con ellas hasta que, al fin, su hospedera le enseñó un medio simpático para deshacerse de ellas. Cortó una manzana por la mitad, frotó sus verrugas con las dos mitades, las reunió luego y las enterró en la bodega bajo una piedra; después de lo cual sus manos sanaron perfectamente.

La idea de trasplante directo parece ser inmoral a la vista de los temas de la terapéutica popular. Así, en determinadas campiñas, se utilizaban todavía hace poco los procedimientos siguientes: para hacer desaparecer la ictericia, aplicad una araña de establo sobre el estómago, cubridla con una cáscara de nuez y dejadla allí durante una hora. Al cabo de este tiempo, la bestia muere y la persona queda libre de su ictericia. Contra las enfermedades de los ojos, retirad con cuidado la cáscara de un caracol, rompiéndola, pero sin matar la bestia. Poner el caracol sobre el ojo enfermo, y mantenedlo allí con la ayuda de una venda durante una noche; al día siguiente, el animal estará muerto. Repetid la operación hasta que se encuentre el caracol vivo. Entonces habrá desaparecido todo el mal. Para la jaqueca o la meningitis, partid por la mitad un joven palomo blanco, ponedlo sobre el cráneo y dejadlo allí durante seis horas. Si no se efectúa la curación, ello indica que el remedio ha sido empleado demasiado tarde. Contra el cáncer, tomad un sapo de buen tamaño, que se habrá mantenido en ayunas, y colocadlo sobre el mal durante nueve días. Si muere, substituidlo por otro. Se pueden emplear, con el mismo objeto, bistecs muy sanguinolentos, que se renovarán cada día, etc.

Del trasplante directo al trasplante de los síntomas de una enfermedad, no hay más que un matiz que, ciertamente, no vieron Charcot y sus discípulos, puesto que, aunque racionalistas, aplicaron un procedimiento derivado de ideas prelógicas que derivaban de los primeros balbuceos del espíritu humano. Así, el doctor Luys colocaba, durante algunos minutos, una corona imantada sobre la cabeza de un enfermo, y luego la ponía sobre la cabeza de un sujeto. Inmediatamente experimentaba éste los sufrimientos del enfermo. Si el enfermo sufría náuseas, el médium, también; si estaba paralizado de la pierna derecha, el sensitivo se quejaba de la misma pierna. Desgraciadamente, estas experiencias, como por otra parte las de Charcot, fueron viciadas por el fraude, de modo que no puede atribuírseles ningún significado.

Como hemos dicho antes, hay curanderos contemporáneos que viven a cuerpo de rey, y asisten, de modo sistemático, según los métodos de Paracelso. El letrado Maurice Garçon explica haber defendido, en el Mediodía de Francia, a una mujer que trataba por el procedimiento de la muñía. Insertaba anuncios en los periódicos, y recibía, a millares, cartas acompañadas de mechones de cabellos, de jirones de camisa que habían tocado a la persona enferma. Su marido hacía las veces de secretario. Las respuestas las mecanografiaba utilizando una fórmula casi única para todos los males. Las curaciones se contaban por centenares, y las cartas de felicitación llovían de todos los rincones de Francia. Pero una investigación efectuada por el fiscal, determinó la imposición de una multa. A partir de entonces, la curandera no se anunció más que en los periódicos extranjeros, de modo que ahora realiza milagros en Buenos Aires o en Valparaíso. Su negocio es de los más prósperos.

La estigmatización experimental

A los fenómenos de estigmatización religiosa y demoníaca pueden añadirse ios numerosos experimentos de quemaduras, equimosis , dermografía por sugestión, que han sido efectuados o estudiados por Beaunis, Janet, KraftEbbing, Rybalkin, Focachon, Binet y Féré, Wetterstrand, Podiapolski, Burot, Viosin, Mabille, Moutier, Osty, etc. Dichos experimentos demuestran que el pensamiento puede actuar no sólo sobre los fenómenos funcionales, el ritmo cardíaco y las contracciones gástricas, por ejemplo, sino que es igualmente capaz de provocar modificaciones somáticas profundas.Son precisamente estos fenómenos los que vamos a examinar y a los que damos el nombre de estigmas psicológicos y metap síquicos, reservando muy particularmente el calificativo de me tapsíquico a los hechos extraordinarios presentados por Madame Kahl, y acerca de los cuales insistiremos. Veamos, primero, los más sencillos de la serie o, más exactamente, los menos asombrosos.

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Interpretaciones abusivas

Las interpretaciones abusivas son relativamente numerosas, y pueden referirse o a síntomas, o a errores de diagnóstico, o a la causa real de la curación, o a curaciones espontáneas. En primer término, es difícil, cuando se las asocia únicamente al concepto dolor, definir con precisión las nociones de salud y de curación. El síntoma dolor puede, en efecto, desaparecer sin que haya curación, y, al revés, en el caso de algunos neurópatas sobre todo, el dolor puede persistir después de haber desaparecido el trastorno patológico.Además, puede haber curación aparente de una enfermedad orgánica, sea a consecuencia de un error de diagnóstico, cuando, por ejemplo, desórdenes fisiológicos relativamente benignos son expresados por síntomas aparentemente graves, sea por efecto de un error en el pronóstico, habiendo hecho el médico una suposición errónea sobre lo que tenía que suceder. En este orden de ideas, los patólogos tienen numerosas ocasiones de observar que las relaciones entre las lesiones y los síntomas que pueden presentar son a veces muy débiles. Así, en el curso de una autopsia, ocurre que se descubren lesiones patológicas importantes, tales como cálculos renales o biliares, que no se han manifestado por medio de ningún síntoma. En cambio, en otros enfermos, lesiones de esta clase, o incluso menos graves, ocasionan trastornos funcionales muy precisos. Se sabe igualmente que las úlceras gástricas o duodenales pueden cesar bruscamente de manifestarse por sus síntomas habituales.

Sin llegar a afirmar como lo ha hecho a propósito de las curaciones de Lourdes el doctor Rouhy, antes citado que las curaciones milagrosas o extramédicas son, en realidad, cura

jetones médicas, no por eso podemos dejar de tener en considera’ ción que, con bastante frecuencia, el enfermo que solicita socorros terapéuticos espirituales continúa siguiendo al mismo tiempo el tratamiento prescrito por su médico. De ahí la incertidumbre en cuanto a la causa de la curación.

En fin, determinadas enfermedades de evolución lenta, como la leucemia, o de evolución cíclica, como el eccema, el asma, los diversos ulcus, la esclerosis en placas, los accesos melancólicos, están sujetas a fases de remisión, a veces relativamente largas, que pueden hacer pensar que hay curación, y, por otra parte, sp producen con bastante frecuencia curaciones espontáneas definitivas sin que haya habido intervención médica, quirúrgica, psicológica o espiritual. Claro que estas curaciones pueden, si ha lugar, ser cargadas en la cuenta de una terapéutica clásica o ser atribuidas a un tratamiento extramédico, mientras que son únicamente debidas a la vis naturae medicatrix. He aquí, a propósito, lo que escribe el doctor Cuthbert Dukes en el Rapport de la British Medical Association sobre las curaciones místicas.

Determinadas enfermedades, ciertas heridas, parecen mejorar “por sí mismas”, por ejemplo, enfermedades infecciosas, fracturas, etc. En esta clase de dolencias, es de precepto la curación natural, pero puede ser retardada o acelerada merced a factores muy varios, físicos, mentales o espirituales.

Fenómenos próximos a la estigmatización

Determinados fenómenos psicosomáticos presentan algunos puntos comunes con la estigmatización experimental. Así es como el doctor Moutier, jefe de laboratorio de la Facultad de Medicina de París, ha observado los dos hechos siguientes, particularmente curiosos, que nos ha relatado personalmente. En un primer caso, una vieja señorita, violentamente emocionada al ver en el curso de un viaje a su hermano mayor víctima de un vómito de sangre, conjuró al cielo, para el caso de que debiera producirse una nueva hemorragia en la familia, que fuera ella la afectada por la hemorragia. Ocho días después, a medianoche, una copiosa hemorragia le revelaba una úlcera de reciente formación. El segundo caso atañe a un prisionero francés durante la ocupación alemana. A fin de atenuar los rigores del cautiverio, supo, por un médico, el modo de simular una úlcera de estómago. La úlcera, puramente imaginaria, valió al seudoenfermo ser hospitalizado, pero cuando el prisionero fue dejado en libertad, apareció bruscamente y se le desarrolló una úlcera, esta vez auténtica. Lo real, escribe el doctor Moutier, copiaba lo imaginario sugerido.Lesiones herpéticas  pueden producirse por shock emotivo. Las observaciones siguientes dan fe de ello.

Una  mujer de sesenta años, angustiada y fóbica después de un shock moral (la muerte de su novio) sufrido a la edad de dieciocho años, el herpes emotivo. En el curso de una sesión psicoanalítica, los doctores Heillig y Hoff despertaron en ella el antiguo shock moral, y luego le sugirieron que sentía, en el labio inferior, la sensación particular de quemadura que anuncia el herpes. Al cabo de veinticuatro horas, la enferma empezó a sentir picores en el labio inferior, y a las cuarenta y ocho horas presentaba una erupción herpetiforme, a la vez sobre el labio inferior y sobre el superior.

Una segunda observación de la misma clase concierne a una mujer afecta de angustia, de treinta y ocho años, en la que el experimento fue llevado a cabo exactamente como el anterior, y con el mismo resultado.

En fin, una tercera observación análoga es la de una mujer de cuarenta y tres años, igualmente angustiada, durante mucho tiempo, la cual, no más recordar, en estado de vela, una violenta escena conyugal, se le desencadenaba la erupción heipetiforme.

En estas tres enfermas, la inoculación del contenido de las vesículas herpéticas en la córnea del conejo, permitió identificar el virus queratitógeno habitual.

Por lo demás, todos los tratados de Dermatología indican la emoción como una de las causas de las enfermedades de la piel. El profesor Gaucher escribe que la psoriasis emotiva, tan tenaz, empieza a menudo con ocasión de un shock nervioso, de un temor, de un traumatismo. El doctor Hartenberg, en uno de sus libros, dice que cuidó a una señora que, a cada emoción violenta,

1 se cubría de equimosis. Otra enferma presentaba, en las mismas condiciones, erupciones de urticaria gigante. Una tercera sufría una erupción de eccemática a cada contrariedad. Bateman comprobó dos casos de impétigo  a consecuencia de un temor. Biett cita varios hechos semejantes, y subraya que ha observado un caso de Liquen agrius de forma grave, y cuya aparición tuvo efecto dentro de las doce horas que siguieron a una mala noticia.

El fenómeno de estigmatización puede asimismo adoptar otras formas. Citemos los casos siguientes:

En 1857 se presentó a la Academia de Ciencias a una mujer que había sido sorprendida por la tempestad cuando guardaba una vaca. Refugiada bajo un árbol, el rayo había caído muy cerca. La vaca murió, y la mujer yacía por el suelo, sin sentido. La hicieron volver en sí y se dieron cuenta de que tenía sobre el pecho la imagen de la vaca muerta. Se supuso que la vaca había sido iluminada fuertemente por el rayo en el momento en que el espanto se apoderaba de la mujer y que un reflejo psíquico había realizado el estigma.

Los neurólogos Hack Tuke y Toussaint Barthélémy explican que una mujer, al ver que su hijo pasaba por una puerta de hierro que caía tras él, temió por los pies de su hijo, y presentó, en los lugares correspondientes de su propio cuerpo, y especialmente en los tobillos, unas rayas rojas características. Otra madre tuvo sobre el cuello un círculo eritematoso, porque habla temido que el frontispicio de hierro de una chimenea cayera sobre la nuca de su hijo.

¿Son también debidas a una acción mental determinadas anomalías fetales? Algunos autores lo afirman. Así, el doctor Bret relata que Van Swieten quiso un día quitar una oruga del cuello de una joven, que le rogó, riendo, que no lo hiciera. La oruga aparecía en relieve sobre la piel, con sus vivos colores y sus pelos. La joven explicó que a su madre, en el curso del embarazo, le había caído una oruga sobre la nuca, y se asustó de tal modo, que se le formó el estigma, el cual imitaba perfectamente la larva aquella. Pero conviene ser prudente en la interpretación de este hecho, porque no es seguro que existiera una relación de causalidad entre el presunto estigma y la emoción ocasionada por la vista de la oruga. Se conocen, en efecto, nevos coloreados provistos de pelos lisos, sedosos, brillantes y tupidos; pueden, si son alargados, recordar más o menos el aspecto de una oruga.

Las observaciones siguientes, debidas al doctor LeclercMont moyen, parecen más convincentes: Cierto día de mercado escribe en Le Concours Médical (llVI1949) vi, al entrar en mi despacho, una joven mujer a quien había yo tratado en dos partos, ahora con el aspecto crispado, presa de una muy violenta agitación. “Doctor me dijo, vine a verle hace unos quince días; sin poder afirmarlo, me dijo usted que estaba encinta por tercera vez. Al salir de su casa, me crucé en la calle con el viejo vendedor de mantequilla, que usted conoce muy bien, aquel que no tiene más que una oreja, porque la otra se la cortaron de un sablazo; acabo de encontrarlo de nuevo. Estoy muy emocionada. Si como usted me dio a entender, estoy de nuevo encinta, temo que mi hijo nazca con una sola oreja.” Examiné a la mujer, y, habiendo aumentado el útero de .volumen, le confirmé que sólo podía establecerse una hipótesis de embarazo. Lo mejor que pude, intenté tranquilizar a mi joven cliente, afirmándole que sus temores no tenían ningún fundamento, que todo aquello no eran más que chismes de la gente, sin ningún valor científico, etc. Salió de mi casa, acaso un tanto menos inquieta que cuando había llegado, pero yo me daba perfecta cuenta de que seguía bajo la influencia de sus temores. Por lo demás, tuve ocasión de verla varias veces en el curso de su embarazo, y en cada ocasión pude observar, que la inquietud que había manifestado, cuando vino a mi consulta, no había desaparecido del todo. Siempre volvía como un leitmotiv aquella verdadera fobia que tenía de engendrar un ser que no tendría más que una oreja, y, cada vez, yo volvía a decirle, a veces en tono alegre, tomándolo a broma, otras, en el tono más serio del especialista en obstetricia, todos los argumentos que se me ocurrían para disuadirla de lo que tomaba en ella el carácter de una obsesión, obsesión contra la cual, poniendo en práctica los principios de represión y de autocontrol que yo le indicaba, la mujer intentaba en vano luchar, a pesar de toda la energía que ponía en juego. En fin, llegó el día del parto. Y cuál no fue mi estupefacción cuando, habiendo sido expulsada la cabeza, comprobé que en el lugar de la oreja izquierda no había nada, ni caracol, ni pabellón, ni orificio externo del conducto auditivo: sólo se veía una superficie unida de piel sana con una ligera retracción en lo alto de la comisura labial izquierda, más acentuada cuando, más tarde, la criatura se puso a gritar.

El segundo hecho del que fui testigo, relacionado con anomalías fetales, no presentó el carácter dramático del que acabamos de examinar. Ocurrió cuando yo todavía estaba bajo la impresión de lo que acababa de sucederme, unos seis u ocho meses antes. Se trata igualmente de una joven mujer a quien había asistido en su primer parto, sin incidentes. También ella estaba en los principios de su embarazo, el segundo. Algunos días antes de que acudiera a mi consulta, había encontrado un soldado que tenía, en su línea nasogénica derecha, un voluminoso nevo. Esta visión la había impresionado fuertemente. Vino a ver si existía medicamento o alguna práctica médica capaces de impedir el brote de aquello que temía para su hijo. Prudentemente, a causa de lo que me había ocurrido algunos meses antes, me guardé bien de decirle que su hijo no tendría ninguna señal, porque no sabía absolutamente nada. Era posible que el niño presentara una marca como igualmente era posible que no llevara ninguna. Nadie podía pronunciarse en ningún sentido. En aquel momento se despertó en mi espíritu una idea, que me apresuré a realizar, tanto para devolver a mi dienta un poco de calma y de tranquilidad, como para satisfacer en mí una necesidad instintiva y perfectamente inocente de ensayo terapéutico. “Supongamos le dije que esta criatura nazca con una mancha de nevo; debemos procurar que la marca sea lo menos ostensible que se pueda.” Le expliqué lo que había surgido en mi espíritu. Cada día, después de su oración de la noche, porque aquella joven mujer era muy seria y muy creyente, le aconsejé se hiciera una fricción enérgica en la parte su peroextema del muslo derecho, concentrando todo su pensamiento en la importancia de aquel gesto, rogando interiormente que si su hijo iba a nacer con una mancha de nevo, aquella mancha quedara localizada en el lugar correspondiente a aquel de su cuerpo que ella friccionaba sobre sí misma con atención.

Cosa no menos extraordinaria, esta vez, en cuanto a la explicación que podría darse, la niña, venida a término, tenía, efectivamente, un nevo, ancho como una pieza de cincuenta céntimos, en la parte superoextema del muslo derecho. Algunos años más tarde, tuve ocasión de volver a ver la niña. Se veía muy distintamente la huella del nevo que tenía al nacer, pero un nevo muy atenuado. ¿Qué explicación, en el estado actual de nuestros conocimientos, podemos dar a hechos tan extraños, con tan poca relación con lo que sabemos de la anatomía y de la fisiología humanas? Busqué si, desde el punto de vista hereditario, en las familias de las dos personas de las que he tenido que ocuparme, existían antecedentes hereditarios de anomalías fetales. Acerca del particular, interrogué a padres, abuelos y bisabuelos; no encontré nada especial, ni por el lado paterno m por el materno. En el estado actual de nuestros conocimientos es imposible aportar una explicación plausible de estos hechos, que lo menos que podemos hacer es clasificarlos de singulares. Pero si por el momento no hay explicación válida, me parece completamente pretencioso y vano negar su existencia, cuando esta existencia debidamente comprobada no puede ser puesta en duda. La fuerza misteriosa que engendra estos fenómenos no es una palabra vana, y no es dudoso que llegue un día en que nuestros lejanos sucesores juzguen como muy ingenuos a los que la hayan negado simplemente porque no podían explicársela.

Añadamos que las investigaciones recientes del Antioch Colle ge (Estados Unidos) aportan una prueba indirecta a esta clase de hechos todavía muy contravertidos. Con la ayuda de aparatos registradores sensibles, los fisiólogos del Instituto han demostrado que, en el seno materno, la criatura reacciona con movimientos anormales, muy netos, con una aceleración de los latidos del corazón o con hipos en determinados estados psíquicos de la madre, como miedo repentino, ansiedad, irritación, cólera. Un simple ruido puede también provocar una agitación en el niño. El doctor Sontag estima que, bajo la influencia de la cólera, de la irritación o del miedo, el organismo materno proyecta en el sistema sanguíneo una cantidad más o menos grande de adrenalina o de ace tilcolina. Estas sustancias hormonales atravesarían en seguida la placenta y excitarían el sistema nervioso del niño.

Falsa estigmatización de apariencia metapsíquica

Si los estigmas de los que acabamos de hablar, y que se pueden calificar de ordinarios, son susceptibles de ser reproducidos de modo artificial, ¿pueden realizarse, con la ayuda de procedimientos emparentados con la prestidigitación, los extraordinarios fenómenos presentados por Madame Kahl? Nos hemos planteado el problema, y he aquí cómo lo hemos resuelto. Daremos a conocer, de antemano, el efecto del experimento.

Se presenta un sujeto que, según aseguran, es capaz de inscribir sobre su piel, por dermografía, una palabra pensada por una de las personas asistentes, un nombre de pila, por ejemplo.

Dicho esto, el sujeto descubre sus antebrazos y los somete al examen del público. No presentan absolutamente nada sospechoso; no hay ninguna inscripción. La asistencia escoge uno de los brazos como aquel en que debe aparecer la palabra. En seguida el sujeto se baja las mangas.

Para dar dicen más garantía a la prueba, en particular para eliminar cualquier posibilidad de connivencia, se distribuyen una decena de cuadraditos de papel rigurosamente idénticos y se invita a cada espectador que participa en el experimento a inscribir secretamente en su papel un nombre de pila. Hecho esto, los papeles son doblados en cuatro y recogidos en un sombrero prestado.

Un espectador mezcla todos los papeles en el sombrero y se ruega a otro asistente tome al azar uno de los papelitos y lo mantenga en alto entre el pulgar y el índice, para que sea visto por toda la sala. Durante todo este tiempo, el sujeto se concentra, cierra los ojos y, al cabo de unos minutos, declara que debe haberse formado una inscripción sobre el brazo elegido. Lo descubre y, en efecto, sobre la piel se ve una palabra en dermografía, PAUL, por ejemplo. Se despliega el billete. Allí se lee, precisamente, Paul.

Veamos ahora cómo se realiza este asombroso experimento que, en apariencia, presenta algunos puntos comunes con la dermografía paranormal de un pensamiento no expresado.

Observemos, en primer lugar, que de entre los diez espectadores que tomaron parte en el experimento, uno, al menos, inscribió en su papel un nombre de pila corriente: Juan, Pedro, Pablo, Jaime Prácticamente ocurre siempre así. Por otra parte, si por un azar extraordinario no se diera el caso, no tendría demasiada importancia, porque cada persona ignora lo que han escrito los demás asistentes.

Admitido esto, el nombre es escogido con antelación y esculpido en relieve sobre dos chapitas de madera, al modo de una palabra en caracteres de imprenta. Con la ayuda de dos hilos, se fijan las chapitas, una en el interior de la manga derecha, la otra en la manga izquierda de la camisa, frente a la región del antebrazo en que debe aparecer la palabra. Bastará que el sujeto, cruzando los brazos, apoye inostensiblemente la mano en la chapita conveniente. Al cabo de un minuto de presión un poco fuerte, la palabra quedará escrita en color rosado sobre la piel cuando’ el sujeto cese de apretar. En este momento alzará la manga de su camisa. Si de verdad es dermógrafo, una débil presión podrá provocar una reacción importante. Las letras aparecerán en relieve rosado e incluso rojo, y el fenómeno evolucionará así: mientras que la piel vecina tomara un tinte eritematoso, se acentuará IB hinchazón al tiempo que irá palideciendo: podrá durar minutos u horas; luego se hundirá poco a poco, al mismo tiempo que desaparecerá la rojez.

En cuanto al nombre de pila, he aquí cómo lo imponen. Se prepara un cuadro de papel sobre el que se escribe el nombre escogido, Paul, en la ocasión anterior. Este papelito se adhiere a la palma de la mano derecha, ya antes, ya en el curso del experimento. El sombrero que se ha pedido prestado es un sombrero flexible con su hendidura en la copa, lo que permite tener, en el interior, una especie de receptáculo con dos departamentos. Se coge, con la mano derecha, el cubrecabeza por el fondo, la boca para arriba, y se aprieta fuertemente contra la pared exterior el compartimiento que se encuentra del lado de la mano.

En estas condiciones, se reciben los papelitos en el compartimiento abierto. Cuando se avanza hacia el espectador que debe sacar uno de aquéllos, se hace pasar el sombrero de la mano derecha a la izquierda, y, al tiempo que se inclina el sombrero a la izquierda, se aprietan los papeles recibidos; en el mismo instante se abre el compartimiento primitivamente cerrado. En esta bolsa vacía es donde se deja caer el papel que se había adherido a la palma de la mano, lo que se efectúa muy fácilmente haciendo el simulacro de coger con la mano derecha el sombrero por los bordes. Si no es muy hábil, se puede, pura y simplemente, depositar en el sombrero el papeíito preparado, con el pretexto de mezclarlos todos. El resto del experimento cae por su propio peso. Se presenta el sombrero, bastante alto, de modo que el espectador que coge el papeíito no vea el fondo; no se dará cuenta de que sólo le ofrecen uno de ellos. El truco del papeíito puede hacerse también de otro modo, por ejemplo, con la ayuda de un portaminas. Este tiene dos pinzas, una en cada extremo, y, antes del experimento, se ha fijado en una de las dos pinzas el papeíito preparado.

Este extremo del porta minas queda escondido en la mano derecha cuando se coge el instrumento que estaba colocado sobre una mesa y disimulado a los ojos de los espectadores. Aquí, el sombrero es inútil. Los papeles doblados son recogidos sobre una bandeja o un plato y uno de ellos es escogido por una persona que lo coloca en el porta minas. Se hace leer el billete por otro espectador, pero, al ir del primero al segundo espectador, se hace pasar el portaminas, volviéndolo de arriba abajo, a la mano izquierda; de este modo, el papel escogido se encuentra automáticamente remplazado por el billete preparado.

Una variante de la jugarreta, que se puede utilizar si no se tiene a la disposición un sujeto dermógrafo, consiste, antes de la sesión, en trazar sobre el brazo, con un pincelito en agua glice rinada o muy azucarada, la palabra que quiera hacerse aparecer. Cuando la inscripción está seca, es absolutamente invisible, incluso desde cerca. Se quema el papel cuya elección se ha impuesto, reúnense sus cenizas y se las frota con la ayuda de una borlita sobre el brazo del sujeto. La palabra se dibujará en negro.

Igualmente se puede presentar el experimento siguiente que se relaciona con la seudoestigmatización. Se anuncia que se va a hacer manar sangre de un corte imaginario y, consiguientemente, por sugestión. Con la ayuda de un pañuelo enrollado, se aprieta con fuerza el pulgar izquierdo por su base, y luego se pide un cuchillo prestado. Después de haber hecho constar que no hay rastro de sangre ni de colorante, se aplica el filo o el dorso de la hoja por debajo de la uña del pulgar y se hace el simulacro de cortar. Aparece un débil hilillo de sangre. Cuando la sangre está enjugada, no es visible ningún corte. Se puede hacer el experimento al menos una vez más.

He aquí la explicación.

Un poco antes del truco, se hunde una aguja desinfectada a la llama, a una profundidad de un milímetro o dos (de modo que provoque la caída de una gota de sangre), a algunos milímetros del lecho subungueal del pulgar. Se seca la gotita y se tiene el pulgar estirado, lo que vuelve a cerrar los tejidos e impide que fluya la sangre. Cuando se aplica la hoja, se dobla el pulgar, se abre el orificio y fluye la sangre. Se extiende entonces con la hoja, de modo que parezca el resultado de un corte.

Terminemos estos experimentos de seudoestigmatización con la descripción de un truco que se puede titular los estigmas misteriosos y que tiene su analogía con el experimento de las pizarras espiritistas de Slade, descrito en nuestro libro Les Pouvoirs Secrets de l’Homme. Se marcan, con un trozo de yeso, tres pequeños trazos sobre una mesa, en un lugar cualquiera, que puede ser designado por la asistencia. Hecho esto, se enseña el interior de la mano izquierda, que está absolutamente limpio. Para dar más sinceridad al experimento (en realidad para que tenga más éxito) se frota la palma de la mano con un trapo húmedo. Esta mano izquierda es colocada seguidamente bajo la mesa, debajo de los trazos, y se anuncia que se va a hacer que estos últimos atraviesen el tablero. A tal efecto, se golpea sobre la mesa con la mano derecha en el lugar de los trazos. Se retira la mano izquierda y se hace comprobar que los tres trazos han quedado escritos sobre la palma.

El experimento es de los más fáciles de ejecutar. De antemano, se ha hecho un trazo con el yeso sobre cada una de las uñas del índice, del dedo medio y del anular de la mano izquierda, de la que se puede enseñar sin inconveniente la palma. Cuando la mano está debajo de la mesa, se la cierra, y los trazos quedan impresos sobre aquélla. Los trazos restantes de yeso sobre las uñas se limpian inostensiblemente en la pernera del pantalón, de modo que la mano puede ser vista por sus dos caras.

Exteriorización del cuerpo

Pouvoirs Secrets de VHomme, consisten en la exteriorización del cuerpo de un médium de una sustancia, primero amorfa o polimorfa, que, a continuación, toma formas diversas: manos, caras, seres completos humanos o humanoides.

Aunque no entre en nuestro propósito el examen de la ecto plasmia, daremos, sin embargo, para la buena comprensión del tema, algunos detalles sobre las facultades paranormales de los médiums que fueron, creemos, auténticos teleplastos: Home, Eusa pia Paladino, Guzik, Kluski, Rudi Schneider.

Home produjo, sobre todo, manos que acariciaban o desplazaban los objetos. El célebre físico inglés William Crookes, que estudió el médium en excelentes condiciones de control, vio formarse diversas manos a plena luz.

Una pequeña mano, de forma muy bella relata Crookes, se alzó de una mesa de comedor y me dio una flor; apareció y luego desapareció tres veces distintas, dándome toda clase de facilidades para convencerme de que aquella aparición era tan real como mi propia mano. Ello ocurrió a plena luz, en mi propia habitación, mientras yo, durante aquel tiempo, tenía asidos pies y manos del médium.

En otra ocasión, una pequeña mano y un pequeño brazo, parecidos a los de un niño, aparecieron, como si jugaran con una señora que estaba sentada a mi lado. Luego la aparición vino hacia mí, me golpeó en el brazo y dio varios tirones de mi chaqueta.

Numerosas veces, yo mismo y otras personas hemos visto una mano pulsando las teclas de un acordeón, cuando, en el mismo instante, veíamos las dos manos del médium, algunas veces cogidas por las personas que estaban cerca de él.

He visto, más de una vez, primero moverse un objeto, luego una nube luminosa que parecía formarse a su alrededor, y, en fin, condensarse la nube, tomar una forma y trocarse en una mano perfectamente hecha. En aquel momento, todas las personas presentes podían ver aquella mano. Más allá de la muñeca se perdía en una nube luminosa.

Aquellas manos parecían, al tacto, algunas veces frías como él hielo y muertas; otras veces me parecieron calientes y vivas, y estrecharon las mías con el fuerte apretón de un viejo amigo.

Retuve una de aquellas manos en la mía, con la firme intención de no dejarla escapar. No se hizo ninguna tentativa ni esfuerzo para obligarme a soltarla, pero, poco a poco, aquella mano me pareció como si se disolviera en vapor, y así fue como se libró de mi apretón.

Raramente Home hacía aparecer figuras y formas completas. Sin embargo, Crookes, en dos ocasiones distintas pudo observar algunas con aquel médium.

Al declinar el día, durante una sesión de Home en mi casa escribe, vi cómo se movían las cortinas de una ventana que estaba a unos ocho pies de distancia de Home. Una forma lóbrega, oscura, semitransparente, parecida a una forma humana, fue vista por todos los asistentes, de pie, cerca de la ventana, y aquella forma hacía mover la cortina con su mano. Se desvaneció mientras la mirábamos, y las cortinas cesaron de moverse.

El caso que sigue es todavía más asombroso. Como en el precedente, Home era el médium. Una forma de fantasma avanzó desde un extremo de la habitación, cogió un acordeón y en seguida se deslizó por la casa al tiempo que tocaba aquel instrumento. Aquella forma fue visible durante varios minutos por todas las personas presentes, y al mismo tiempo se veía también a Home. El fantasma se acercó a una señora que estaba sentada a cierta distancia del resto de los asistentes; la señora dejó escapar un grito, y a continuación la sombra desapareció.

Los fenómenos ectoplásmicos paladinianos fueron más variados que los presentados por Home, pero a menudo tuvieron menos valor, en el sentido de que Eusapia Paladino operaba por lo general en la oscuridad, mientras que los experimentos de Home se llevaban a cabo, la mayor parte de las veces, a plena luz.

Eusapia hacía aparecer casi siempre formas humanas incompletas: manos de contornos indecisos, cabezas raramente visibles, pero de las que se percibía la forma a través de una cortina, de formaciones indefinibles, como caricaturas de seres vivientes, que gesticulaban de modo extraño, y en fin, pero excepcionalmente, de seres enteros con apariencia humana.

Se pueden considerar como auténticamente paranormales los fenómenos producidos por Eusapia en el Instituto General Psicológico; el control fue allí muy estricto, y los observadores eran de calidad. Fueron: Courtier, Yurievich, A. de Gramont, Richet, D’Arsonval, Branly, María y Pierre Curie, Bergson. He aquí algunos extractos del informe de las sesiones.

*1905, 6.a sesión.Al correrse la cortina se ve aparecer una mano por encima de la cabeza de Eusapia.

Courtier. Los dedos han avanzado; luego se han levantado, y he visto la palma de una mano.

D’Arsonval.  He visto cómo se abría una mano cerrada.

1905, 11.a sesión.  Yurievich ve una mano bajar cuatro dedos sobre la cabeza de Eusapia. De Gramont también la ha visto. Madame De Gramont ha visto cómo una mano blanca se posaba sobre la cabeza de Eusapia. Yurievich nota cómo una mano le coge por la cabeza. De Gramont ha visto la mano salir de la cortina y colocarse sobre la cabeza de Yunevich. (Verificadores: a la izquierda, Monsieur Curie; a la derecha, Monsieur Yurievich.)

1905, 6.a sesión.  Eusapia dice que quiere hacer dos manos al mismo tiempo, una que golpee y otra que se pueda ver.

Madame Curie, y Messieurs Courtier y Debieme ven una forma de mano, no muy delimitada, pero luminosa. Yurievich siente su contacto por dos veces.

Perrin.  No puedo decir que fuera una mano.

Debieme.  Una mano verdadera, no, más bien un esbozo de mano.

(Verificadores: a la izquierda, Monsieur Yurievich; a la derecha, Monsieur Debieme.)

Otras veces se perciben como miembros negros, igual que siluetas de sombras chinescas.

*1905, 10.a sesión.  Se ve como un brazo negro muy cerca del codo de Monsieur Komyakoff. Messieurs Curie y Yurievich lo han visto muy distintamente.

Se ve de nuevo como un brazo negro que, por el lado izquierdo de la cortina, ha avanzado varias veces y ha tocado fuertemente a Komyakoff por la espalda. Ha sido visto por Messieurs Curie, Bergson, De Gramont, Komyakoff y Yurievich. (Verificadores: a la izquierda, Komyakoff; a la derecha, Curie.)

1906, 8.a sesión.  En esta sesión, Eusapia, atada sobre una otomana, estaba sola en el interior de la cabina. La cadena estaba formada fuera de la cabina, alrededor de la mesa. Los asistentes vieron aparecer, durante un instante, por la apertura de la cortina, como una cabeza oscura y un busto de hombre cubiertos de ropas blancas.

El médium contemporáneo Guzik produjo formas humanas de las que se veía, sobre todo, el rostro luminoso por sí mismo.

Apenas Guzik manifiesta su trance escribe el doctor Osty, relatando la sesión del 5 de abril de 1926, siento como si una mano me tocara en el brazo derecho y en la espalda. Se oyen ruidos de pasos detrás de mí, y experimento la fuerte sensación de dos manos que comprimen de un solo golpe y muy simétricamente mi espalda.

Una hermosa y amplia luz aparece por encima de la cabeza de Guzik y, en apariencia, bastante alta. Desciende lentamente hacia mi dirección, viene a colocarse ante mí, a la altura de mis ojos. Veo los dos tercios superiores de un rostro humano iluminado por una fosforescencia. Otras dos veces se produce el mismo fenómeno, no diferenciándose más que en los caracteres de los rostros. Cada una de las tres caras llevaba la parte alta de la cabeza enmarcada con una especie de velo, cuyas puntas se veían sobre la frente. La iluminación, que venía de frente y de encima  de la cabeza, dejaba el mentón en la penumbra. Una de las caras parecía tener la delicadeza de una figura femenina de escasa estatura. Las otras dos tenían aspecto masculino.

Una de ellas no dijo nada; era, sencillamente, contemplativa. Las otras dos hablaron y me besaron antes de apagar sus fuegos. La última se quedó ante mis ojos más tiempo que las demás; pronunció el equivalente de cuatro o cinco cortas frases, que no comprendí, acaso porque otros asistentes anunciaban durante este tiempo otros fenómenos. Mientras me estaba hablando este último visitante, sentí sobre mi frente el contacto de dos o tres dedos. Con gran atención miré aquella cara, que no tenía tanta prisa en irse como las demás, esforzándome para encontrar en ella indicios de su naturaleza. Daba a los ojos una impresión de rostro humano que iluminara un puñado de gusanos de luz. Habiendo terminado de hablar, la cara avanzó y me besó en la frente, dándome la sensación de contactos y de presión de una boca humana que besa.

Rudi Schneider no fue un médium tan eficaz como Guzik. Sus producciones ectoplásmicas eran, por lo general, incompletas, mal reproducidas, efímeras. Pero, como hace constar el doctor Osty, Rudi aceptaba todos los controles posibles y se sometía fácilmente a todas las exigencias de los experimentadores. Se podía, pues, con este sujeto, obtener la seguridad absoluta en lo que concierne a la autenticidad de los fenómenos.

Harry Price obtuvo, con este médium, en su National Labora tory of Psychical Research, de Londres, formas de niños, de manos y de brazos, masas luminosas, etc. El médium y los asistentes estaban controlados con la ayuda de un dispositivo eléctrico imaginado por SchrenckNotzing y perfeccionado por Price. El sujeto estaba colocado frente a la cabina negra, que, por consiguiente, estaba vacía. Cualquier tentativa de fraude era imposible y hubiese estado fatalmente condenada al fracaso.

En fin, Kluski, el gigante de los médiums contemporáneos por lo que respecta a efectos materiales, hacía aparecer formas humanas que se desplazaban, hablando, con todos los caracteres de un ser viviente. Fue estudiado, en excelentes condiciones de control, en el Instituto Metapsíquico Internacional, por el doctor Geley y sus colaboradores. Con este médium, el doctor Geley obtuvo moldes de miembros materializados: siete de manos y uno de pie. Los vaciados presentan todas las características de miembros de adultos: arrugas, pliegues, surcos, etc., pero no son de canon normal: son reducciones de miembros. Nos ocupamos extensamente de ello en Les Pouvoirs Secrets de l’Homme.

 

En estos fenómenos se produce el modelado de la materia por el pensamiento. Se puede imaginar que el médium vive una especie de sueño, pero que sus fantasmas, en lugar de permanecer subjetivos, se objetivizan, se materializan, siendo prestados los elementos sustanciales a él mismo o al ambiente. El proceso podría ser el siguiente: una determinada cantidad de materia sería, en primer término, disociada en sus elementos últimos, electrones, protones, neutrones, y otras partículas elementales, y luego organizada en apariencias de fenómenos simulando miembros, seres vivientes, vestidos, etc. Sin duda, esta hipótesis choca con muchas dificultades, y sólo la proponemos con la más extensa reserva. Si la admitimos, es preciso suponer, en particular, que la energía mediúmnica de desintegración es del mismo orden de grandeza que la energía puesta en juego en los más potentes ciclotrones o en la radiación cósmica. ¿De dónde obtiene el médium esta energía? Es difícil responder a la pregunta, a menos que se suponga, lo que por lo demás estaría de acuerdo con la observación, que el fenómeno ectoplásmico se efectúa en ciclo cerrado, en cuyo caso la energía total consumida podría ser teóricamente nula o, prácticamente, muy débil.

Estigmas religiosos

La estígmatización, que por sus caracteres fundamentales puede relacionarse con los fenómenos psicosomáticos, es un hecho específicamente religioso: pertenece esencialmente a la hagiografía.

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Estigmas metapsiquicos

Madame Kahl de nacionalidad rusa, pero residente en París, presentó, ya desde su infancia, facultades supranormales. A los siete años se ofrecía, como movida por un instinto, para predecir su futuro a las personas que la rodeaban. Y a menudo escribe el doctor Osty acertaba. A los quince años indicó sobre un mapa la posición de uno de los más ricos filones de una mina de oro. Las indicaciones proporcionadas resultaron ser exactas.

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Acción terapéutica del magnetismo animal

Al igual que las terapéuticas religiosas, mágicas y místicas, el magnetismo presenta en su activo curaciones impresionantes, o consideradas como tales. Algunas han sido objeto de un serio control. Entre las mejor observadas, citemos las que parecen particularmente típicas:

Inicios de la terapia

He aquí un primer caso muy preciso. Esta cura ha sido narrada en los Archives Hospitalières de 1938.

Se trata de un enfermo cuya afección responde, según los autores, al siguiente cuadro clínico:

Prurito con liquenificación;

Liquen simple crónico de Vidal;

Neurodermitis circunscrita de Brocq;

Prurito leucodérmico de P. Chevalier.

El enfermo tiene treinta y nueve años, y sus trastornos empezaron en Marsella, en 1924.

Picores del perineo que desbordaron el escroto. Sobre todo por la noche. Obligado a tomar baños fríos de asiento. Seis meses después, excoriaciones perineales. En 1930, extensión al ano. Espantosos dolores provocados por las deposiciones. Tratado sin éxito por varios especialistas marselleses. A partir de 1925, consultó en París a los dermatólogos del hospital Broca y del hospital SaintLouis y otros especialistas en sus consultorios. Los más varios tratamientos: unturas, pomadas, autohemoterapia, inyecciones intravenosas de agua de Uriage, aplicaciones de novocaína in situ, rayos X, etc. Una primera serie de rayos X proporcionó una mejora de sólo quince días. Más tarde, una segunda serie no surtió efecto alguno.

El doctor Morlaas declara: Hemos visto al enfermo en el “Hospital SaintMichel”. El tegumento del perineo y del escroto en su parte posterior se mostraba espeso, liquenificado, y tenía múltiples escamas rezumantes. Las mismas lesiones se intensificaban en la región perianal, cuya mucosa, endurecida, espesa y blanco azulada, presentaba fisuras prolongadas en la piel contigua. El incesante flujo requería su absorción mediante gruesos apósitos. Las deposiciones eran sanguinolentas, con la anemia consiguiente, y el estado moral del enfermo empeoraba con los días. El muy distinguido dermatólogo que le trataba en el hospital arrojó la esponja.

Entonces fue cuando intervino la cura magnética realizada por Lady Clerk, esposa de un importante diplomático. Se prolongó del 27 de enero al 2 de abril de 1937. Hubo una mejora importante en las deposiciones después de tres semanas de tratamiento, y la curación se completó en dos meses. El provecho de cada sesión se observaba algunas horas después, y permanecía sin regresión ni acentuación hasta la sesión siguiente.

El 4 de julio de 1938, el doctor Morlaas presentaba a la Société médicochirurgicale des Hôpitaux Libres no sólo el caso que acabamos de relatar, sino también un caso de lichen ruber planus, un caso de eccema profesional de las manos, en un panadero; un caso de eccema de las planchadoras, con secuelas flebíticas de la pierna izquierda; todos curados gracias a los cuidados magnéticos de Lady Clerk.

Otro curandero, Monsieur Th, de Burdeos, realizó curaciones notables. Una de las más conocidas es la del fiscal general de aquella ciudad, Monsieur Maxwell, quien, por otra parte, está en posesión del título de doctor en Medicina. El doctor Maxwell estaba afecto de un glaucoma doble, considerado inoperable. La Facultad había abandonado completamente su caso y, cuando el curandero empezó a cuidarle, estaba casi ciego. Quedó completamente curado en unas pocas intervenciones, y no dejó de testimoniar pública y justamente en favor de su bienhechor.

A la edad de setenta y siete años, Monsieur Maxwell fue atacado por una hemiplejía izquierda. Los eminentes profesores que le examinaron diagnosticaron por unanimidad un coágulo de sangre en la región cervical. Las sesiones terapéuticas se desarrollaron en presencia del médico que llevaba el caso y de un profesor de la Facultad de Medicina de Burdeos. A la quinta sesión, el coágulo estaba disuelto y era evacuado, sin daño, a la circulación mayor. El enfermo estaba curado.

Léon Alalouf

Las curaciones obtenidas por Léon Alalouf, cuya deslumbrante carrera hemos seguido desde sus comienzos en Toulouse, y del que vamos a fijar la atractiva personalidad en pocas líneas, fueron también, en gran número de casos, perfectamente controladas.

Nacido en Salónica en 1905, llegado a Francia en 1920 y naturalizado francés, Léon Alalouf cursó estudios electrotécnicos y acabó la carrera de ingeniero en 1926. Se alistó en la Cruz Roja francesa y, herido en Monastir, fue citado en la orden del día del Ejército aliado por ser el voluntario más joven. Desde los inicios de la 7 3.X55

Segunda Guerra Mundial, totalizó veintisiete heridas, y trasladado de Infantería al 2. Bureau, ejerció sus dones de videncia, tan sorprendentes como sus dotes de curandero, y fue citado en la orden del día del Ejército por sus detecciones, sobre plano, de los submarinos alemanes. Al llegar el armisticio, entró en la Resistencia.

Titular de cuatro condecoraciones inglesas, de dos americanas, de la Cruz de la Liberación con asignación de la Cruz de guerra, de la Medalla de la Resistencia y de la Medalla militar, está igualmente condecorado con la Legión de Honor por los siguientes motivos:

Ardiente patriota, Léon Alalouf se ha entregado por compleo a la Resistencia. Desafiando todo peligro, ha pasado en ambos sentidos veintisiete veces la frontera de España, ha llevado a término todas las misiones peligrosas que le han sido confiadas bien por el Comité de Alger, bien por el coronel Malaise, en Madrid. Detenido por la Gestapo en la frontera de España, interrogado, torturado (fue colgado por un brazo y molido a golpes), supo guardar silencio. Metido en un convoy de deportación, se evade, y una vez más se pone al servicio de la Resistencia, en el Lot. Es un ejemplo de valor, de abnegación.

Pero por brillante que sea la lista de los lauros militares de Alalouf escribe con razón Jean Palaiseul, queda, sin embargo, eclipsada por sus latiros de curandero. Léon Alalouf posee, en efecto, 327.000 atestados de curaciones, teniendo en cuenta que no todos aquellos a los que ha devuelto la salud le han enviado su testimonio escrito. Sus clientes proceden de todos los ambientes y de todos los extremos del mundo. Ha cuidado a reyes; a jefes de Estado; a ministros; a príncipes; a prelados pertenecientes al alto clero; a artistas, etc. Alfonso XIII, Anatole de Monzie, Gastón Doumergue, Edouard Herriot, Sacha Guitry, recurrieron a su fluido. Gandhi, que pasó ocho días en su casa en 1932, le dijo: “Tenéis un asombroso poder de revitalizar los cuerpos deficientes, un poder netamente superior al mío” Y por invitación del Mahatma efectuó un viaje a la India y al Tibet. Fue llamado varias veces a la Corte de Inglaterra y, para agradecerle sus intervenciones, le enviaron la reserva de dos plazas para asistir a la coronación de la reina Isabel. Auténticos puentes de oro le han sido ofrecidos para que aceptara instalarse en el extranjero, especialmente en el Brasil y en los Estados Unidos, pero siempre ha rehusado.

En el curso de una encuesta, que realizamos hace poco, acerca de los curanderos y sus métodos, Léon Alalouf nos escribió lo que sigue:

Las virtudes curativas de mis radiaciones se ejercen eficazmente sobre los trastornos patológicos más varios; así, puedo citaros curaciones que afectan a enfermedades nerviosas: neuralgias, parálisis, apepsias, etc.; otras afectan a órganos o a sus funciones: laringitis, cefaleas, tuberculosis, cálculos urinarios, hernia, nefritis, enteritis, etc., y, en fin, cierto número debido a traumatismos varios: abscesos, tumores, heridas, etc. Tengo a su disposición testimonios que demuestran la curación de estas diversas afecciones, debidamente controladas, y emitidos con el espíritu crítico de quien, al ver semejantes resultados producidos por la imposición de mis manos, busca estudiar las causas. A menudo me pregunto si el poder curativo de mis radiaciones es de la incumbencia de la Fisiología, de la Psicología o de la Metapsíquica. ¿En qué forma se manifiesta? ¿Puede concebírselo al modo de una corriente eléctrica o de una forma espiritual de sugestión? ¿Su acción curativa, se ejerce indiferentemente sobre toda clase de enfermedades, y cuál es la medida de su eficacia? ¿Qué factores pueden modificar su acción y qué proceso asegura su más fecunda realización?

He aquí, ahora, dos testimonios de curaciones obtenidas por Léon Alalouf: una de ellas nos ha sido comunicada por M. L. C., consejero honorario del Tribunal de apelación, quien desea conservar el anonimato; la otra nos fue dirigida por el doctor Gou tenégre, que vive en la calle de la Pamme número 5, en Toulouse. La posición social de estos dos corresponsales elimina toda sospecha de complacencia.

Mi esposa, escribe M. L. C., estuvo afectada, tres años atrás, a los sesenta años de edad, por una crisis de reumatismo generalizado que la hacía sufrir horriblemente y que terminó, poco después, en una invalidez casi completa. Mi pobre enferma no podía mover el antebrazo izquierdo. Los demás miembros estaban inertes. Era preciso alimentarla como a un niño. Los medicamentos prescritos y los cuidados proporcionados por dos eminencias médicas se revelaban impotentes, y el mal progresaba. Estaba desesperado. Mi hijo, doctor en Medicina, asistía, descorazonado, al progreso de aquella enfermedad, que consideraba como incurable después del fracaso del tratamiento de sus eminentes colegas.

En última instancia, y resuelto a probarlo todo, incluso lo imposible, para aliviar a mi querida enferma, entré en relaciones con Monsieur Alalouf, de quien se decían maravillas. Mi hijo, que ejerce en un departamento de la región central, movido por un escrúpulo perfectamente explicable de orden profesional, me dejó la responsabilidad de esta iniciativa, que no quiso ni aprobar ni desaconsejar. Y fue así como traje a Monsieur Alalouf a la cabecera de la pobre doliente.

Por imposición de las manos, sin tocar el cuerpo y sobre los vestidos, disminuyó poco a poco la rigidez de las articulaciones, empezando por la nuca, los hombros, luego las manos, las rodillas y los pies, cuya deformación daba pena ver. Fueron necesarias numerosas sesiones; primero, dos por semana; luego, una cada quince días.

Poco a poco desaparecieron el sufrimiento y el insomnio, los miembros recuperaron su agilidad y su vigor, y hoy mi querida enferma va y viene por la casa, se ocupa de su interior, hace calceta para sus nietos y despacha su correspondencia como antes, mientras que antes de la intervención de Monsieur Alalouf no podía llevarse los alimentos a la boca ni sostener un ganchillo ni una estilográfica.

El fluido de Monsieur Alalouf actuó sobre ella como un verdadero medicamento. Expongo todo esto con absoluta objetividad, no intentando ni explicar ni comentar la causa y las frases de la curación. Sencillamente, hago constar el resultado. Es de lo más reconfortante, y Monsieur Alalouf merece que se le den las más efusivas gracias.

El testimonio del doctor Goutenégre es tan significativo como el precedente.

En respuesta a su carta de 16 de mayo, relativa a las curas de Monsieur Alalouf, en la que pide usted mi opinión, me place poder proporcionarle algunas informaciones muy exactas y muy verídicas.

1.“ Uno de mis clientes, M. F., jefe de estación jubilado, con domicilio en Toulouse, calle de Clemencia Isaura número 1, sufría una neuralgia del nervio ciático desde muchos meses y no conseguía librarse de su afección hasta que tuvo la idea de dirigirse a Monsieur Alalouf. Fue curado radicalmente al cabo de algunas sesiones, y luego no ha vuelto a sufrir.

2.° La señora Goutenégre, mi esposa, llevaba un año sufriendo una afección dolorosa en la muñeca derecha, con irradiación hacia el pulgar, y esta afección, llamada, por los cirujanos que la habían examinado, “tendosinovitis crónica estenosante de De Quer vain”, a más de defenómenos dolorosos que le ocasionaba y que le producían insomnio, no le permitía escribir ni hacer trabajos de aguja más que a costa de mil dificultades. Un tratamiento de rayos ultravioleta y otro de rayos infrarrojos no dieron resultado positivo alguno. Había llegado la hora de proceder a una intervención quirúrgica para liberar el tendón, cuando se nos ocurrió dirigirnos a Léon Alalouf.

Por medio de sencillas presiones ejercidas durante algunos segundos sobre la región dolorosa, en sesiones frecuentes y a continuación más espaciadas, mi mujer tuvo la satisfacción, al cabo de ocho meses de tratamiento, de comprobar, por etapas de mejora progresiva, que estaba completamente libre de su enfermedad. De ello hace aproximadamente un año, y mi esposa se sirve actualmente de la mano sin sentir ningún género de dolor. Esta curación típica merecía ser puesta de relieve.

En lo que personalmente me concierne, debo comunicarle igualmente que, sufriendo, de tres años a esta parte, una artritis crónica de la cadera derecha que, a ratos, me hacía si no cojear, al menos arrastrar la pierna, he obtenido una sensible mejora, tanto desde el punto de vista doloroso como desde el funcional, a consecuencia de un tratamiento externo aplicado por Léon Alalouf; incluso hay días en que no experimento molestias y que no cojeo en absoluto.

Son resultados que parecen sorprendentes, pero ante la evidencia de los cuales está uno obligado a rendirse, y confieso que, por mi parte, admito plenamente que algunos sujetos, como Léon Alalouf, pueden emitir radiaciones de naturaleza tal que ejerzan una influencia sedante sobre determinadas manifestaciones dolo rosas.

Añadamos a estos dos testimonios, sin, por otra parte, querer sacar un argumento perentorio en favor de los poderes de Léon Alalouf, esta divertida anécdota contada por Jean Palaiseul.

Como todos los curanderos, Léon Alalouf, a instancias del Colegio de Médicos, se ve perseguido periódicamente por ejercicio ilegal de la Medicina. Ahora bien, en uno de los procesos, el presidente del Tribunal, esperando encontrar en falta a Alalouf, hizo llamar como testigo a un abogado molido por una crisis de ciática.

¡He aquí a un cliente para usted! le espetó. Enséñenos lo que sabe hacer.

Con mucha calma, aunque, sin embargo, un tanto inquieto (puesto que le ocurre a Alalouf como a todos los terapeutas, sean curanderos o médicos, que sus tratamientos no tienen éxito de golpe), el acusado impone las manos al cobaya voluntario. Pasan algunos minutos de una espera algo tensa, cuando, con gran sorpresa de todos, el abogado se yergue de pronto y, estupefacto al no experimentar ya dolor alguno, exclama:

¡Estoy curado, señor presidente, estoy curado! ¡Es un milagro!

En todos los procesos de Alalouf acuden a declarar, a favor del curandero, hombres de ciencia, médicos e incluso profesores de Medicina. Así, en el curso de un proceso que le fue incoado en Toulouse el 24 de junio de 1966 por el director departamental del Ministerio de la Salud Pública, el doctor Charouleau, estomatólogo, profesor auxiliar de la Facultad de Medicina de Toulouse; su colega, el doctor Charançon, oftalmólogo, y Monsieur Roussi, profesor de toxicología en la misma Facultad, los cuales habían sido tratados con éxito por Alalouf, a quien habían enviado clientes, acudieron a decir todo el bien que pensaban del curandero. Sabemos dice el presidente del Tribunal, dirigiéndose a Alalouf que curáis y que gozáis de una reputación mundial y de un don inexplicable. Pero vuestras actividades paramédicas caen bajo el peso de la ley. Sin embargo, caso único en los anales judiciales franceses, los jueces renuncian a pronunciarse sobre el fondo de la cuestión y absuelven al procesado. La acción del Colegio de Médicos del HauteGarone fue desestimada.

Curaciones por magnetismo

Después de estos ejemplos precisos de curaciones por el magnetismo, igualmente podríamos citar aquí, pero no haríamos más que repetimos, y por eso nos limitaremos a estos ejemplos, las curas magnéticas de Monsieur Henri Durville, que son innumerables y que hemos seguido durante mucho tiempo; las de Monsieur Théo Matthys, de Gante (Bélgica), en cuyo favor rompimos amablemente lanzas sobre la cuestión del magnetismo; de Monsieur y de Madame Tisserand, que emplean sobre todo el soplo vital; de Marie Fomerod de Sées; de Germaine de Ruán (su verdadero nombre es Germaine Béguin) que se hizo llamar sucesivamente Madame Germaine, la pequeña Dama de Lourdes, y, finalmente, Germaine de Ruán>’ de Madame Turck; de Miss Ha mida, magnetizadora e hipnotizadora; de Joanny Gaillard, cuyos experimentos de momificación hicieron gran ruido en su tiempo; de Léonce Andrieu, de Perpiñán; de Robert Cartier, de Mons (Bélgica); de Roger y Germaine Guillard, de Orleáns; de Madame María, la curandera de las manos de luz; de Marcelle Giffard, de Rennes, la mujer radio; de Henri Moncourrier, de CháteauGon tier, en Mayenne; de Pierre Jourdreu, que ejerce en Haleine, en el Orne; de Joseph Beyrowski, de BoulogneBillancourt; de Madame Bourgès, de Burdeos; de Camille Eynard, que utiliza la radiestesia para establecer sus diagnósticos; de Charles de SaintSavin, de Vassal; de Eric Baer; de G. Bozet; de Georges Victor; de la vedette de musichall Mick Micheyl, que posee múltiples talentos, en particular los de pintora y curandera; de André Dangaly, que es a la vez magnetizador y psicoterapeuta y que, en lo que concierne a las curas morales y las reeducaciones psíquicas y físicas, obtiene excelentes resultados; y, en fin, André Besson, de Limoges, quien, en su último proceso, que tuvo lugar el 23 de diciembre de 1965, presentó al Tribunal de Limoges una veintena de justificaciones de médicos testimoniando a su favor, unas reconociendo haber recurrido a sus cuidados por su propia cuenta, otras, indicando que le habían pedido atendiera a sus enfermos. No dudo concluyó el fiscal de la República que Monsieur André Besson sea, por sus dones, un bienhechor de la Humanidad; pero la ley sigue siendo la ley, y, mientras esperamos que los curanderos obtengan, como es mi deseo, un estatuto, tenemos que respetar los textos en vigor, y solicito una pena de 8.000 francos de multa.

Señalemos que, en muchos países, la jurisprudencia relativa a los curanderos es mucho más liberal que en Francia. Así, en Suiza la ley prohíbe condenar a los curanderos que operen por simple aplicación de las manos o por medio de oraciones, y que en Inglaterra mil setecientos hospitales acogen a los curanderos cuando los enfermos los solicitan.

Tratamientos metafísicos y morales

La evolución que producirá una psicoterapia científica de los tratamientos milagrosos se hace muy lentamente, y ha atravesado ya varias etapas escribe el profesor Pierre Janet. Uno de los intermediarios más interesantes me parece estar constituido por las prácticas singulares que, de irnos años a esta parte, han invadido los Estados Unidos con el nombre de Mind cure, Faith cure, Divine healing, Mental healing y, sobre todo, de Christian Science.

Esta escuela, o Iglesia, ha desempeñado un papel considerable: ha demostrado la importancia de los tratamientos morales y ha sido el punto de partida del enorme desarrollo que han conocido estos tratamientos en América. Además, ha sacado a luz un concepto del papel que desempeña el pensamiento en la enfermedad y en la salud En fin, la misma vida de Mrs. Eddy, la fundadora de esta secta, es en verdad completamente extraordinaria y nos proporciona notables enseñanzas sobre la psicología y la psicoterapia.

La que tenía que ser la sacerdotisa de una gran religión: la Christian Science, y que fue una de las mujeres más poderosas de los Estados Unidos de América, Miss Mary Baker, nació en una pobre alquería en Bow (New Hampshire), el 16 de julio de 1821.

Desde su infancia según Pierre Janet estuvo siempre enferma y sujeta a violentas convulsiones: se caía bruscamente al suelo, rechinaba los dientes, daba vueltas en tomo a sí misma, forcejeaba furiosamente, daba gritos de terror, o bien se mantenía rígida en una contracción general y se quedaba asi, horas enteras, desvanecida y sin conocimiento. Como quiera que todavía no estaba de moda negar la histeria, éste fue el diagnóstico inmediato de los médicos que la cuidaban.

A la edad de veintidós años, Mary se casó con un amigo de su hermano, el coronel Glover, quien, al cabo de un año de matrimonio, la dejó viuda, con un hijo, en la más completa miseria. Esta penosa situación no contribuyó a mejorar su estado de salud, ya deplorable: las crisis nerviosas se hacían cada vez más frecuentes y más violentas.

De naturaleza autoritaria, se habla convertido en irascible.

Después de haberse refugiado en casa de una de sus hermanas, pronto volvió a casarse Mrs. Glover era muy bonita con uno de sus admiradores, el doctor Patterson, dentista ambulante y médico homeópata. Pero también esta unión duró poco. Después de dos años de matrimonio, y al ser detenido su marido durante la Guerra de Secesión, Mrs. Patterson pidió el divorcio y usó de nuevo el nombre de Mrs. Glover.

La infortunada tuvo que buscar asilo otra vez en casa de su hermana, Mrs. Tilton. Entonces se ocupó del espiritismo, y, como las señoritas Fox, oía golpes en las paredes. Pero estas prácticas y_ su actitud intransigente la indispusieron con su familia, y se vio obligada a buscar refugio en otra parte. En aquel tiempo sus peregrinaciones eran innumerables, mientras que sus accidentes enfermizos redoblaban en frecuencia e intensidad. Para colmo de desdichas, un día de invierno resbaló sobre el hielo y cayó sin sentido.

El accidente tuvo graves consecuencias: primero, nna contracción de la pierna y, al fin, una paraplejía completa. Los médicos, que probablemente ignoraban el pasado neuropatológico de la enferma, hipnotizados también, sin duda, por el incidente que había provocado los trastornos patológicos, diagnosticaron una enfermedad incurable de la médula. Se intentaron todos los tratamientos alopáticos y homeopáticos. Todo fue inútil: durante años, la paciente, inválida y desesperada, no pudo abandonar la cama.

En aquel entonces ano 1861 se desarrollaba en América un notable movimiento intelectual. La doctrina del magnetismo, que se había implantado en Nueva Orleáns hacia 1835, había conquistado numerosos adeptos entre los que se contaba un pobre obrero relojero, Fhinéas Parkhurst Quimbey. Muy inteligente, comprobó pronto que los remedios prescritos por los sonámbulos no eran específicos, pero que, de todos modos, curaban. Así, un día, su sonámbulo acababa de ordenar a unos enfermos muy pobres un medicamento de elevado precio; atendiendo a la observación de Quimbey, el sonámbulo aconsejó otro remedio de poco coste pero de un efecto diametralmente opuesto. El resultado no fue menos excelente. Quimbey llegó a la conclusión de que la consulta del sonámbulo no servía más que para implantar, en el espíritu del enfermo, la convicción de la curación, y que el medicamento era inútil. Nuestro magnetizador abandonó entonces el magnetismo y a los sonámbulos, y se hizo curandero metafísico. A su sistema le dio el nombre de Christian Science o Science of Health.

Mrs. Glover se dirigió a este personaje. En algunas sesiones quedó curada la presunta enferma de la médula espinal. Mrs. Glover estaba más ágil de piernas que nunca. Entusiasmada por este resultado, estudió la obra filosófica de su salvador, consistente en una decena de manuscritos inéditos en que se trataba de religión, de interpretación de las Escrituras, de espiritualismo, de clarividencia, de enfermedades y de muchas otras cosas más. Entretanto, murió Quimbey.

Mrs. Glover se empeñó entonces en enseñar una doctrina análoga a la de Quimbey, y pronto tuvo varios alumnos, entre los que se distinguió Daniel Spofford, quien la ayudó a publicar Science and Health que, por otra parte, no tuvo ningún éxito.

Siempre antojadiza y autoritaria, celosa de sus prerrogativas, Mrs. Glover se enfadó pronto, por fútiles motivos, con la mayoría de sus alumnos, pero, sin embargo, se casó con uno de ellos, el joven Gilbert Eddy, con cuyo apellido fue conocida sobre todo.

Este tercer esposo murió al cabo de cinco años de matrimonio. Mrs. Eddy, que enseñaba en Lynn en condiciones mediocres, trasladó entonces su escuela a Boston. Tenía a la sazón sesenta y un años, pero su energía no disminuyó nada.

A fin de dar más publicidad a su acción, fundó un periódico mensual: The Journal of Christian Science, que prometía a todos los lectores salud, felicidad, fortuna. Llegaba a todas partes: a las poblaciones más alejadas del Missouri y de Alaska, a los desiertos de Arizona y del Colorado, donde la gente, poco menos que aislada y viviendo en penosas condiciones, tenía tiempo que perder y gran necesidad de creer en los milagros. Al mismo tiempo, Science and Health en manos de una treintena de colaboradores, fue redactado en un inglés inteligible y publicado por segunda vez. Aparecieron otras obras: Christian Healing, The people is God, De fence of Christian Science, etc.

La Escuela de Boston fue legalizada, y su éxito, considerable; rápidamente se la conoció por toda América. Se daban allí cursos primarios, lecciones de obstetricia metafísica, un curso de Teología. Los alumnos eran tan numerosos que debían repetirse las lecciones varias veces por día y establecer sucursales en los distintos Estados.

Se trataba a los enfermos tanto a distancia como in situ, y las curaciones milagrosas se multiplicaban. Correlativamente, afluyó él dinero a la caja de Mrs. Eddy.

Sin embargo, se cernieron algunas sombras sobre el cuadro: una alumna del curso de obstetricia metafísica, que había asistido a una mujer en su parto, la dejó morir de hemorragia. La alumna fue condenada por los tribunales. Por otra parte, algunos disidentes establecieron las bases de la New thought, que amenazó con hacer una peligrosa competencia a la Christian Science.

Pero Mrs. Eddy vencía todas las dificultades, abatía todos los obstáculos. Intensificó su propaganda, fundó iglesias en todas las poblaciones y se convirtió en todopoderosa. En 1888 se celebró una gran reunión en Chicago, que constituyó un triunfo: el pueblo se apretujaba al paso de la gran sacerdotisa; arrancaban jirones de sus vestidos para hacer con ellos reliquias; las madres le tendían a su hijo enfermo o lisiado, esperando un milagro; los paralíticos sanaban al tocar los pliegues de su ropa. Los fieles llamah^n a esta escena la manifestación de Pentecostés.

En 1894, se colocó la primera piedra de la catedral de Mrs. Eddy, en Boston. A últimos de 1895, la iglesia estaba en pie. Era una gran nave de mármol y de granito que podía contener a más de dos mil personas. La habitación de la Madre está toda hecha de madera rara, de ónice y de oro. El día de la inauguración fue preciso celebrar sucesivamente cinco servicios, y, sin embargo, no pudo entrar más que una pequeña parte de público. Una enorme multitud, calculada en cincuenta mil personas, desfilaba de doce en fondo en la Mother’s room, como si fuese un lugar sagrado.

A partir de aquel momento, Mrs. Eddy hizo pocas apariciones en público. Se retiró a sus propiedades de Concord, y, en un aislamiento parecido al de un gran Lama escribe M. G. Milmine, asistió, no a su beatificación, sino a su divinización. Según sus discípulos fervientes, la Christian Science era un hijo espiritual de Mrs. Eddy y de Dios, como Jesús viene de María. El resultado de esta segunda Inmaculada Concepción se decía en los medios científicos es un libro ynoun hombre, porque nuestro siglo es má espiritual que el de Jesucristo.

Vddy abandonó nuestra morada terrenal para entrar en otra fase de su existencia, donde continuará su trabajo individual y donde puede todavía seguir progresando.

Actualmente, la Christian Science cuenta en América con cagj quince mil iglesias. Las hay también en la mayor parte de los países del mundo, e incluso en la isla de Java, en Kenya, en Hong Kong y en las Molucas. En Francia, las hay en París y en cada una de las siguientes ciudades: Burdeos, Cannes, El Havre, Lyon, Marsella, Montpellier, Mulhouse, Niza y Estrasburgo.

La influencia de la Science chrétienne, como la del Christian Science Monitor escribe Maurice Colinon en su obra Fatix Pro phétes et Sedes d’aujourd’hui, sobrepasa incomparablemente la importancia de sus efectivos. Se sabe que las opiniones del Monitor, a pesar de su escasa tirada, cuentan más a los ojos de los dirigentes americanos que las del New York Hercdd. Uno de sus líderes, Driscoe Drummond, fue escogido por el presidente Tru man para dirigir los servicios del Plan Marshall en Europa. Y de buena gana los cientifistas dan a entender que los Estados Unidos no se decidieron a declarar la guerra a Hitler hasta el día que la Science chrétienne tomó posición contra el nazismo. Verdadera o falsa, esta afirmación no ha sido nunca desmentida. Esta extraña secta es, pues, al mismo tiempo que una empresa internacional de curación, una potencia política que no se podría subestimar sin peligro. La antigua vendedora de ocultismo, Mary BakerEddy ha puesto al servicio de su país una masonería de múltiples ramificaciones.

Los principales periódicos de la Science chrétienne, en los cuales están consimadas las curaciones debidamente verificadas, son The Christian Science Journal (mensual, en inglés), el Christian Science Sentinel (semanario, en inglés) y The Herald of Christian Science, cuya traducción o doce lenguas se publica, bien mensualmente, bien trimestralmente, según las lenguas. La versión francesa aparece cada mes bajo el título de Le Hérault de la Science Chrétienne.

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