Falsa estigmatización de apariencia metapsíquica

Si los estigmas de los que acabamos de hablar, y que se pueden calificar de ordinarios, son susceptibles de ser reproducidos de modo artificial, ¿pueden realizarse, con la ayuda de procedimientos emparentados con la prestidigitación, los extraordinarios fenómenos presentados por Madame Kahl? Nos hemos planteado el problema, y he aquí cómo lo hemos resuelto. Daremos a conocer, de antemano, el efecto del experimento.

Se presenta un sujeto que, según aseguran, es capaz de inscribir sobre su piel, por dermografía, una palabra pensada por una de las personas asistentes, un nombre de pila, por ejemplo.

Dicho esto, el sujeto descubre sus antebrazos y los somete al examen del público. No presentan absolutamente nada sospechoso; no hay ninguna inscripción. La asistencia escoge uno de los brazos como aquel en que debe aparecer la palabra. En seguida el sujeto se baja las mangas.

Para dar dicen más garantía a la prueba, en particular para eliminar cualquier posibilidad de connivencia, se distribuyen una decena de cuadraditos de papel rigurosamente idénticos y se invita a cada espectador que participa en el experimento a inscribir secretamente en su papel un nombre de pila. Hecho esto, los papeles son doblados en cuatro y recogidos en un sombrero prestado.

Un espectador mezcla todos los papeles en el sombrero y se ruega a otro asistente tome al azar uno de los papelitos y lo mantenga en alto entre el pulgar y el índice, para que sea visto por toda la sala. Durante todo este tiempo, el sujeto se concentra, cierra los ojos y, al cabo de unos minutos, declara que debe haberse formado una inscripción sobre el brazo elegido. Lo descubre y, en efecto, sobre la piel se ve una palabra en dermografía, PAUL, por ejemplo. Se despliega el billete. Allí se lee, precisamente, Paul.

Veamos ahora cómo se realiza este asombroso experimento que, en apariencia, presenta algunos puntos comunes con la dermografía paranormal de un pensamiento no expresado.

Observemos, en primer lugar, que de entre los diez espectadores que tomaron parte en el experimento, uno, al menos, inscribió en su papel un nombre de pila corriente: Juan, Pedro, Pablo, Jaime Prácticamente ocurre siempre así. Por otra parte, si por un azar extraordinario no se diera el caso, no tendría demasiada importancia, porque cada persona ignora lo que han escrito los demás asistentes.

Admitido esto, el nombre es escogido con antelación y esculpido en relieve sobre dos chapitas de madera, al modo de una palabra en caracteres de imprenta. Con la ayuda de dos hilos, se fijan las chapitas, una en el interior de la manga derecha, la otra en la manga izquierda de la camisa, frente a la región del antebrazo en que debe aparecer la palabra. Bastará que el sujeto, cruzando los brazos, apoye inostensiblemente la mano en la chapita conveniente. Al cabo de un minuto de presión un poco fuerte, la palabra quedará escrita en color rosado sobre la piel cuando’ el sujeto cese de apretar. En este momento alzará la manga de su camisa. Si de verdad es dermógrafo, una débil presión podrá provocar una reacción importante. Las letras aparecerán en relieve rosado e incluso rojo, y el fenómeno evolucionará así: mientras que la piel vecina tomara un tinte eritematoso, se acentuará IB hinchazón al tiempo que irá palideciendo: podrá durar minutos u horas; luego se hundirá poco a poco, al mismo tiempo que desaparecerá la rojez.

En cuanto al nombre de pila, he aquí cómo lo imponen. Se prepara un cuadro de papel sobre el que se escribe el nombre escogido, Paul, en la ocasión anterior. Este papelito se adhiere a la palma de la mano derecha, ya antes, ya en el curso del experimento. El sombrero que se ha pedido prestado es un sombrero flexible con su hendidura en la copa, lo que permite tener, en el interior, una especie de receptáculo con dos departamentos. Se coge, con la mano derecha, el cubrecabeza por el fondo, la boca para arriba, y se aprieta fuertemente contra la pared exterior el compartimiento que se encuentra del lado de la mano.

En estas condiciones, se reciben los papelitos en el compartimiento abierto. Cuando se avanza hacia el espectador que debe sacar uno de aquéllos, se hace pasar el sombrero de la mano derecha a la izquierda, y, al tiempo que se inclina el sombrero a la izquierda, se aprietan los papeles recibidos; en el mismo instante se abre el compartimiento primitivamente cerrado. En esta bolsa vacía es donde se deja caer el papel que se había adherido a la palma de la mano, lo que se efectúa muy fácilmente haciendo el simulacro de coger con la mano derecha el sombrero por los bordes. Si no es muy hábil, se puede, pura y simplemente, depositar en el sombrero el papeíito preparado, con el pretexto de mezclarlos todos. El resto del experimento cae por su propio peso. Se presenta el sombrero, bastante alto, de modo que el espectador que coge el papeíito no vea el fondo; no se dará cuenta de que sólo le ofrecen uno de ellos. El truco del papeíito puede hacerse también de otro modo, por ejemplo, con la ayuda de un portaminas. Este tiene dos pinzas, una en cada extremo, y, antes del experimento, se ha fijado en una de las dos pinzas el papeíito preparado.

Este extremo del porta minas queda escondido en la mano derecha cuando se coge el instrumento que estaba colocado sobre una mesa y disimulado a los ojos de los espectadores. Aquí, el sombrero es inútil. Los papeles doblados son recogidos sobre una bandeja o un plato y uno de ellos es escogido por una persona que lo coloca en el porta minas. Se hace leer el billete por otro espectador, pero, al ir del primero al segundo espectador, se hace pasar el portaminas, volviéndolo de arriba abajo, a la mano izquierda; de este modo, el papel escogido se encuentra automáticamente remplazado por el billete preparado.

Una variante de la jugarreta, que se puede utilizar si no se tiene a la disposición un sujeto dermógrafo, consiste, antes de la sesión, en trazar sobre el brazo, con un pincelito en agua glice rinada o muy azucarada, la palabra que quiera hacerse aparecer. Cuando la inscripción está seca, es absolutamente invisible, incluso desde cerca. Se quema el papel cuya elección se ha impuesto, reúnense sus cenizas y se las frota con la ayuda de una borlita sobre el brazo del sujeto. La palabra se dibujará en negro.

Igualmente se puede presentar el experimento siguiente que se relaciona con la seudoestigmatización. Se anuncia que se va a hacer manar sangre de un corte imaginario y, consiguientemente, por sugestión. Con la ayuda de un pañuelo enrollado, se aprieta con fuerza el pulgar izquierdo por su base, y luego se pide un cuchillo prestado. Después de haber hecho constar que no hay rastro de sangre ni de colorante, se aplica el filo o el dorso de la hoja por debajo de la uña del pulgar y se hace el simulacro de cortar. Aparece un débil hilillo de sangre. Cuando la sangre está enjugada, no es visible ningún corte. Se puede hacer el experimento al menos una vez más.

He aquí la explicación.

Un poco antes del truco, se hunde una aguja desinfectada a la llama, a una profundidad de un milímetro o dos (de modo que provoque la caída de una gota de sangre), a algunos milímetros del lecho subungueal del pulgar. Se seca la gotita y se tiene el pulgar estirado, lo que vuelve a cerrar los tejidos e impide que fluya la sangre. Cuando se aplica la hoja, se dobla el pulgar, se abre el orificio y fluye la sangre. Se extiende entonces con la hoja, de modo que parezca el resultado de un corte.

Terminemos estos experimentos de seudoestigmatización con la descripción de un truco que se puede titular los estigmas misteriosos y que tiene su analogía con el experimento de las pizarras espiritistas de Slade, descrito en nuestro libro Les Pouvoirs Secrets de l’Homme. Se marcan, con un trozo de yeso, tres pequeños trazos sobre una mesa, en un lugar cualquiera, que puede ser designado por la asistencia. Hecho esto, se enseña el interior de la mano izquierda, que está absolutamente limpio. Para dar más sinceridad al experimento (en realidad para que tenga más éxito) se frota la palma de la mano con un trapo húmedo. Esta mano izquierda es colocada seguidamente bajo la mesa, debajo de los trazos, y se anuncia que se va a hacer que estos últimos atraviesen el tablero. A tal efecto, se golpea sobre la mesa con la mano derecha en el lugar de los trazos. Se retira la mano izquierda y se hace comprobar que los tres trazos han quedado escritos sobre la palma.

El experimento es de los más fáciles de ejecutar. De antemano, se ha hecho un trazo con el yeso sobre cada una de las uñas del índice, del dedo medio y del anular de la mano izquierda, de la que se puede enseñar sin inconveniente la palma. Cuando la mano está debajo de la mesa, se la cierra, y los trazos quedan impresos sobre aquélla. Los trazos restantes de yeso sobre las uñas se limpian inostensiblemente en la pernera del pantalón, de modo que la mano puede ser vista por sus dos caras.

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