Estigmas Demoniacos

La estigmatización demoníaca en la Edad Media


A menudo la estigmatización se confunde con ciertas terapias naturales como las constelaciones familiares y nosotros no te diremos que es una constelación familiar.

Si la estigmatización es un fenómeno relativamente banal en hagiografía cristiana, no es, sin embargo, monopolio de los santos y de los creyentes que pertenecen a la Iglesia de Cristo. Como hemos señalado ya, algunos místicos mahometanos pero, a decir verdad, el hecho es bastante raro presentaron alguna vez estigmas que recordaban las heridas de guerra de Mahoma. Por otra parte, en el terreno de la magia diabólica, que de algún modo es una imitación fraudulenta de la religión, la estigmatización, si damos a este término una acepción bastante amplia, fue, al parecer, muy frecuente en otro tiempo.

Los estigmas demoníacos de los brujos de la Edad Media o del Renacimiento eran diversos. Podían consistir en marcas con la forma de una media luna, de una garra, de un par de cuernos, de una pata de gato, de liebre, de perro, de sapo. Una opinión bastante corriente era que solían hallarse en el iris, y a propósito de esto es interesante anotar que el doctor Maxwell ve, en el iris atigrado, un signo de mediumnidad. Se los veía también en mitad de la frente. Algunas veces estaban disimulados bajo la lengua, bajo los párpados, en la nariz, bajo los cabellos o en las regiones secretas del cuerpo. Una mujer quemada viva en Besançonse lee en el informe de un proceso por brujería llevaba un estigma diabólico sobre su naturaleza, algo más abajo del ombligo y elevado sobre la piel del mismo modo que el cuarto trasero de un pollo o de un palomo. En el caso de otros brujos, las marcas satánicas estaban todavía mejor escondidas: El Diablo, afirma un libro de demonología, las imprimió en partes tan sucias que causa horror ir a buscarlas allí, como en el “fundamento” del hombre o en la “naturaleza de la mujer. En fin, a veces, no se las descubría a pesar de meticulosas búsquedas, pero los magistrados encargados de instruir los procesos de brujería, decían, llegado el caso, que Satanás, cuando quiere hacer escapar a un brujo del rigor de la justicia, tiene el poder de borrar sus propias marcas en el momento del examen pericial, o, también, que las entierra en tales partes y lugares del cuerpo que sería necesario hacer pedazos este mismo cuerpo para encontrarlas.

En el espíritu de los jueces y de los inquisidores, las marcas diabólicas se notaban frías e insensibles a la palpación; así, para descubrirlas, cuando no eran aparentes, se afeitaba al acusado y se le hundían largas agujas en las regiones sospechosas. Si no gritaba a cada pinchazo, era una prueba definitiva de su culpabilidad. Los alaridos del paciente no detenían la operación, puesto que lo que precisamente se buscaba eran las partes insensibles. El siguiente extracto, sacado del Interrogatoire d’Antoinette Brenithon (Recueil général des Edits, Arrêts et Règlements notables, 1630), nos permite captar, a lo vivo, el método empleado, y al mismo tiempo la facilidad con que se afirmaba que una marca era diabólica: Después de este interrogatorio, y habiendo procedido al afeitado del pelo, el barbero  habría reconocido y declarado haber reconocido una marca en la cabeza, sobre el hueso occipital, tan ancha como la palma de la mano; en la que, habiendo hundido, siguiendo la prescripción, tres agujas en tres distintos lugares, lugares de tal rigidez que las agujas se curvaron y se quedaron allí después del afeitado, sin que ella las sintiera ni percibiera. Y, habiendo sido interpelada si había sufrido algún mal en la cabeza, respondió haber tenido allí algunas llagas. Y sobre esto, el barbero interpelado dijo que, por lo que él podía juzgar, después de haberle sido tomado juramento, juraría y afirmaría que dicha marca era extraordinaria y sobrenatural y que estimaba era secuela de alguna llaga.

Es curioso que buen número de brujos y de brujas sufran semejantes pruebas sin decir palabra. Muchas brujas relata Del Río soportan los tormentos con gran obstinación, provistas, como se dice, del remedio o “hechizo de taciturnidad”, el cual se dice está compuesto del corazón u otros órganos o miembros de un niño no bautizado, magullado cruel y violentamente y luego reducido a polvo, del que, esparcido sobre el cuerpo, reciben la fuerza y la virtud de su silencio.

En realidad, es verosímil que esta pretendida insensibilidad fuera el resultado de una autosugestión inconsciente, como lo fueron, más tarde, determinados síntomas provocados por Charcot en sus pacientes. Por lo demás, los brujos y brujas, que eran más o menos histéricos o neuróticos, presentaban probablemente zonas cutáneas real o aparentemente desprovistas de sensibilidad. He aquí lo que dice, a propósito de los histéricos, el doctor Paul Regnard, profesor de Fisiología: La inmensa mayoría de los histéricos tienen toda una parte del cuerpo insensible. Más^ a menudo la izquierda que la derecha. Se les puede cortar, pincharles, quemarles, no sienten nada. Mejor dicho, estos puntos absolutamente insensibles están tan mal regados que, cuando se los hiere, no sale una gota de sangre. Los enfermos están a veces muy orgullosos de esta inmunidad; se divierten pasándose largas agujas por los brazos y por las piernas.

En determinados casos, las marcas diabólicas simulaban perfectamente los estigmas de los santos católicos. Así aparece en la lamentable historia del proceso de Loudun (1635), en el que pereció Urbain Grandier. Uno de los cuatro demonios que poseían a la priora del convento de Santa Ürsula cuenta Goerres había sido forzado, el 5 de noviembre de 1635, por el padre Surin, a prosternarse ante el Santo Sacramento y a adorarle. Pero arrojó la priora a los pies del exorcista, y, mientras cantaban el Magníficat en la iglesia, hizo que se retorciera de modo terrible.

De pronto extendió los brazos, que se volvieron rígidos, así como las manos; tirada sobre las gradas del altar, la cabeza apoyada en los pies del exorcista, se volvió de perfil, frente a la ventana, y todos los asistentes pudieron ver entonces sobre su frente una huella en la primera y la segunda piel, de la que salía una sangre roja y fresca.

Los estigmas diabólicos eran también arañazos, zarpazos o mordiscos. Si hemos de creer las miraciones de brujería, semejantes producciones eran corrientes entre los brujos de la Edad Media. En nuestra época constituyen probablemente las únicas formas en que subsisten las marcas satánicas. A este respecto, entre los casos más significativos, señalemos el de Eleonora Zü gun, que fue estudiado por la condesa Wassilko Serecki, el doctor Kroener, el profesor Tillyard, M. A. Doblin, y, en fin, por el metap síquicoprestidigitador Harry Price, asistido por el doctor Fielding Ould.

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