Estigmatización simulada

A nuestro entender, un problema mucho más importante que el que acabamos de señalar, estriba en saber si la estigmatización es siempre un fenómeno real.

El estigmatizado, o presunto estigmatizado a causa de determinadas obligaciones fisiológicas imperiosas de la vida cotidiana, escapa necesariamente, en un momento dado, al control estricto. Entonces le es permitido inferirse, voluntariamente o incluso más o menos inconscientemente con la ayuda de un instrumento cortante o contundente, de líquidos corrosivos o de una varilla metálica calentada al fuego heridas, llagas, quemaduras que simulen los estigmas. Tal fue probablemente el caso de María de Morí, cuyos estigmas eran de lo más sospechoso. Además, María devolvía por las vías naturales, y también a través de la piel, clavos, agujas, trozos de vidrio que, ciertamente, habían sido absorbidos de antemano o subrepticiamente hundidos bajo la epidermis. Numerosas observaciones de la clínica contemporánea demuestran que semejantes objetos son ingeridos por los histéricos. La misma Lucía de Nami fue acusada de superchería. Algunas monjas afirmaron haber visto, a través del ojo de la cerradura, cómo se producía llagas en el cuerpo, con la ayuda de un cuchillo, y se echaba agua fuerte, a fin de inferirse estigmas. Pero esta acusación, dictada sin duda por los celos, fue verosímilmente pura invención y calumnia. Por otra parte, conviene añadir que los estigmas artificiales no tienen más que una relación lejana con los complejos estigmas de un san Francisco de Asís, de una Catalina Emmerich, de una Louise Lateau o de una Teresa Neumann.

Sin embargo, por otra parte se sabe que los trastornos tróficos, las ulceraciones, las escaras, los eritemas de los histéricos, son, con frecuencia, provocados por éstos. Ahora bien, entre los casos de este género y los estigmas simples o mal acabados, como lo son ciertos estigmas religiosos y la mayor parte de los obtenidos por sugestión, a veces sólo existen desde el punto de vista del aspecto que ofrecen diferencias insignificantes. Igualmente, el tabique que separa al estigmatizado del histérico es, con frecuencia, muy delgado.

Brouardel ha indicado que algunas equimosis pueden ser producidas bien por pequeños golpes repetidos, bien por succión. Las equimosis producidas por succión bucal son elípticas. Si se emplean ventosas, son redondas.

Las equimosis antiguas pueden ser simuladas por frotación con un trozo de plomo, friccionándose con una ortiga, o, también, empleando nitrato de plata.

Dieulafoy ha mencionado la historia de un hombre de treinta años que, durante dos, había presentado múltiples placas de gangrena en ambos brazos. Incluso hubo de amputársele el brazo izquierdo. Ahora bien, las placas gangrenosas se las provocaba el propio sujeto por medio de aplicaciones de potasa cáustica. Un impulso irresistible confesó él mismo lo empujaba a hacerse aquellas llagas.

Una histérica de Rossellini presentaba una dermatosis rebelde en las manos y en los antebrazos. Se la producía con una tijera que la enferma se escondía en la cabellera.

White alude, en el Boston medical and surgical Journal, al caso de un cochero, al que, por ulceraciones incurables, se le amputaron, sucesivamente, dos dedos. Se trataba de un histérico que empleaba un cáustico.

Thibierge, publicó, en la Société médicale des Hôpitaux, el caso de una histérica que, como consecuencia de una viva contrariedad, se había provocado una gangrena por medio de cauterizaciones con nitrato de plata. La simulación pudo probarse empleando una solución de cloruro de sodio que dio el precipitado blanco característico del cloruro de plata.

Finalmente, citemos según Lentin el caso de una mujer que reclamaba con insistencia le amputaran el seno izquierdo, en razón de los dolores que sentía en aquella glándula. Se llevó a cabo la operación, pero el seno apareció normal. Aliviada de momento, la enferma pidió luego que le amputaran el seno derecho. Estaba decidida la operación, cuando la mujer, que sintió vivos dolores en una mano, solicitó igualmente su amputación. Se trataba de una histérica, que entonces fue tratada como tal.

Incluso en el campo de la estigmatización experimental, es bastante difícil asegurarse de la realidad de los hechos.

En su obra, L’Automatisme psychologique, el profesor Pierre Janet relata experimentos de estigmatización que él juzga coronados por el éxito, con los sujetos Léonie y Rose; pero en las Médications Psychologiques declara no estar ya seguro de su validez. Por eso intentó reproducirlos en excelentes condiciones de observación con un nuevo sujeto, Madeleine, la heroína de su último libro: De l’Angoisse à l’Extase. Madeleine, después de haber meditado acerca de la crucifixión, presentaba a veces estigmas que consistían en excoriaciones en las palmas de las manos, en los pies y en el seno izquierdo. Aparecía una rojez; después se formaba una ampolla, que reventaba y secretaba un poco de serosidad y de sangre. Desgraciadamente, el fenómeno se producía, en general, de modo insospechado y sin gran regularidad. A fin de controlarlo, el profesor Janet imaginó unos aparatos destinados a aislar las regiones en que se formaban los estigmas. Uno de estos aparatos llevaba un cristal de reloj que permitía observar la aparición y el desarrollo del fenómeno.

Pero la experiencia demostró que era prácticamente imposible evitar cualquier desplazamiento del vendaje. Por otra parte, los estigmas aparecían preferentemente en los lugares en que no se había ejercido vigilancia alguna. Además Madeleine fue sorprendida en flagrante delito de fraude: se estaba rascando una llaguita incipiente, a fin de embellecerla.

Anotemos, por otra parte, que Madeleine tenía frecuentemente erupciones cutáneas, erosiones análogas a los estigmas pero a las que no daba importancia cuando no estaban en los sitios tradicionales: las manos, los pies, la región del corazón. En fin, Madeleine caía a menudo en crisis de éxtasis que la mantenían durante largas horas absolutamente inmóvil, con los pies cruzados y los puños

prietos. Se comprende entonces que la fuerte presión de los miembros pudiera provocar excoriaciones naturales precisamente en los lugares adecuados. Y ello tanto más fácilmente cuanto que, por lo general, el estado de éxtasis aparecía en la víspera de las reglas, período en que los trastornos circulatorios se acentuaban.

Una sola vez, sin embargo escribe el profesor P. Janet, obtuve un resultado bastante curioso: Madeleine me previno que sentía en la planta del pie derecho fuertes dolores característicos. Examiné y anoté por escrito el estado de la epidermis en aquel momento: no había ninguna verdadera lesión, pero se apreciaba determinada depresión y una notable rojez en el lugar del estigma; nada más. Apliqué con precaución el aparato oclusivo; al día siguiente, una excoriación de la epidermis, de un centímetro de largo por medio de ancho, dejaba fluir la serosidad, y era visible un poco de sangre a través del cristal de reloj. En aquel caso, admitiendo lo que me parecía muy probable que Madeleine no hubiese introducido nada bajo el aparato, la lesión se desarrolló claramente, por completo al abrigo de todo contacto. Pero me considero obligado a reconocerlo: había empezado ya netamente y se manifestaba por medio del dolor, de la depresión de la epidermis y algo de rojez antes de la aplicación del aparato, por lo que este interesante experimento no prueba la ausencia completa de traumatismo en los días que precedieron a estos primeros síntomas.

A veces puede demostrarse la simulación, como ocurrió a propósito de los fenómenos presentados por la joven Raymonde Be Uard, muchacha de doce años, que vivía en el pueblo de Bussus, cerca de Abbeville, en el Somme.

El primer fenómeno se manifestó en la escuela. La muchacha buscaba la solución a un problema cuando, de pronto, sintió en el brazo izquierdo un fuerte picor. Arremangándose la manga, enseñó a sus maravilladas compañeras la solución exacta del problema, reproducida en cifras sobre su brazo. Las cifras, bien formadas y bastante grandes, aparecían en relieve y de color blanquecino sobre el fondo rosado de la piel. La maestra, asombrada, comprobó el hecho. El rumor de aquel extraordinario fenómeno rebasó los muros de la escuela, numerosas personas visitaron a la niña, y cada vez se comprobaba un nuevo hecho. Así fue como, habiendo acudido a visitar a Raymonde el sacerdote decano de una región vecina, la palabra decano apareció sobre su frente, en escritura inglesa. Un labrador, Monsieur Jourdain, mientras estaba hablando con la joven Bellard, vio cómo, del mismo modo, quedaba impreso su nombre sobre la pantorrilla de la muchacha. Un viajero que pasaba por el pueblo comprobó la aparición de sus iniciales en las sienes. Se vio igualmente el grafismo de un avión en el momento en que el aparato sobrevolaba el pueblo. No era necesario tanto para excitar la curiosidad general, y pronto se propagó por la región el rumor de aquellos acontecimientos; luego, por toda Francia; tan así es, que acudieron numerosos médicos para estudiar tan sorprendente caso. Un periodista, Henri Vidal, cuenta del siguiente modo su experiencia: ¿Puedes dije a la muchacha saber cuál es mi nombre de pila y responderme por los medios que te son familiares? Esperamos, la madre y yo, durante un buen cuarto de hora; luego, dijo Raymonde de pronto: “¡Ah, ya está!” Y descubrió su pierna por encima de la rodilla. Vi sobre la piel varias minúsculas ampollas. Se transformaron, se ligaron, y pronto, en muy grandes y muy puros caracteres, podía leerse: Henri. Antes de que se borrara el nombre, pudimos fotografiar la imagen. Estábamos convencidos.

Pero el asunto no terminó ahí. Tres fisiólogos fueron enviados a Bussus para efectuar un estudio científico del fenómeno: el profesor Bordas, secretario general del Institut de Psychologie, el profesor Petit, presidente de la Société de Pathologie Comparée, y el doctor Colín, de Amiens.

La encuesta estableció que Raymonde era dermógrafa, es decir, que en ella, cualquier roce ejercido sobre la piel, sea con la uña, sea con no importa qué objeto puntiagudo, se convertía, después de algunos minutos, en una especie de urticaria, de relieve más o menos notable, con letras o dibujos que virtualmente habían sido trazados allí. Los sabios afirmaron, además, que el fenómeno no era espontáneo; dicho de otro modo, que no intervenía en su producción ninguna sugestión directa o indirecta, y que por tanto habían de admitirse manipulaciones efectuadas sobre el tegumento. Raymonde Bellard se hacía sospechosa, pues, de simulación y de superchería, pero quedaba por obtener una certeza al respecto, que se tuvo algunos días después de esta primera encuesta. Se observó, en efecto, que los extraños graffiti no aparecían más que sobre las regiones del cuerpo que podía alcanzar la mano de la niña. Y no fue difícil percatarse de que las inscripciones, aparentemente metapsíquicas, estaban trazadas, sencillamente, por medio de una horquilla muy diestramente manejada por la pequeña simuladora.

Podemos preguntamos a qué móviles obedecen los histéricos, por una parte, y por otra, los falsos estigmatizados, cuando se in mgen traumatismos simulando llagas naturales, excoriaciones que parecen debidas a la sugestión, señales de apariencia divina, diabólica, o metapsíquica.

Digamos, en primer término, que los histéricos, los débiles mentales, los paranoicos, cultivan sistemáticamente la mentira, orientada siempre hacia una idea particular. Forma parte de su sistema patológico, y es un síntoma de él. Ahora bien, por motivos más o menos diversos y a veces oscuros, les ocurre que quieren atraer sobre ellos la atención, la compasión, buscan hacerse interesantes, de modo que, para lograr sus fines, no dudan, si la orientación de su espíritu los empuja a obrar así, a quejarse de males imaginarios, a vivirlos, a infligirse traumatismos variados o a solicitar intervenciones médicas y quirúrgicas inútiles. Y, además, dada su propensión natural e irresistible a mentir, se imbuyen de tal modo sus mentiras, que acaban por creerlas ellos mismos.

En el caso de falsos estigmas experimentales, el sugestionado, más o menos histérico, no hace más que obedecer a las sugestiones del operador, creando de arriba abajo, por acción mecánica o como fuere, estigmas artificiales. En lo que concierne al caso particular de la joven Raymonde Bellard, es probable que la muchacha descubriera, por azar, su singular privilegio, la der mografía, y hubiese querido utilizarlo para asombrar a sus pequeñas compañeras. Pero no había previsto el desarrollo de su inocente comedia, que tuvo que seguir interpretando a pesar suyo hasta el momento en que fue descubierto su subterfugio.

En cuanto a los falsos estigmatizados religiosos, son, a menudo, sujetos, por otra parte de alta moralidad, que quieren identificarse con Jesús. En el estado real de éxtasis en que están inmersos, su clara conciencia se atenúa más o menos profundamente, y no es inverosímil que se inflijan entonces, inconscientemente, las heridas de Cristo. Más sencillo todavía: las mismas actitudes del extático son susceptibles de provocar, con toda naturalidad, falsos estigmas, como probablemente ocurrió con Madeleine, el sujeto del profesor Janet. Cuando, durante el éxtasis que puede durar más de veinticuatro horas, los puños están crispados, las uñas pueden, en efecto, penetrar en las carnes y producir llagas en mitad de las palmas. Igualmente, la posición de los pies, que es la que tienen los pies de Cristo sobre la cruz, es favorable a la producción de excoriaciones. En fin, es comente que el místico lleve grandes crucifijos sobre el pecho, así como medallas religiosas. Sólo con que los brazos aprieten fuertemente uno de esos objetos en una mala posición, y podrán producirse algún corte o equimosis.

Otros falsos estigmatizados, francamente histéricos, pero también muy creyentes, desean que se comparta su profunda convicción, aportar pruebas al dogma. A tal efecto, y por otra parte sugestionados por lecturas o sermones, simulan la estigmatización. Claro que, entre los estigmatizados religiosos pueden encontrarse igualmente simuladores conscientes y nada místicos, pero el hecho debe ser raro.

En fin, probablemente los estigmatizados demoniacos de la Edad Media no eran en la mayor parte de los casos más que desgraciados a quienes se acusaba de brujería, porque tenían formaciones naturales extrañas que se asemejaban a señales diabólicas: nevos pigmentarios y tuberosos, excrecencias varias que recordaban más o menos la forma de una mano, de una pata, de un par de cuernos, etc. Por lo demás, algunos obsesos, inmersos en la brujería demoníaca, podían infligirse consciente o inconscientemente arañazos, mordiscos, contusiones de todas clases, que atribuían al Diablo. Precisamente, en lo que concierne a la estigmatizada demoníaca moderna Eleonora Zügun, no se ha insistido lo suficiente sobre el hecho de que las huellas de las mordeduras correspondían a menudo a las que hubiese podido hacer la mandíbula de Eleonora y que, por otra parte, las marcas del rostro no eran nunca mordeduras, sino siempre arañazos. De ahí a pensar que la joven rumana podía simular a veces el fenómeno me tapsíquico, no hay más que un paso. Añadamos que si no tuviéramos las observaciones de Harry Price y del doctor Kroener, nos veríamos llevados a creer, dada la extraordinaria frecuencia del fenómeno y la casi imposibilidad de captar su aparición, en una completa simulación, al menos en una mezcla de fenómenos falsos y de fenómenos auténticamente paranormales, lo que por otra parte es muy posible, no habiéndose hecho siempre la prueba de la grasa o del polvo fino. Una última observación: ¿pensaron los experimentadores en una posible complicidad? Complicidad de los que rodeaban a Eleonora e incluso de la condesa Wassilko, que se había convertido, de algún modo, en el manager de la estigmatizada. Es evidente que, en el caso de una ayuda exterior, el control por sustancias que embadurnaran el cuerpo hubiese sido absolutamente ineficaz.

 

Digamos, para terminar, que hemos empleado el término histérico porque es cómodo, sin preguntamos cuál será la posición de la histeria en nosografía *, porque acerca del particular es muy difícil llegar a conclusión categórica alguna, ya que cada autor tiene una concepción personal de la histeria. Mientras que la histeria (del griego hustera, matriz) era considerada por Hipócrates y Galeno luego por todos los médicos de la Edad Media como una enfermedad femenina provocada por los movimientos del útero, y de ahí el nombre de la afección, vemos, en nuestros días, que Babinski asimila la histeria a la simulación, y el término de pitiatismo (del griego peithó, persuasión, y iatos, curable) empleado por Babinski ha tenido gran éxito. Para mí decía no existe ningún criterio que permita distinguir los fenómenos sugeridos de los fenómenos simulados.

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