Las aplicaciones esenciales y límites de la autosugestión

Hemos dicho que la autosugestión podía aplicarse indistintamente al tratamiento de los trastornos neuróticos, a las afecciones psicosomáticas y a las enfermedades netamente orgánicas. De todos modos, está claro, como se deduce particularmente del capítulo anterior, que este método terapéutico, así como también el training autógeno (y, a propósito del training, vamos a repetimos, puesto que acabamos de señalar los resultados a los que conduce), encuentran sus principales aplicaciones en el tratamiento de los trastornos neuróticos y psicosomáticos en que intervienen esencialmente desequilibrios nerviosos y modificaciones del tono muscular.

Entre los trastornos neuróticos que pueden ser tratados con éxito por la autosugestión y por el training autógeno, citaremos las cefalalgias, en que, a menudo, la influencia de las contracciones musculares es importante; las raquialgias (es decir, los dolores de la columna vertebral), cuando hay un aumento generalizado de la tensión muscular de los músculos vertebrales y paravertebrales; los temblores que no van acompañados de ninguna lesión específica; el calambre de los que tienen por oficio escribir; el tartamudeo, que, según Durand de Bousingen, es la manifestación de una diferenciación entre el pensamiento interior y su expresión socializada por la palabra y en que la reacción del medio educativo es a menudo responsable de la persistencia o de la agravación del trastorno; el insomnio, en cuya base existe casi siempre un estado de ansiedad latente; la neurastenia, en que predominan síntomas negativos como la astenia psíquica y física; la fatiga y la fatigabilidad; el aburrimiento; la falta de interés por todo, así como un sentimiento de inferioridad; la neurosis de angustia, en la cual el sujeto presenta crisis de ansiedad que pueden evolucionar hacia un estado de inquietud habitual con necesidad urgente de protección y de asistensia; la neurosis hipocondríaca, cuando el enfermo tiene preocupaciones excesivas y angustiosas a propósito de su salud, y cuando se concentra en el funcionamiento de uno o varios de sus órganos cuyas manifestaciones son interpretadas como la expresión de un trastorno; la neurosis fóbica, en la que el sujeto teme una situación especial (por ejemplo, la agorafobia, que es una sensación de angustia ante los espacios abiertos; la claustrofobia, consistente en una sensación de angustia producida por los espacios cerrados, etc.); la neurosis obsesiva, que se caracteriza por la aparición, involuntaria y ansiosa, de pensamientos parásitos que tienden a imponerse til Ego, y que evolucionan a pesar de los esfuerzos del enfermo, el cual reconoce, sin embargo, su naturaleza mórbida e irrazonable; y, en fin, las toxicomanías, que son hábitos inveterados consistentes en absorber dosis crecientes de estupefacientes, como éter, morfina, cocaína, opio, hachís*, marihuanao marijuana y, sobre todo, alcohol.

En lo que atañe a las afecciones psicosomáticas, en que el factor psíquico desempeña un papel importante y que, por ello, escapa al campo de la autosugestión y, algunas veces, al training autógeno, señalaremos muy particularmente la hipertensión arterial, en la que los espasmos de los músculos lisos e incluso de los músculos voluntarios agravan el estado y donde, por consiguiente, los factores emocionales no pueden desdeñarse, la angina de pecho y el infarto de miocardio o la irritación, el nerviosismo y la fijación ansiosa sobre el corazón, pueden constituir un factor de crisis, las neurosis cardíacas y los trastornos del ritmo del corazón, los trastornos vasomotores, como la sensación del dedo muerto, y las acrocianosis, las jaquecas y las cefalalgias migrañoides por desequilibrio neurocirculatorio, el asma, los espasmos del esófago, la úlcera gastrointestinal, que afecta generalmente a los individuos tensos, nerviosos, hiperactivos, algunos estreñimientos y ciertas diarreas, la incontinencia de orina, o, al contrario, la retención de orina debidas a una falta de control del esfínter uretral; los trastornos de la función sexual, como la eyaculación precoz, que tiene esencialmente una causa emotiva; la impotencia, a menudo debida a un sentimiento de ansiedad; y la frigidez femenina, que lo más corriente es que sea debida a una negativa a dejarse ganar por el placer sexual, ya por una hostilidad consciente o inconsciente hacia el compañero, ya por el temor más o menos irreflexivo de una desaprobación, temor que tiene con frecuencia por origen imperativos religiosos mal interpretados o también una educación familiar demasiado rigurosa durante la infancia. En fin, determinadas formas de psoriasis y de eccema, cuyos brotes tienen causas emocionales, determinados pruritos, ocasionados por un conflicto psíquico, pueden ser tratados por la sugestión o por el training autógeno. Igual ocurre con el glaucoma, debido esencialmente a un aumento de la presión del líquido intraocular, lo que provoca una compresión de la retina, y, como resultante, una disminución de la visión y dolores de cabeza.

Sin embargo, es conveniente subrayar que si la autosugestión es capaz de realizar verdaderas curaciones e, incluso a veces, prodigios apenas concebibles, es preciso no olvidar que, para obrar con eficacia absoluta y duradera, un tratamiento médico tiene que ser íntegro y completo.

Cuando, bajo la influencia del pensamiento, se consigue restablecer un equilibrio psicosomático o fisiológico destruido, o atajar una afección más o menos grave, no por ello se ha conseguido suprimir las causas profundas de las anomalías vitales que se han combatido.

La mayor parte de nuestros trastornos patológicos, de nuestras lesiones, son, en efecto, consecuencia de faltas cometidas por nosotros mismos, o por nuestros ascendientes, en contra de las leyes de la vida.

Es conveniente, por tanto, después de toda curación (cualquiera que fuese, por otra parte, el factor que la provocó) tender hacia una vida sana, y, en particular, suprimir los errores dietéticos que son origen de gran número de males.

En todo caso, es preciso no caer en el error de determinados taumaturgos o de algunas sectas curanderas, como la Christian Science, el Antonismo y los Testigos de Cristo, que, como hemos visto, pretenden que el espíritu lo puede todo, que la enfermedad es un error, que el bien y la salud son las únicas realidades y que basta con negar el mal para verlo desaparecer.

En realidad, el hombre es a la vez cuerpo y espíritu o, más exactamente, todo ocurre como si fuese cuerpo y espíritu, y si es cierto que el pensamiento puede obrar sobre el organismo, no por ello deja éste de ser una realidad que es preciso tener en cuenta.

Admitir lo contrario equivale a pretender, lo que es un puro absurdo, que los peores errores de régimen y de higiene pueden seguirse sin riesgo y que una sencilla disposición de espíritu permite desafiar impunemente las leyes de la fisiología.

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