Las afecciones orgánicas

He aquí, pues, una primera categoría de trastornos patológicos susceptibles de beneficiarse ampliamente con el tratamiento sugestivo. Preguntémonos ahora si las enfermedades típicamente orgánicas pueden también curar por sugestión.

Algunas consideraciones relativas a la constitución del sistema nervioso y a su funcionamiento van a permitimos responder a esta pregunta.

Es sabido que el sistema nervioso humano comprende dos partes: el sistema nervioso cerebrospinal o central, que rige las fundones de relación, y el sistema nervioso vegetativo, del que dependen las funciones de la nutrición. El sistema nervioso cerebrospinal está formado por el encéfalo, la médula espinal y determinado número de nervios. En cuanto al sistema nervioso vegetativo, está constituido por el sistema simpático, que comprende, esencialmente, dos grandes cadenas ganglionares, que se extienden a lo largo de la columna vertebral, y del sistema parasimpático, formado por retículos nerviosos que se separan de los nervios craneales o raquídeos, para unirse a los órganos de la vida vegetativa. El sistema nervioso vegetativo inerva los órganos de la digestión, de la respiración, de la circulación, los órganos secretores (glándulas salivares, glándulas gástricas, páncreas, hígado, etc.) y los órganos de excreción (riñones, glándulas sudoríparas, hígado).

Los dos grandes sistemas cerebrospinal y vegetativo, no están separados como creían los antiguos fisiólogos. Al contrario, están en estrecha relación anatómica, de modo que lo que perturba al uno, trastorna al otro. Sus funciones son sinérgicas y coadyuvan a asegurar la unidad funcional del individuo. Los dos son, por otra parte, tributarios del medio humoral circulante, sangre y linfa, dependiendo él mismo de todo el organismo. Cuando el medio humoral se separa de su constitución normal, surge la enfermedad, y no es necesaria una modificación muy grande para desequilibrar o apagar el espíritu.

Aquí es interesante saber si existen correlaciones neuroendo crinas y, muy particularmente, relaciones directas o indirectas entre el cerebro y las glándulas endocrinas, que condicionan, en muy buena parte, el estado de salud y el de enfermedad.

En 1926, el profesor Gley, que de algún modo era el especialista oficial de la endocrinología francesa, proclamaba que no había tales relaciones. Esta afirmación, incluso en la época en que fue hecha, podía, a priori, parecer imprudente, porque no se ignoraba que en el terreno vecino de las glándulas exocrinas (salivares, gástricas, etc.) entra en juego el sistema nervioso.

Precisamente se demostró luego que las glándulas de secreción interna poseen una doble inervación simpática y parasimpática formada por fibras pertenecientes en principio a la categoría de fibras grises o fibras de Remak, es decir, desprovistas de mielina y cubiertas sólo de una vaina de Schwann.

Estas fibras proceden de ganglios simpáticos, también ligados a centros situados en la médula espinal. Además, dos glándulas endocrinas de primera importancia, la hipófisis y la epífisis, están en relación directa con la parte del cerebro que se llama el diencèfalo medio. La hipófisis recibe, en efecto, directamente, fibras que proceden de núcleos supraópticos, paraventriculares, laterobasales del tubérculo gris, y la epífisis está inervada por células de la habénula. Resulta, en consecuencia, que todas las glándulas endocrinas poseen centros de inervación en el sistema nervioso central. Ahora bien, estos centros, de los que parten influjos dinamogénicos o inhibidores, constituyen, por sí mismos, receptores de influjos, que resultan de excitaciones internas o externas, de modo que todos los acontecimientos interiores o exteriores pueden tener una repercusión sobre los sistemas endocrinos. La observación y la experiencia demuestran, en efecto, que la diabetes insípida, la glucosuria emocional, la hipertensión arterial, los trastornos psíquicos de la menstruación, determinadas formas de arteriosclerosis son debidas, en gran parte, a una excitación emocional de las glándulas endocrinas.

Volviendo al sistema nervioso, conviene hacer notar, de todos modos, que si los dos grandes sistemas nerviosos son fisiológicamente solidarios y se influyen recíprocamente, la acción del cerebro sobre las funciones vegetativas es, normalmente, bastante débil. Sin embargo, existe, e incluso puede llegar a ser muy importante en determinadas condiciones, como lo demuestran muy particularmente los célebres experimentos sobre los reflejos condicionados del sabio ruso Pavlov y de su escuela.

Uno de los más característicos, y el más fácil de realizar, es el siguiente: En un perro se instaura una fístula permanente en el conducto de una de las glándulas salivares submaxilares, y se escoge seguidamente un excitante cualquiera, como luz viva, un pitido, rascarle la piel. Se hace sufrir esta excitación al animal, e inmediatamente se introduce en su garganta una sustancia capaz de provocar la salivación refleja, un trozo de carne, por ejemplo. Esta operación se repite todos los días. Al cabo de algunos ensayos, una decena por lo general, la saliva fluye tan pronto como la luz, el sonido o el rascado ha sido percibido por el animal, y esto, claro está, en ausencia de la carne. El excitante, antes indiferente, se ha convertido en un excitante condicional, es decir, que ahora posee la propiedad de provocar la secreción de la saliva tan perfectamente como la introducción bucal de la carne a que estuvo asociada. Un reflejo condicionado es, pues, un reflejo adquirido, al revés de los reflejos medulares y bulboprotuberanciales, que son innatos. Se elabora por la asociación de un excitante indiferente con el excitante específico.

Los reflejos condicionados digestivos existen en el hombre y constituyen el fenómeno del apetito. Cuando nos sentamos a la mesa, la vista o el olor de los alimentos provocan no sólo una afluencia de saliva, lo que se expresa diciendo que se hace la boca agua, sino también una secreción gástrica, que Claude Bernard llamaba, justamente, secreción psíquica. No son más innatos que cualquier otro reflejo condicionado.

Se pueden variar los experimentos de muchas maneras, y Pav lov consiguió asociar varios reflejos condicionados y obtener así acciones complicadas y automáticas. Pero el estudio de estos fenómenos es delicado, porque múltiples influencias pueden, como subrayamos en otro lugar, inhibir los reflejos, y una excitación parásita es susceptible de transformarse en excitante condicional. Cuando Pavlov empezó sus experimentos, este hecho fue causa de fracasos, a veces pintorescos. El fisiólogo ruso, que quiso un día mostrar a un auditorio el reflejo condicionado salival al sonido de un diapasón, presentó un perro en el cual este reflejo parecía particularmente bien establecido. Sin embargo, cuando dejó oír el sonido al que el animal reaccionaba regularmente, no se produjo secreción alguna. Algunos instantes después entró en la sala de experimentos el chico del laboratorio que habitualmente estaba encargado de hacer funcionar el diapasón. La fístula secretó saliva inmediatamente. Se había elaborado muy bien, en el perro, un reflejo condicionado salival, pero a la vista del chico y no a la audición del diapasón.

Un fenómeno de esta clase fue igualmente observado por el doctor Kryloff, de la Escuela de Pavlov. Después de haber hecho experimentos con perros, para comprobar si se acostumbraban al envenenamiento por la morfina a elevadas dosis, remplazó el alcaloide por agua salada y comprobó que los perros presentaban, por reflejo condicionado, los mismos signos de intoxicación que los provocados por la morfina, es decir, vómitos, trastornos circulatorios, somnolencia invencible, etc. Estos síntomas se manifestaron también bajo el efecto de una sencilla inyección, con la jeringa vacía, y uno de los perros dio muestras de intoxicación con sólo ver al muchacho de laboratorio que acudía con la jeringa.

Es posible separar la excitación condicional de la excitación específica por un intervalo de tiempo más o menos largo. Luz viva, pitido, sonido de diapasón, etc., pueden preceder, en una media hora, por ejemplo, a la presentación de la carne. En tal reflejo, transcurre una media hora entre la producción de la luz o del sonido y la aparición de la saliva. En cambio, si el excitante condicional actúa después del excitante específico, no se establece el reflejo condicionado.

Quede claro que no sólo las glándulas salivares son susceptibles de ser objeto de experimentos. Todos los órganos, todas las funciones, sin excepción, pueden obedecer a reflejos condicionados. La rata, por ejemplo, puede contraerse por reflejo condicionado. Es sabido que se encoge bajo el efecto de una excitación dolorosa de la piel. Pinchemos un perro y, al mismo tiempo, dejemos oír un sonido. Al cabo de algunas pruebas, el sonido solo provoca contracciones del órgano. El metabolismo basal, es decir, la cantidad de calor emitida por hora y por metro cuadrado por un animal de sangre caliente (homeotérmica), en ayunas, en reposo y en el punto de neutralidad térmica, obedece también a los reflejos condicionados. Hagamos entrar un perro en una habitación fría a horas fijas y en condiciones muy determinadas.

El metabolismo basal del animal se eleva después de cada estancia en la habitación, lo que es perfectamente normal. Cuando queda establecido el reflejo condicionado, coloquemos el animal en esta misma habitación, pero esta vez caldeada. Se comprueba entonces que su metabolismo, que debería bajar, puesto que la habitación está caliente, sube como si estuviera fría. Otro experimento particularmente sorprendente: Metalnikof inmuniza conejos contra el cólera por medio de inyecciones repetidas de vacuna. A cada una de ellas, hace sonar una campanita, o bien rasca ligeramente la espalda del animal. No se dan más inyecciones cuando se ha alcanzado la inmunidad, que disminuye poco a poco con el tiempo. Cuando ha desaparecido, basta con dejar oír el sonido de la campana, o bien rascar la espalda del animal, para que éste quede de nuevo inmunizado. El animal resiste perfectamente inyecciones de bacilos coléricos, mientras que un conejo testigo, en el que no se practicaron las maniobras preventivas, rascado, por ejemplo, sucumbe rápidamente bajo la acción de los mismos microbios.

En el curso de estos experimentos puede demostrarse el fenómeno de predominio: al entrar en acción los centros nerviosos de gran importancia, atraen hacia ellos la actividad que puede producirse en otros centros de un dinamismo comparativamente inferior. Así, la rana macho, en el período de celo, coge a la hembra entre sus patas anteriores y la abraza estrechamente; mientras está en curso este reflejo, cualquier otra excitación que intervenga sobre la rana no produce su efecto habitual, sino que refuerza el reflejo de abrazo. También pueden ser observados fenómenos activos de inhibición. Si en el curso del desarrollo de un reflejo condicionado bien establecido se provoca una excitación demasiado dolorosa, no se produce el reflejo habitual; está inhibido por la producción de un reflejo defensivo contra el dolor. Asimismo, la aparición, en el curso de la realización de un reflejo condicionado, de un parásito imprevisto, como ruido, iluminación, basta para detener provisionalmente el reflejo.

Algunos experimentos de Pavlov aportan algunas aclaraciones sobre el mecanismo espacial del fenómeno. Gracias a los métodos de especializa ción de los reflejos condicionados, se puede obtener el estado siguiente: sobre la pata posterior de un perro se han preparado cuatro puntos, ABCD, cuya excitación produce la misma cantidad de saliva, y un quinto punto, E, cuya excitación tiene por efecto inhibir la secreción salival. Excitamos E y A; luego, en otros experimentos, E y B, E y C, E y D, y comprobamos que cuanto más próximos están de E los puntos ABCD, más disminuye su poder secretor. La inhibición que parte de E se comporta como un campo de fuerzas cuyo poder se atenúa en el espacio. Pero también se comprueba, si se prosigue el experimento en el tiempo, que el poder de inhibición se extiende poco a poco en superficie de modo ondulatorio; dicho de otro modo, los puntos más cercanos no son ya inhibidos mientras que, en cambio, lo son los puntos más alejados. La ondulación vuelve a tomar en seguida un camino inverso abandonando los puntos alejados para volver a £ y concentrarse allí. Huelga añadir que, fisiológicamente, estos fenómenos ondulatorios no se producen sobre la piel, sino en la región cerebral que corresponde a la zona táctil hacia la que se apuntaba.

Igualmente pueden ser creados en el hombre reflejos condicionados. Así, Betcherev hace pasar una luz ante los ojos de un sujeto y le excita la planta del pie; se observa la retracción refleja. Después de algunas pruebas, la excitación del pie no es ya necesaria para provocar el encogimiento; basta con la señal luminosa. Por su parte, Platanov, Protopopov y Katkov crearon, mediante la palabra, verdaderos reflejos condicionados sobre el sueño, el pulso, la tensión arterial y el reflejo del vómito.

Pero aún hay más: la simple representación mental de una sensación fuerte es capaz, algunas veces, de suscitar el o los reflejos adecuados a esta sensación. Haab ha observado que el hecho de imaginarse una luz viva ocasiona la contracción de las pupilas. Maxwell ha comprobado el fenómeno de la carne de gallina sobre el brazo que su sujeto imaginaba sumergido en agua helada. El doctor Maingot, jefe del Servicio de Radiología del Hospital Laennec, demostró, gracias a la pantalla radioscòpica, que los movimientos del estómago de un sujeto se acelerarían inmediatamente si se hablaba de un manjar suculento; se amortiguarían en el caso contrario. Si el sujeto imaginaba que consumía un cuerpo graso, la vesícula biliar se contraía y lanzaba un flujo de bilis en el intestino. Por medio de un proceso análogo, se puede acelerar muy fácilmente el ritmo cardíaco, como hemos podido comprobar varias veces en nosotros mismos.

Basta con ponerse en un estado emocional conveniente por evocación de un recuerdo apropiado. La disminución de los latidos es más difícil de obtener; sin embargo, se llega a ello con la ayuda de imágenes que sugieren la calma, Bikov estableció el hecho notable de que el metabolismo basai estaba influido por la idea de frío o de calor. Vio, en particular, en los empleados de los trenes de mercancías, que majan de pie en las plataformas de los vagones, que su metabolismo aumentaba regularmente desde su salida de Leningrado, con la perspectiva de un largo trecho a través del frío. El camino de vuelta era, por el contrario la señal de un futuro paso a un local caldeado; así, aunque el frío fuera el mismo, su metabolismo bajaba regularmente a medida que el tren se acercaba a Leningrado, es decir, al calor. En fin, el tisiòlogo Albert Mathieu demostró experimentalmente el importante papel que la esperanza desempeña en la curación de los enfermos. Se trata del efecto placebo, del que hemos hablado. Fueron dadas inyecciones de suero salino fisiológico (agua salada), adornado con el nombre de An tifimosis, por series de cinco a seis días, en tuberculosos hospitalizados, pero antes se había anunciado la aparición de este suero como un gran descubrimiento. Se anotaron cada día los resultados adquiridos. Sobrepasaron todas las esperanzas.

Al cabo de poco tiempo, se observó la vuelta del apetito, la disminución de la tos, de la expectoración, de los sudores nocturnos, e incluso de determinados signos físicos y pulmonares, todo acompañado de un aumento de peso que iba de uno y medio a dos o tres kilos. Todos los signos antiguos reaparecieron en cuanto fueron suprimidas las inyecciones.

Limitémonos a esta serie de observaciones y de experimentos. Demuestran, de modo indudable, que ima excitación psíquica es capaz de producir una acción fisiológica intensa. Se concibe, por consiguiente, que la sugestión, la idea de curación, la representación mental del estado de salud pueden actuar eficaz y enérgicamente sobre el organismo, suscitar modificaciones fisiológicas importantes, favorecer la oxidación de las reservas orgánicas, aumentar la termogénesis, eliminar las toxinas, activar las secreciones gástrica, pancreática, hepáticas, y las de las glándulas hormonales, exaltar la fagocitosis, las reacciones de defensa, el poder antixénico del terreno, acelerar los procesos ordinarios de cicatrización.

Por lo demás, en una lesión orgánica, el órgano enfermo no está, por lo general, enteramente afectado. Subsisten partes sanas que, sin embargo, no reaccionan, paralizadas por el contacto de las regiones enfermas, que las impregnan de toxinas. Bajo el impulso de los cambios circulatorios bruscos, debidos a la acción psíquica, aquellas partes intactas podrán verse libres de sus venenos y recuperar de pronto una actividad que parecía perdida.