Fenómenos próximos a la estigmatización

Determinados fenómenos psicosomáticos presentan algunos puntos comunes con la estigmatización experimental. Así es como el doctor Moutier, jefe de laboratorio de la Facultad de Medicina de París, ha observado los dos hechos siguientes, particularmente curiosos, que nos ha relatado personalmente. En un primer caso, una vieja señorita, violentamente emocionada al ver en el curso de un viaje a su hermano mayor víctima de un vómito de sangre, conjuró al cielo, para el caso de que debiera producirse una nueva hemorragia en la familia, que fuera ella la afectada por la hemorragia. Ocho días después, a medianoche, una copiosa hemorragia le revelaba una úlcera de reciente formación. El segundo caso atañe a un prisionero francés durante la ocupación alemana. A fin de atenuar los rigores del cautiverio, supo, por un médico, el modo de simular una úlcera de estómago. La úlcera, puramente imaginaria, valió al seudoenfermo ser hospitalizado, pero cuando el prisionero fue dejado en libertad, apareció bruscamente y se le desarrolló una úlcera, esta vez auténtica. Lo real, escribe el doctor Moutier, copiaba lo imaginario sugerido.Lesiones herpéticas  pueden producirse por shock emotivo. Las observaciones siguientes dan fe de ello.

Una  mujer de sesenta años, angustiada y fóbica después de un shock moral (la muerte de su novio) sufrido a la edad de dieciocho años, el herpes emotivo. En el curso de una sesión psicoanalítica, los doctores Heillig y Hoff despertaron en ella el antiguo shock moral, y luego le sugirieron que sentía, en el labio inferior, la sensación particular de quemadura que anuncia el herpes. Al cabo de veinticuatro horas, la enferma empezó a sentir picores en el labio inferior, y a las cuarenta y ocho horas presentaba una erupción herpetiforme, a la vez sobre el labio inferior y sobre el superior.

Una segunda observación de la misma clase concierne a una mujer afecta de angustia, de treinta y ocho años, en la que el experimento fue llevado a cabo exactamente como el anterior, y con el mismo resultado.

En fin, una tercera observación análoga es la de una mujer de cuarenta y tres años, igualmente angustiada, durante mucho tiempo, la cual, no más recordar, en estado de vela, una violenta escena conyugal, se le desencadenaba la erupción heipetiforme.

En estas tres enfermas, la inoculación del contenido de las vesículas herpéticas en la córnea del conejo, permitió identificar el virus queratitógeno habitual.

Por lo demás, todos los tratados de Dermatología indican la emoción como una de las causas de las enfermedades de la piel. El profesor Gaucher escribe que la psoriasis emotiva, tan tenaz, empieza a menudo con ocasión de un shock nervioso, de un temor, de un traumatismo. El doctor Hartenberg, en uno de sus libros, dice que cuidó a una señora que, a cada emoción violenta,

1 se cubría de equimosis. Otra enferma presentaba, en las mismas condiciones, erupciones de urticaria gigante. Una tercera sufría una erupción de eccemática a cada contrariedad. Bateman comprobó dos casos de impétigo  a consecuencia de un temor. Biett cita varios hechos semejantes, y subraya que ha observado un caso de Liquen agrius de forma grave, y cuya aparición tuvo efecto dentro de las doce horas que siguieron a una mala noticia.

El fenómeno de estigmatización puede asimismo adoptar otras formas. Citemos los casos siguientes:

En 1857 se presentó a la Academia de Ciencias a una mujer que había sido sorprendida por la tempestad cuando guardaba una vaca. Refugiada bajo un árbol, el rayo había caído muy cerca. La vaca murió, y la mujer yacía por el suelo, sin sentido. La hicieron volver en sí y se dieron cuenta de que tenía sobre el pecho la imagen de la vaca muerta. Se supuso que la vaca había sido iluminada fuertemente por el rayo en el momento en que el espanto se apoderaba de la mujer y que un reflejo psíquico había realizado el estigma.

Los neurólogos Hack Tuke y Toussaint Barthélémy explican que una mujer, al ver que su hijo pasaba por una puerta de hierro que caía tras él, temió por los pies de su hijo, y presentó, en los lugares correspondientes de su propio cuerpo, y especialmente en los tobillos, unas rayas rojas características. Otra madre tuvo sobre el cuello un círculo eritematoso, porque habla temido que el frontispicio de hierro de una chimenea cayera sobre la nuca de su hijo.

¿Son también debidas a una acción mental determinadas anomalías fetales? Algunos autores lo afirman. Así, el doctor Bret relata que Van Swieten quiso un día quitar una oruga del cuello de una joven, que le rogó, riendo, que no lo hiciera. La oruga aparecía en relieve sobre la piel, con sus vivos colores y sus pelos. La joven explicó que a su madre, en el curso del embarazo, le había caído una oruga sobre la nuca, y se asustó de tal modo, que se le formó el estigma, el cual imitaba perfectamente la larva aquella. Pero conviene ser prudente en la interpretación de este hecho, porque no es seguro que existiera una relación de causalidad entre el presunto estigma y la emoción ocasionada por la vista de la oruga. Se conocen, en efecto, nevos coloreados provistos de pelos lisos, sedosos, brillantes y tupidos; pueden, si son alargados, recordar más o menos el aspecto de una oruga.

Las observaciones siguientes, debidas al doctor LeclercMont moyen, parecen más convincentes: Cierto día de mercado escribe en Le Concours Médical (llVI1949) vi, al entrar en mi despacho, una joven mujer a quien había yo tratado en dos partos, ahora con el aspecto crispado, presa de una muy violenta agitación. “Doctor me dijo, vine a verle hace unos quince días; sin poder afirmarlo, me dijo usted que estaba encinta por tercera vez. Al salir de su casa, me crucé en la calle con el viejo vendedor de mantequilla, que usted conoce muy bien, aquel que no tiene más que una oreja, porque la otra se la cortaron de un sablazo; acabo de encontrarlo de nuevo. Estoy muy emocionada. Si como usted me dio a entender, estoy de nuevo encinta, temo que mi hijo nazca con una sola oreja.” Examiné a la mujer, y, habiendo aumentado el útero de .volumen, le confirmé que sólo podía establecerse una hipótesis de embarazo. Lo mejor que pude, intenté tranquilizar a mi joven cliente, afirmándole que sus temores no tenían ningún fundamento, que todo aquello no eran más que chismes de la gente, sin ningún valor científico, etc. Salió de mi casa, acaso un tanto menos inquieta que cuando había llegado, pero yo me daba perfecta cuenta de que seguía bajo la influencia de sus temores. Por lo demás, tuve ocasión de verla varias veces en el curso de su embarazo, y en cada ocasión pude observar, que la inquietud que había manifestado, cuando vino a mi consulta, no había desaparecido del todo. Siempre volvía como un leitmotiv aquella verdadera fobia que tenía de engendrar un ser que no tendría más que una oreja, y, cada vez, yo volvía a decirle, a veces en tono alegre, tomándolo a broma, otras, en el tono más serio del especialista en obstetricia, todos los argumentos que se me ocurrían para disuadirla de lo que tomaba en ella el carácter de una obsesión, obsesión contra la cual, poniendo en práctica los principios de represión y de autocontrol que yo le indicaba, la mujer intentaba en vano luchar, a pesar de toda la energía que ponía en juego. En fin, llegó el día del parto. Y cuál no fue mi estupefacción cuando, habiendo sido expulsada la cabeza, comprobé que en el lugar de la oreja izquierda no había nada, ni caracol, ni pabellón, ni orificio externo del conducto auditivo: sólo se veía una superficie unida de piel sana con una ligera retracción en lo alto de la comisura labial izquierda, más acentuada cuando, más tarde, la criatura se puso a gritar.

El segundo hecho del que fui testigo, relacionado con anomalías fetales, no presentó el carácter dramático del que acabamos de examinar. Ocurrió cuando yo todavía estaba bajo la impresión de lo que acababa de sucederme, unos seis u ocho meses antes. Se trata igualmente de una joven mujer a quien había asistido en su primer parto, sin incidentes. También ella estaba en los principios de su embarazo, el segundo. Algunos días antes de que acudiera a mi consulta, había encontrado un soldado que tenía, en su línea nasogénica derecha, un voluminoso nevo. Esta visión la había impresionado fuertemente. Vino a ver si existía medicamento o alguna práctica médica capaces de impedir el brote de aquello que temía para su hijo. Prudentemente, a causa de lo que me había ocurrido algunos meses antes, me guardé bien de decirle que su hijo no tendría ninguna señal, porque no sabía absolutamente nada. Era posible que el niño presentara una marca como igualmente era posible que no llevara ninguna. Nadie podía pronunciarse en ningún sentido. En aquel momento se despertó en mi espíritu una idea, que me apresuré a realizar, tanto para devolver a mi dienta un poco de calma y de tranquilidad, como para satisfacer en mí una necesidad instintiva y perfectamente inocente de ensayo terapéutico. “Supongamos le dije que esta criatura nazca con una mancha de nevo; debemos procurar que la marca sea lo menos ostensible que se pueda.” Le expliqué lo que había surgido en mi espíritu. Cada día, después de su oración de la noche, porque aquella joven mujer era muy seria y muy creyente, le aconsejé se hiciera una fricción enérgica en la parte su peroextema del muslo derecho, concentrando todo su pensamiento en la importancia de aquel gesto, rogando interiormente que si su hijo iba a nacer con una mancha de nevo, aquella mancha quedara localizada en el lugar correspondiente a aquel de su cuerpo que ella friccionaba sobre sí misma con atención.

Cosa no menos extraordinaria, esta vez, en cuanto a la explicación que podría darse, la niña, venida a término, tenía, efectivamente, un nevo, ancho como una pieza de cincuenta céntimos, en la parte superoextema del muslo derecho. Algunos años más tarde, tuve ocasión de volver a ver la niña. Se veía muy distintamente la huella del nevo que tenía al nacer, pero un nevo muy atenuado. ¿Qué explicación, en el estado actual de nuestros conocimientos, podemos dar a hechos tan extraños, con tan poca relación con lo que sabemos de la anatomía y de la fisiología humanas? Busqué si, desde el punto de vista hereditario, en las familias de las dos personas de las que he tenido que ocuparme, existían antecedentes hereditarios de anomalías fetales. Acerca del particular, interrogué a padres, abuelos y bisabuelos; no encontré nada especial, ni por el lado paterno m por el materno. En el estado actual de nuestros conocimientos es imposible aportar una explicación plausible de estos hechos, que lo menos que podemos hacer es clasificarlos de singulares. Pero si por el momento no hay explicación válida, me parece completamente pretencioso y vano negar su existencia, cuando esta existencia debidamente comprobada no puede ser puesta en duda. La fuerza misteriosa que engendra estos fenómenos no es una palabra vana, y no es dudoso que llegue un día en que nuestros lejanos sucesores juzguen como muy ingenuos a los que la hayan negado simplemente porque no podían explicársela.

Añadamos que las investigaciones recientes del Antioch Colle ge (Estados Unidos) aportan una prueba indirecta a esta clase de hechos todavía muy contravertidos. Con la ayuda de aparatos registradores sensibles, los fisiólogos del Instituto han demostrado que, en el seno materno, la criatura reacciona con movimientos anormales, muy netos, con una aceleración de los latidos del corazón o con hipos en determinados estados psíquicos de la madre, como miedo repentino, ansiedad, irritación, cólera. Un simple ruido puede también provocar una agitación en el niño. El doctor Sontag estima que, bajo la influencia de la cólera, de la irritación o del miedo, el organismo materno proyecta en el sistema sanguíneo una cantidad más o menos grande de adrenalina o de ace tilcolina. Estas sustancias hormonales atravesarían en seguida la placenta y excitarían el sistema nervioso del niño.