Estigmas religiosos

La estígmatización, que por sus caracteres fundamentales puede relacionarse con los fenómenos psicosomáticos, es un hecho específicamente religioso: pertenece esencialmente a la hagiografía.

Por regla general, los estigmas pueden ser simples eritemas , lesiones abiertas de la piel con exudación de sangre o de líquido seroso, y también, excrecencias del tejido conjuntivo. Entre los estigmas de los cristianos figuran, sobre todo, las llagas de Nuestro Señor Jesucristo. Los de algunos santos mahometanos recuerdan las heridas de guerra del Profeta. En cuanto a los brujos medievales, fueron, a menudo marcados por signos diabólicos o considerados tales: excrecencias, manchas, rasguños, zarpazos, mordeduras. En fin, determinadas formaciones estigmáticas, que llamamos psicológicas o metapsíquicas, pueden obtenerse experimentalmente

Los primeros estigmatizados.

El primer santo cristiano estigmatizado parece haber sido el apóstol Pablo. En su Epístola a los Gálatas escribe, en efecto: Por lo demás, llevo impresos en mi cuerpo los estigmas del Señor Jesús (Ego enim stigmata Domitii Jesti in corpore meo porto). Pero, como hace notar C. de Vesme, sus palabras sólo fueron tomadas en sentido figurado en el curso de los doce primeros siglos de la Iglesia.

En cambio, san Francisco de Asís, el dulce apóstol de la fraternidad entre todos los seres, el amigo de los animales, sus hermanitos, fue el primero en quien seguramente fueron comprobados los estigmas de Cristo. Eran excrecencias carnosas, negruzcas, que aparecían en mitad de las manos y sobre los pies, y cuya forma recordaba la de los clavos. Además, el santo tenía una llaga roja en el costado derecho, como si hubiese sido atravesado por una lanza. De esta llaga fluían hilillos de sangre.

En 1224, dos años antes de su muerte, el santo, que entonces contaba cuarenta y dos años, recibió los estigmas.

Intentando saber por qué medios, qué diligencias, qué deseos, podría ligarse perfectamente al Señor según el divino placer, se retiró al Casentino, cerca del Averno.

El día de la Exaltación de la Santa Cruz, el 14 de setiembre de 1224, cuando Francisco estaba de rodillas, el rostro vuelto hacia Oriente, por donde el alba empezaba a nacer, con los brazos abiertos, pidiendo al Hijo de Dios que le hiciera experimentar en su cuerpo aquel desmesurado amor del que él mismo estaba abrasado, la llama de su devoción se lee en las Fioretti creció tanto en él que, por exceso de su amor y de su compasión, se sintió del todo cambiado en Jesús.

Es cumplió el milagro: En sus manos y en sus pies escribe Celano, compañero y discípulo de Francisco empezaron a aparecer las señales de los clavos, iguales a las que acababa de ver en el hombre crucificado que estaba encima de él y, en el costado del santo, como si le hubiesen herido de una lanzada, se había formado una llaga que sangraba de continuo, hasta el punto de que su túnica y sus sandalias estaban impregnadas de aquella sangre sagrada.

Las cabezas de los clavos anota san Buenaventura, redondas y negras, estaban dentro de las manos y sobre los pies; las puntas, que eran un tanto largas y que asomaban por el otro lado, se encorvaban y rebasaban el resto de la carne de la que salían. Se podía pasar un dedo entre la cabeza de aquellos clavos de carne y la palma de la mano; cuando se apretaba una de sus extremidades, se veía cómo la otra se levantaba.

Señalemos, de paso, que no es preciso tomar al pie de la letra la última parte de la descripción de san Buenaventura, y que sería legítimo pedir pruebas suplementarias antes de admitir que cuando se apretaba una de las extremidades de los clavos de carne, se veía cómo la otra se levantaba. Recordemos aquí el adagio latino Testis unus, testis mdlus, es decir, Testigo único, testigo nulo.

El santo sufría mucho con tales excrecencias y con la pérdida de sangre que manaba de la llaga torácica, y así, desde el 30 de setiembre de 1224, día en que dijo adiós al Averno, hasta el 30 de octubre de 1226, fecha de su muerte, la vida de Francisco no es más que una larga agonía. Le era muy difícil apoyar los pies en el suelo, y en sus desplazamientos por los caminos de la Umbría, se veía obligado a montar un caballo o un asno. Pero de sus sufrimientos sacó himnos de alegría.

Al morir su Padre escribe san Buenaventura, más de cincuenta hermanos, la virgen Clara y sus hermanas, pudieron ver los estigmas sagrados.

Escapa a nuestro propósito pasar revista a todos los estigmatizados el doctor ImbertGourbeyre, en su obra La Stigmatisa tion, suma más de trescientos veintiuno porque, aparte que semejante examen sería imposible dentro del marco de nuestro libro, los fenómenos, con unas variantes más o menos, no hacen más que repetirse, y a menudo calcan de algún modo la estigma tización de san Francisco, que parece servir de modelo a todos los estigmatizados que vinieron tras él. Entre éstos, examinemos sólo los más típicos, insistiendo sobre los estigmatizados modernos, que fueron particularmente bien estudiados.

La primera estigmatizada famosa, después de san Francisco, fue, sin duda, la bienaventurada Lucía de Nami, nacida en Umbría en 1476, la cual, el 4 de febrero de 1496, cuando estaba en el coro de su convento suplicando a Nuestro Señor que la hiciera compartir los dolores de la Pasión, cayó en éxtasis y presentó estigmas.

La Santa Inquisición la hizo examinar por el padre Domenico de Gargnano, gran inquisidor, asistido por los obispos de Nami y de Castro, por magistrados y por el médico Alessandro Gentiali. La comisión se rindió ante la realidad de los hechos.

Los médicos lavaron las llagas, las cubrieron con guantes sellados, y las reencontraron intactas, sin ningún signo de corrupción.

La segunda estigmatizada célebre fue santa Verónica Giuliani. Sus estigmas fueron netos, incontestables, y, además, presentaban un interés particular, porque no fueron observados tan sólo, sino que fueron sometidos a una especie de experimentación.

Verónica Giuliani nació en 1660, y entró, a la edad de diecisiete años, en el monasterio de las Capuchinas de CittádiCastello, población situada en los límites de la Umbría y de la Toscana. A la edad de treinta y tres años, atendiendo a sus megos escribe C. de Vesme, recibió la corona de espinas, que formaba alrededor de su frente un círculo rojo abollado, con manchas violetas que tenían la forma de espinas. Este primer estigma le causaba vivos dolores.

El obispo de la diócesis, monseñor Eustachi, informado del hecho, puso a la paciente en manos de los médicos, que emplearon toda dase de pomadas, vejigatorios y emplastos, sin conseguir curarla. Acabaron por declarar que él estado de Verónica era sobrenatural.

Menos de dos años después, el día de Navidad de 1696, sor Verónica recibió el estigma en el lugar del corazón. En una narración dirigida a su confesor, explicó que había tenido la visión del Niño Jesús sosteniendo en la mano un bastón de oro en cuyo extremo parecía arder una llama mientras que en el otro extremo había una punta de lanza Sentí dice que el Niño me traspasaba el corazón de parte a parte. Vuelta en sí, la religiosa sintió que tenía en el lugar del corazón una llaga abierta; habiéndole acercado un pañuelo, lo retiró manchado de sangre y sintió vivo dolor. 1

El Viernes Santo, 5 de abril de 1697, Verónica quedó señalada con otros cuatro estigmas. Aparecieron traspasados las manos y los pies.

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