El aura y las constelaciones familiares

Siguiendo con nuestra tarea de exploración científica sobre las nociones elementales de las constelaciones familiares, hemos decidido investigar en el tema de la psicoginercia en lo que se refiere a la ciencia de la energía que rodea al cuerpo de cualquier ser vivo, para las constelaciones familiares es importante ahondar en este tema ya que muchos de los aspectos relacionados con la mecánica de transmisión del inconsciente colectivo está vinculado al comportamiento de las supuesta energías que emanan los cuerpos vivientes y que son capases de alterar el medio cercano en cuando a marcadores bioelectricos se refiere.

Energia astral sistémica familiarAunque haya muchas manifestaciones que denoten la existencia del aura y de un cuerpo energético, el hombre escrupuloso quisiera tener pruebas científicas expuestas de forma directa e inequívoca. ¿Es posible proporcionárselas hoy día? Desde un punto de vista estrictamente científico se debe responder con una negativa. Pero, ¿no habrá por lo menos algunos indicios que dejen entrever una posible confirmación de tales fenómenos por parte de la Ciencia en un futuro no demasiado lejano? A ello sí se puede responder afirmativamente. Para sustentar esta opinión optimista están los recientes progresos en el terreno de la electro fotografía.

Cuando las nubes situadas frente a la tierra u otras capas atmosféricas están cargadas eléctricamente generan, en determinadas circunstancias, unas tensiones muy elevadas, y entonces sobreviene la descarga eléctrica. Como todos sabemos, esa descarga eléctrica es el rayo. Sin embargo, hay también descargas insonoras cuya energía eléctrica es insuficiente para perforar con violencia las capas atmosfera lo cual interpretan como un signo fatídico, ya que poco después suele desatarse una furiosa tempestad. Según sabemos, este fuego de San Telmo santo legendario y patrón de los marineros es el resultado de descargas eléctricas que parten, por lo general, de las aristas y las puntas sobresalientes. Obedecen a grandes desniveles de potencial en la electricidad atmosférica durante las situaciones barométricas borrascosas y las tormentas de nieve o polvo.

Las investigaciones de esos fenómenos naturales en el laboratorio proporcionan datos muy interesantes. En plena oscuridad se creó  por medios artificiales el fuego de San Telmo sobre pequeños objetos seleccionados adecuadamente, y entonces se plasmó su luminosidad en placas fotográficas. Mediante el mantenimiento constante de un campo eléctrico entre un objeto y un electrodo de carga contraria se logró crear una luminosidad continua suficiente para la exposición de una película fotográfica. Con este procedimiento se obtuvo la imagen del objeto en donde radicaba la descarga eléctrica. El sistema denominado electro fotografía fue inventado por el checo B. Navratil en el año 1889. La reproducción muestra un halo característico alrededor del objeto. El electrotécnico habla de corona. Ese efecto se acentúa sobre todo en las aristas y los ángulos más destacados.

Naturalmente, ello hace pensar en el aura que perciben los videntes y sensitivos alrededor de los organismos vivientes. Ahora bien, un organismo viviente no puede quedar expuesto a campos eléctricos tales como los descritos, puesto que una corriente de diez miliamperios más o menos sería letal para el cuerpo humano. El ingeniero ruso Semjon Kirlian, de Krasnodar, y su esposa Valentina, fallecida en 1972, hallaron una ingeniosa solución: allá por los años cincuenta hicieron evolucionar la electro fotografía en un campo de alta frecuencia, es decir utilizaron campos con corriente polifásica de alta frecuencia que era mucho más soportable para los animales y ello les permitió estudiar la luminiscencia de los objetos vivos en un campo eléctrico. La falta de espacio nos impide enumerar los pormenores técnicos. Digamos tan sólo que cuando el objeto fotografiado es un buen conductor (metal), se obtiene únicamente una imagen de su superficie, y sin embargo, si conduce mal la electricidad, se captará con la fotografía toda su estructura interna aun cuando el objeto sea opaco. Con objetos inanimados la imagen de alta frecuencia se mantiene constante, mientras que con materia viva la imagen muestra variaciones. Con un microscopio podemos percibir los sutiles matices de las descargas que en parte tienen un estatismo tópico y en parte se mueven. Lo más interesante es que tales descargas parecen reflejar la actividad vital del objeto con los más variados colores (2).

En la Unión Soviética se estudia y perfecciona desde hace veinte años la fotografía de alta frecuencia; en Occidente, el interés mostrado por algunos es muy reciente, por ejemplo, el profesor americano Douglas Dean, de Nueva York, y el profesor Philips, físico en la Universidad Washington, de San Luis. Entretanto, varios investigadores brasileños, austríacos y alemanes han hecho fotografías de alta frecuencia (201, 221). En mayo de 1972, la eminente parainvestigadora americana, doctora Thelma Moss, proyectó, ante el congreso ESP de Hot Springs, una película documental dirigida por ella misma (147) sobre la parainvestigación en los Estados Unidos y donde se veían fotografías de alta frecuencia entre otras cosas. Tales fotos habían sido tomadas en el laboratorio de la científica, perteneciente al Instituto Neuropsiquiátrico (UCLA) de Los Ángeles. Aquella película en color mostraba la irradiación aural de un dedo. Ahora bien, cuando una persona sentía cólera e inquietud durante la impresión fotográfica, aparecía una muestra rojiza y borrosa. Con una persona que se embriagaba al servicio de la Ciencia, los dedos mostraban turbias erupciones de colores indefinibles. Pero cuando la persona testigo estaba en trance, se observaba la máxima desviación de la imagen radiante normal.

Por descontado aquella exhibición no aportó nada nuevo a los investigadores psi soviéticos. El doctor Victor Injuschin hoy un exponente relevante de la investigación biológica del campo de fuerzas en la URSS había realizado ya varios trabajos en los que se interpretaba con minuciosidad las fotografías de alta frecuencia del cuerpo humano, y desde muchos años atrás los investigadores soviéticos estaban capacitados para observar directa y continuamente esas manifestaciones bioluminiscentes con aparatos ópticos especiales similares al microscopio.

Esas imágenes de objetos vivos captadas con alta frecuencia recuerdan los testimonios de muchas personas sensitivas, según se los ha descrito en el anterior capítulo, por ejemplo el del curandero Gor don Tumer sobre el aura de los cuerpos vivos. Sin embargo, sería demasiado audaz llegar a una conclusión analógica, pues el aura se capta como una irradiación del ser viviente mientras que la luminosidad en el campo de alta frecuencia tiene lugar mediante un proceso de descarga eléctrica.

Se ha dicho que los centros de acupuntura son lugares de elevada conductibilidad eléctrica, es decir en estos puntos aparecen también con bastante diversidad las manifestaciones propias de un campo eléctrico, y se prestan a la impresión fotográfica mediante una coloración diversificada. En cualquier caso, las fotografías de alta frecuencia representan un procedimiento muy interesante para el análisis de las condiciones eléctricas sobre la piel humana. Pero primero será preciso averiguar si se puede hacer visible por su conducto una irradiación de la susodicha piel.

En Occidente, la fotografía de alta frecuencia tropieza a veces con un considerable escepticismo. Por otra parte, los especialistas occidentales no logran reproducir muchos de los descubrimientos hechos presuntamente por los soviéticos (221). En el mundo occidental se dan unas explicaciones sumamente simples para interpretar otros efectos y generalmente se pone en duda que los soviéticos hayan descubierto algo nuevo con la fotografía de alta frecuencia. Así, por ejemplo, los investigadores orientales psi interpretan el hecho de que una hoja vegetal verde emita mucha más luminiscencia que otra seca como un medio para probar la existencia del aura, la cual palidece en la hoja seca al disminuir la fuerza vital y, por consiguiente, queda demostrada la desaparición de esta fuerza. En Occidente se entiende esto como un simple efecto del marchitamiento: cuando disminuye el contenido de agua, varían las condiciones eléctricas sin que ello se relacione lo más mínimo con una misteriosa fuerza vital. E incluso muchos expertos sospechan, y no se recatan en exteriorizarlo, que la fotografía aural de los soviéticos es comparable a una aldea Potemkin.

Sin embargo, parece demasiado cómodo el presuponer que los parainvestigadores rusos hayan edificado ahí aldeas Potemkin para asombrar al resto del mundo aun cuando muchos fenómenos inherentes a la fotografía de alta frecuencia sean explicables mediante los conocimientos adquiridos hasta ahora. Pero hay también otros cuyo esclarecimiento no es tan sencillo. Así los soviéticos afirman que por ese camino se puede descubrir la enfermedad antes de que sea demostrable con los métodos usuales. Dos hojas vegetales del mismo tipo y verdor darán imágenes distintas si una está sana y la otra a punto de contraer una enfermedad, aunque ésta no sea todavía demostrable. Asimismo varía el esquema de la mano humana cuando la persona investigada esté enferma o muestre inmediata propensión a la enfermedad. Tal vez las consecuencias derivadas de esa situación sean muy interesantes para la Medicina por cuanto se refieren a nuevos métodos de diagnóstico. Evidentemente toda enfermedad tiene una fase preclínica en donde la dolencia no es comprobable con los procedimientos médicos conocidos hasta ahora aunque se encuentre ya en estado latente y sea reconocible mediante la foto de alta frecuencia o el aura.

Si se perfeccionara la fotografía de alta frecuencia tal vez fuera posible algún día diagnosticar enfermedades peligrosas de lento desarrollo cuando se hallaran en una fase donde resultasen todavía curables. Quizá se ofrezcan aquí perspectivas inéditas y aplicaciones beneficiosas para la profilaxis del cáncer. Sea como fuere, la fotografía de alta frecuencia abre nuevos caminos al estudio de las estructuras bioeléctricas. Hace varios años, el biofísico ruso Victor Adamenko indicó ya que una descarga eléctrica en el campo de alta frecuencia de objetos vivos plantea una cuestión compleja y polifacética, una manifestación cuyo origen no siempre es explicable únicamente mediante la emisión de electrones ni excluye la posible presencia de una radiación todavía desconocida.

Quizá los investigadores soviéticos hayan ideado en el marco de su prolongada indagatoria respecto a la fotografía de alta frecuencia y la bioelectroluminiscencia algún procedimiento para captar una irradiación en el sentido del aura que sea visible entre los perceptivos, o bien una de tal como la concibiera el barón de Reichenbach. Hay una particularidad especialmente convincente: sus conceptos sobre los campos de fuerzas del cuerpo humano no sólo obedecen a la fotografía de alta frecuencia, sino que también se fundan en los trabajos con diversos detectores y la aplicación de distintos métodos.

Causó gran sensación cierto informe sobre un efecto fantasmal muy peculiar que presuntamente habían observado los investigadores soviéticos. Al fotografiar con alta frecuencia una hoja de la cual se había cortado un buen trozo, obtuvieron una imagen completa si bien la parte amputada aparecía en un tono más pálido (169, 197). Ahí se perfilaba un descubrimiento de enorme trascendencia, puesto que confirmaría el aserto reiterado desde mucho tiempo atrás por numerosos médiums: al amputarse un miembro astral se deja ver un miembro fantasmal que es imperceptible para las personas normales. Otro acontecimiento corroboró tales comprobaciones: cuando se fotografiaban amputaciones de brazos o piernas en presencia de un médium, aparecía también muchas veces ese miembro fantasmal al revelarse la placa fotográfica. Evidentemente, la emulsión fotográfica es mucho más sensitiva que la vista humana.

Como hemos dicho, las citadas verificaciones tienen una trascendencia insólita e inestimable. Cuando se extirpa una porción de cualquier sustancia física sea parte de una hoja vegetal, sea un brazo o una pierna de un cuerpo humano con vida y ese trozo seccionado aparece íntegramente junto al cuerpo restante en la imagen de alta frecuencia, cabe suponer que en el esquema energético, base de la reproducción, no se trata ya de un campo electromagnético originado secundariamente por las funciones fisiológicas. Pues un campo semejante debería desaparecer si se eliminara su fundamento, el substrato fisiológico.

Cuando se amputa una pierna y subsiste el esquema energético existente anteriormente en el miembro físico, entonces es muy probable que todo el organismo contenga un cuerpo energético creador de un campo magnético superior a la forma corpórea; este campo determina y orienta la constitución y el ordenamiento de los sillares las células y supera a la materia por su significación causal.

Hasta ahora los investigadores occidentales no parecen hallarse en condiciones de reproducir ese efecto fantasmal (146, 221). ¿Es procedente, pues, hablar de aldeas Potemkin? ¡En modo alguno! Pues jamás se debe olvidar que los rusos vienen dedicándose con gran afán a la fotografía de alta frecuencia desde hace veinte años largos mientras que nosotros lo hemos iniciado muy poco tiempo atrás. Cuando uno no obtiene resultados al intentar reproducir los trabajos experimentales de otro, no es permisible excluir la posibilidad de que sencillamente le falte todavía el knowhow. Para imitar nuevos y complicados experimentos, no suele bastar con seguir fielmente las directrices del trabajo. Un estudiante de Química puede aprender a fondo textos de química analítica en tres o cinco meses, pero requerirá entre tres y cinco años para resolver con autonomía y fiabilidad espinosos problemas empíricos. Y tal vez sea absolutamente imposible asimilar en un bienio todo cuanto han desentrañado los investigadores rusos durante más de veinte años.

A todo esto los soviéticos han progresado tanto que no sólo pueden fotografiar foto instantánea los campos de fuerzas o halo alrededor del ser humano, sino también filmar los campos o radiaciones en su curso temporal y aprovechar tales filmaciones para la diagnosis médica (234). Considerando este aspecto de la cuestión, parece verdaderamente posible, cuando no probable, que el aura percibida por los videntes adquiera algún día realidad científica.

Hacia fines del pasado siglo, el eminente parainvestigador y físico químico británico Sir William Crookes estudió la posible existencia de un cuarto estado de la materia, y por cierto lo que le hizo llegar entre otras cosas a esta hipótesis fue su investigación de los fenómenos mediúmnicos. Realmente existe ese cuarto estado de agregación en la materia. Se le denomina plasma. Pero no se debe confundir este concepto físico del plasma con lo que llaman biólogos y médicos plasma celular o plasma sanguíneo. Pero, ¿qué es el plasma físico?

Según sabemos, las diversas materias de nuestro mundo aparecen en estado sólido, líquido y gaseoso. Así pues, el compacto hielo pasa a ser un líquido, el agua, con el calentamiento; y el agua pasa al estado gaseoso con la vaporización. A este último estado se agrega ahora el cuarto estado de agregación, el plasma físico, que permaneció incógnito hasta la llegada de nuestro siglo cuando se adquirieron conocimientos más profundos sobre la estructura atómica. En ese estado comienzan a disolverse, a disociarse los fundamentos de nuestro mundo material, los átomos que han figurado durante largo tiempo como las piedras de sillería más pequeñas en nuestro planeta y también como cuerpos indivisibles al perder en medida creciente sus electrones con lo cual subsisten unas partículas cargadas de electricidad (66).

La transición desde el estado gaseoso al plasma sobreviene con altas temperaturas. Se suele hablar, pues, de plasma caliente. El plasma del elemento químico más ligero, el hidrógeno, se funde en la bomba de hidrógeno para formar el helio. Cuando se alcanza el estado plasmático con bajas temperaturas, se habla de plasma frío. Apenas descubierto el cuarto estado a nadie se le ocurrió que esa nueva constitución de la materia pudiese estar también presente de alguna forma en el cuerpo humano; se le clasificó, por tanto, entre las materias inorgánicas. Sin embargo, en 1944 el biólogo ruso doctor V. S. Gritschenko expuso una hipótesis insólita: el cuarto estado de la materia aparece también en los sistemas biológicos, incluido el cuerpo humano. Hace ya varios años que los científicos rusos más eminentes formaron el concepto de un plasma caliente en los organismos vivos que muy bien pudiera ser el fundamento de la vida (197). Los investigadores lo denominan plasma biológico o bioplasma.

El concepto sobre la existencia de un cuarto estado en los organismos vivos posiblemente junto con otras partículas elementales libres es una innovación algo revolucionaria de la cual apenas se ve una palabra o siquiera una conjetura en los textos médicos de todo el mundo occidental. Nuestras ideas sobre el cuerpo humano radican más bien en los conceptos de la física del pasado siglo y los criterios químicos.

En el siglo pasado la física ha emprendido caminos inéditos y explorados nuevas dimensiones, ocupando áreas en donde debe renunciar a toda prueba contundente porque no existe nada análogo en el mundo experimental y conceptual de los humanos. El físico, como muy bien sabe, deberá confiar más en sus fórmulas que en la percepción de su llamado sentido común, cuando pretenda describir, por ejemplo, los procesos del núcleo atómico. La Medicina y la Biología dieron ese salto audaz, mientras que los físicos, en el primer tercio de nuestro siglo, no quisieron secundarlas y prefirieron asentar todavía su mentalidad en los cimientos de las ciencias naturales clásicas. El moderno modelo atómico de la física no guarda ya ninguna similitud con aquel modelo de Rutherford y Bohr. El físico contemporáneo ha cesado de imaginarse cómo es el átomo. Se contenta con describirlo mediante fórmulas sin demostraciones gráficas. Por el contrario, los conceptos sobre la esencia del cuerpo humano el cual se erige en definitiva con esos átomos gráficamente indefinibles no han experimentado ninguna transformación fundamental similar. El modelo cuerpo humano está formado, como siempre, con criterios clásicos, pues el pretender crear un modelo no gráfico equivaldría a un atentado contra las experiencias del sano entendimiento humano y, por consiguiente, no entraría siquiera en los cálculos.

Ello obedece a dos causas: por una parte, las ciencias biológicas son muchos más jóvenes que la Física, y por otra, el objeto de investigación para médicos y biólogos, o sea, el organismo humano, es mucho más complejo que el objeto de investigación para el físico, y por consiguiente, las ciencias consagradas a la materia viva no han podido evolucionar con el mismo ritmo de las ciencias inorgánicas.

Tanto más sensacional nos parecerá la cuestión desde ese aspecto si se piensa que los científicos soviéticos se han armado de valor para dar un gran paso: investigar un modelo del cuerpo humano cuya base no sea ya el plano molecular, sino que pase al cuarto estado y desde ahí se adentre, probablemente con perspectivas más lejanas, en la física de las partículas elementales. Si se confirmaran las teorías de esos investigadores rusos ocupados con el bioplasma, sus descubrimientos podrían significar un gran hito en la historia de las ciencias biológicas, y la imagen del hombre, tal como la representaron los científicos durante los últimos doscientos años, sufriría cambios notables en sus rasgos fundamentales.

La central rusa donde se investiga el bioplasma se halla en Alma Ata, capital del Kazakstán, entre las estribaciones septentrionales del Himalaya y sólo a 50 km de la frontera china. En una de las numerosas escuelas superiores que componen aquella ciudad universitaria recién construida, trabaja el biólogo doctor Victor Injuschin con su equipo de investigadores. Hasta fines de los años cincuenta se hicieron pocos intentos para relacionar la existencia de un plasma físico con la materia viva, y, sin embargo, los resultados de muchos experimentos realizados con materia viva parecieron hacer pensar a varios investigadores que las partículas elementales es decir corpúsculos menores que el átomo podrían estar presentes en los organismos vivos e incluso formar una compleja y consistente malla o sistema dentro de ellos. A decir verdad, numerosos investigadores hablan hoy día de un cuerpo bioplasmático, con lo cual adquiere visos de probabilidad el antiguo concepto indio sobre la presencia de un cuerpo sutil en el hombre. Injuschin y sus colaboradores opinan que es posible un estado estable y duradero del bioplasma en las condiciones de un organismo vivo y que el cuerpo irradia incesantemente bioplasma. Los investigadores creen tener suficientes pruebas para demostrar que las partículas más pequeñas del bioplasma ejercen influencia sobre los campos eléctricos y, como resultado, son perceptibles en las imágenes captadas por la fotografía de alta frecuencia. Actualmente, Injuschin intenta demostrar la irradiación bioplasmática sin utilizar campos eléctricos. De tener éxito se debería averiguar de modo concluyente si las imágenes tienen como único origen el campo eléctrico creado o son, por lo menos, el resultado parcial de una irradiación bioplasmática, y si las imágenes Kirlian muestran un aura o sólo una corona eléctrica.

El hecho de que otro científico soviético haya abordado el principio bioplasmático independientemente del grupo investigador de Alma Ata y por caminos muy distintos, dice mucho en favor de la teoría sobre el bioplasma: nos referimos al conocido biofísico, matemático y neurofisiólogo de Leningrado, doctor Genadij Sergeyev. Partiendo de supuestos muy diferentes, inventó un detector completamente distinto y opinó que las manifestaciones observadas por él se explicarían mucho mejor si se aceptase la existencia de un plasma frío en el cerebro.

Cuando varios grupos investigadores independientes entre sí emprenden muy diversos caminos para llegar al mismo punto, puede decirse que esa circunstancia garantiza siempre la autenticidad de una teoría en el campo científico. Éste es el caso de la teoría bioplasmática.

Asimismo, Sergeyev estimó que el cuerpo irradia bioplasma. Cuando se estimulan sincrónicamente con un procedimiento geométrico específico las neuronas cerebrales se produce el llamado efecto bio láser, según Sergeyev, es decir el bioplasma parece surgir del cerebro en forma de haz cual un rayo láser. La irradiación bioplasmática puede alcanzar cargas electrostáticas fluctuantes en tal medida que resulta posible mover mediante ella pequeñas objetos.

Desde lejanas fechas se tienen noticias sobre el inexplicable movimiento comunicado desde cierta distancia (psicocinesia) a las cosas, lo que en un principio se desechó como superstición y charlatanería o bien se lo catalogó sin ninguna investigación seria como el resultado de cargas electrostáticas. Karl von Reichenbach había señalado ya ese efecto, pues existían ciertas personas que podían hacer girar a dis tanda un cilindro de papel en el sentido de su eje longitudinal y con un leve movimiento de giro; por cierto, tales sujetos extendían sólo la mano a unos 15 cm del cilindro o, simplemente, fijaban la vista en él (97). Los pioneros en esa zona especial de la investigación psi suponen invariablemente que la causa de los procesos psicocinéticos debe ser una energía generada por el cuerpo humano, si bien aquí se dan dos alternativas: o bien la produce el propio cuerpo o el organismo humano sirve de transformador a una energía externa que podríamos denominar, en términos generales, energía cósmica. Los conceptos de Mesmer sobre el magnetismo animal ocupan el mismo plano, aunque él no investigara nunca los efectos del movimiento físico.

Actualmente se procede a una investigación científica de tales fenómenos en Checoslovaquia. Y se ha verificado inequívocamente que ninguno es explicable por medio de corrientes aéreas, cargas electrostáticas, irradiación calorífica corporal o cualquier otro efecto conocido entre nosotros (194). Los checos creen que todo ser humano posee ciertas facultades psicocinéticas, aunque éstas sean, por lo general, muy débiles y se entremezclen con otros efectos más potentes conocidos en nuestro medio por cuya razón han pasado inadvertidas hasta ahora. Por ejemplo, hay personas facultadas para llevar a cabo la siguiente experiencia: si se utiliza una taza o vasija llena de agua y se coloca cuidadosamente una aguja de coser sobre la superficie líquida hasta hacerla flotar como consecuencia de la presión hidrostática, estas personas pueden impulsar la aguja hacia el borde del recipiente haciéndola recorrer 20 ó 30 cm, para lo cual les basta con fijar la vista en el objeto o aproximar las manos.

A este respecto, algunos individuos excepcionalmente dotados como el matemático y físico checo, doctor Julius Krmessky pueden imprimir un movimiento giratorio a la aguja clavando la vista en ella (115, 116). Aunque el doctor Krmessky se coloque a unos 8 m del objeto, alcanza casi siempre su objetivo. Otras cosas como, digamos, monedas ligeras, se comportan igualmente bajo su acción, pero ésta surte efectos más intensos con las formas alargadas, efectos que él refuerza mediante guiños o una profunda concentración mental. Krmessky ha puesto a prueba otros muchos métodos para demostrar ese efecto.

Quien desee practicar el experimento con la aguja flotante no debe dejarse engañar por los efectos puramente electrostáticos; pues si la aguja y el borde del recipiente tienen cargas electrostáticas contrarias y la aguja se aproxima inmediatamente con relativa celeridad al borde de una taza pequeña, puede intervenir una atracción de carácter eléctrico ajena por completo a la psicocinesia.

Según Krmessky, hombre de gran experiencia, tales experimentos requieren mucha paciencia y no resultan nada fáciles cuando se presentan demasiados espectadores. Las miradas curiosas y escrutadoras de otras personas pueden perturbar u obstaculizar el efecto. Por otra parte, parece haber algunos individuos que con su mera presencia ponen en movimiento la aguja flotante. Esto nos hace recordar todo cuanto se ha dicho sobre las reacciones de los vegetales ante el comportamiento de su medio ambiente y sobre la acción de manos curadoras. Cierto curandero filipino afirma que él ha tenido facultades para curar con los ojos clavando la vista en las partes enfermas del cuerpo, siempre y cuando éstas se hallaran en lugares próximos a la superficie. Ahora bien, aunque el poner en movimiento una aguja flotante mediante la mirada o una irradiación de las manos reviste sin duda mucho interés, es un efecto energético sumamente débil, y asimismo el pretender explicar por ese conducto la acción terapéutica de manos curadoras podría parecer a primera vista algo fantástico e increíble para muchas gentes.

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