La medicina simpática 2

Por su parte, el doctor Vergnes, en Le Voile d’Isis, relató del modo siguiente el experimento que tuvo ocasión de realizar con la pólvora simpática:

No dudamos de la acción de esta pólvora. En efecto, hemos tenido ocasión de experimentar sobre una enferma la realidad de su poder. He aquí, en pocas palabras, lo que hemos podido observar. Un día fui llamado a prodigar mis cuidados a Madame X, de treinta años, la cual sufría un violento dolor en el seno izquierdo, dolor que se avivaba en los alrededores del período menstrual. Todos los meses, ora antes, ora después de las reglas, su seno aumentaba de volumen, estaba caliente, muy doloroso y dejaba supurar primero un líquido serosanguinolento que manchaba abundantemente las ropas, y luego expulsaba uno o varios coágulos de sangre. Una vez expulsados estos coágulos, los dolores disminuían progresivamente y la enferma recuperaba su estado de salud habitual. Esta persona, a quien sus dolores periódicos fatigaban mucho, había sido tratada por un gran número de colegas alópatas  y homeópatas, y siempre sin ningún éxito. Fue entonces cuando, en último extremo, se me ocurrió emplear esta famosa pólvora.

Hice preparar el vitriolo romano, siguiendo la fórmula de Dig by, e indiqué a la enferma el modo de proceder. Cada día, Mada me X empapaba las ropas manchadas de sangre en la solución de sulfato de cobre, y cada día sentía un alivio muy notable en sus dolores, que acabaron por desaparecer completamente y muy aprisa. Sin embargo, debo decir que si cesaron los dolores, persistió el flujo, así como la expulsión de los coágulos. Así, pues, he aquí un ejemplo muy curioso que demuestra la acción de esta maravillosa pólvora. En cuanto a la explicación de este hecho añade el doctor Vergnes, evidentemente es embarazosa y difícil.

En realidad, es muy verosímil que la sugestión desempeñara su papel en tal caso.

Un segundo proceso de la medicina simpática es el hechizo curativo. El operador no actúa ya sobre la muñía, sino que ejerce su acción sobre el homunculus, que es la efigie del hombre enfermo. He aquí escribe Paracelso cómo hay que comprender el empleo y el proceso del homunculus. Si por este medio quieres aliviar a un hombre de su enfermedad y curarlo, es preciso que untes, drogues, engrases, etc., su imagen, que, en fin, hagas con ella lo que sería necesario hacer al hombre mismo. Boguet, el juez de los brujos, escribe por su parte: Por lo demás, así como los brujos fabrican imágenes para dañar y perjudicar, así también las hacen para procurar la curación. En fin, el doctor Gockel dice de un pastor de Austerlitz: Le he visto curar un niño de catorce años lisiado de las manos y cojo de los dos pies. Hizo una imagen de cera, lisiada de manos y pies, parecida al chico, midió sus miembros y los de la imagen, luego ahumó ésta con determinadas hierbas y la echó al fuego. Puedo decir, en verdad, que el chico sanó en ocho días.

El homunculus parece haber sido, en el espíritu de los ocultistas, ora un excitante telepático más impresionante, más realista que los demás, ora también una imagen realmente impregnada del espíritu de vida del enfermo.

La transferencia de enfermedades era una variedad de tratamiento simpático. Se hacía absorber la muñía por un animal apropiado o se la mezclaba con un poco de mantillo en el que se sembraba la semilla de una hierba o de una planta, que absorbía el espíritu vital. El enfermo que había proporcionado la muñía se encontraba curado, pero el animal o el vegetal se desmejoraba. El método parecía ser el resultado del siguiente razonamiento: no se puede, a la vez, dar una cosa y conservarla. Por consiguiente, si transmite la propia enfermedad a un ser cualquiera, ésta os abandona.

Así, para curar la fiebre cuartana, se hacía una bolita de harina, impregnada de la orina del enfermo, y se la tiraba, esperando que fuera devorada por un perro hambriento. Si ello sucedía, el animal cogía la fiebre y el enfermo quedaba curado.

He aquí, sacadas de un libro de magia, dos viejas recetas en que se aplica el principio de la transferencia:

Estoy persuadido de que todas las enfermedades del cuerpo pueden ser curadas fácilmente si se pone sangre roja y todavía caliente en un huevo. Que se ponga este huevo debajo de una gallina clueca, que se lo deje allí hasta que haya entrado en putrefacción, y luego que se le dé a devorar a un animal, con pan o carne.

Se transfieren los dolores de muelas a un sauce, un avellano u otro árbol, del modo siguiente: después de haber quitado un poco de corteza, se corta un trozo de madera, se pincha la encía hasta producir sangre, luego se pone dicho trozo manchado de sangre en su lugar en el árbol, y se lo cubre con la corteza.

En México, los curanderos transfieren las enfermedades a cuerpos inertes: madera, cobre, tela, etc. Para efectuar esta transferencia, el brujo da vueltas alrededor del enfermo, chupa la parte dañada y escupe sobre el objeto receptor.

Los negros utilizan corrientemente el método de transferencia. Los misioneros y los exploradores han asistido muchas veces a semejante práctica. El padre Trilles la describe con precisión: Para curar las enfermedades, el médico primitivo empieza entonando su encantación; luego da un recital, y, finalmente, danza hasta quedar agotado. En este momento se produce a veces la transferencia de la fiebre del enfermo a un animal o árbol. Ceremonias de lo más extraño, donde se ve, bajo la influencia de transferencias magnéticas, calmarse el enfermo poco a poco; luego, después de un copioso sudor, dormirse dulcemente, mientras que el animal tiembla, gime, se acuesta en el suelo y, a menudo, muere agitado por estremecimientos convulsivos; en ocasiones, la bestia se pone rígida, y de repente se desploma como una masa inerte. En tal caso, se trata ordinariamente de un cabrito, a menudo también del perro predilecto del enfermo. Hemos visto operar de modo análogo a un fetichista fang. Uno de nuestros catequistas, Paul  Nsoh, estaba atacado por la llamada fiebre de los bosques, muy grave. La quinina resulta ineficaz. El fetichista lo hace transportar bajo un árbol de largas hojas; luego ejecuta los pases rituales, primero sobre el enfermo; después, sobre el árbol. Pronto se ennegrecieron las hojas del árbol; luego cayeron. Sudoración abundante del enfermo. Al día siguiente estaba curado.

Digamos, al pasar, que se vislumbra aquí un posible truco, hecho con buena intención. A fin de impresionar favorablemente al enfermo, el animal o el árbol sacrificado podían estar envenenados de antemano mediante una droga de efecto progresivo.

En nuestros países occidentales, el método de la tranferencia lo aplican todavía despreocupados barbianes en materia de terapéutica antivenèrea. Estiman que el mejor modo de quitarse de encima una blenorragia, un chancro o una sífilis, radica en pasarlos caritativamente a cualquier amable jovencita, virgen de preferencia.

Los discípulos de Paracelso practicaron así la trasplantación directa de las enfermedades. Se colocaba, sobre la parte enferma, objetos que atraían sobre sí el espíritu vital dañado. El objeto aplicado sobre el mal podía ser una fruta, una planta, un trozo de carne fresca, un órgano o un animal vivo.

Para curar la dolencia de un ojo está escrito en la Psychotherapy de Parker, coged el ojo derecho de un lobo, aplastadlo y ponedlo sobre el ojo dolido. Para curar los ojos hinchados, tomad un cangrejo de mar, arrancadle los ojos, echad el cangrejo todavía vivo en agua y poned los ojos bajo el cuello del hombre necesitado, y pronto quedará curado.

Un ejemplo muy claro de trasplante lo da Bacon. El célebre defensor del método experimental explica en Sylva Sylvarum que, estudiando en París, sus manos estaban cubiertas de verrugas, y no podía con ellas hasta que, al fin, su hospedera le enseñó un medio simpático para deshacerse de ellas. Cortó una manzana por la mitad, frotó sus verrugas con las dos mitades, las reunió luego y las enterró en la bodega bajo una piedra; después de lo cual sus manos sanaron perfectamente.

La idea de trasplante directo parece ser inmoral a la vista de los temas de la terapéutica popular. Así, en determinadas campiñas, se utilizaban todavía hace poco los procedimientos siguientes: para hacer desaparecer la ictericia, aplicad una araña de establo sobre el estómago, cubridla con una cáscara de nuez y dejadla allí durante una hora. Al cabo de este tiempo, la bestia muere y la persona queda libre de su ictericia. Contra las enfermedades de los ojos, retirad con cuidado la cáscara de un caracol, rompiéndola, pero sin matar la bestia. Poner el caracol sobre el ojo enfermo, y mantenedlo allí con la ayuda de una venda durante una noche; al día siguiente, el animal estará muerto. Repetid la operación hasta que se encuentre el caracol vivo. Entonces habrá desaparecido todo el mal. Para la jaqueca o la meningitis, partid por la mitad un joven palomo blanco, ponedlo sobre el cráneo y dejadlo allí durante seis horas. Si no se efectúa la curación, ello indica que el remedio ha sido empleado demasiado tarde. Contra el cáncer, tomad un sapo de buen tamaño, que se habrá mantenido en ayunas, y colocadlo sobre el mal durante nueve días. Si muere, substituidlo por otro. Se pueden emplear, con el mismo objeto, bistecs muy sanguinolentos, que se renovarán cada día, etc.

Del trasplante directo al trasplante de los síntomas de una enfermedad, no hay más que un matiz que, ciertamente, no vieron Charcot y sus discípulos, puesto que, aunque racionalistas, aplicaron un procedimiento derivado de ideas prelógicas que derivaban de los primeros balbuceos del espíritu humano. Así, el doctor Luys colocaba, durante algunos minutos, una corona imantada sobre la cabeza de un enfermo, y luego la ponía sobre la cabeza de un sujeto. Inmediatamente experimentaba éste los sufrimientos del enfermo. Si el enfermo sufría náuseas, el médium, también; si estaba paralizado de la pierna derecha, el sensitivo se quejaba de la misma pierna. Desgraciadamente, estas experiencias, como por otra parte las de Charcot, fueron viciadas por el fraude, de modo que no puede atribuírseles ningún significado.

Como hemos dicho antes, hay curanderos contemporáneos que viven a cuerpo de rey, y asisten, de modo sistemático, según los métodos de Paracelso. El letrado Maurice Garçon explica haber defendido, en el Mediodía de Francia, a una mujer que trataba por el procedimiento de la muñía. Insertaba anuncios en los periódicos, y recibía, a millares, cartas acompañadas de mechones de cabellos, de jirones de camisa que habían tocado a la persona enferma. Su marido hacía las veces de secretario. Las respuestas las mecanografiaba utilizando una fórmula casi única para todos los males. Las curaciones se contaban por centenares, y las cartas de felicitación llovían de todos los rincones de Francia. Pero una investigación efectuada por el fiscal, determinó la imposición de una multa. A partir de entonces, la curandera no se anunció más que en los periódicos extranjeros, de modo que ahora realiza milagros en Buenos Aires o en Valparaíso. Su negocio es de los más prósperos.