Las curaciones extramédicas

Las curaciones extramédicas se impone imperiosamente al espíritu una primera conclusión: el milagro reside en su beneficiario y no fuera de él; en las profundidades de su ser es donde el enfermo encuentra las energías salvadoras y donde se elabora su reconquistada salud. Estos acontecimientos, aunque fisiológicos en sus realizaciones, no por ello dejan de tener un origen psíquico: psicológico, cuando el factor causal es la sugestión, como ocurre en la inmensa mayor parte de los casos; paranormal, en el hecho de curaciones inexplicables científicamente. No hay, pues, fórmulas mágicas ni métodos esencialmente eficaces desde el punto de vista humano, tanto si son magnéticas, hipnóticas, psi coanalíticas o que consistan en negar pura y simplemente el mal. Lo que importa, ante todo, es la sugestionabilidad del sujeto, sus disposiciones psicofisiológicas, la fe que atribuye al procedimiento empleado. Y eso es tan cierto, que el curandero, la fórmula mágica, en una palabra, el agente exterior, no son siempre indispensables: el sujeto puede, actuando sobre sí mismo, por autosugestión, producir la curación.

La creencia en lo sobrenatural, la espera del misterio despiertan en nosotros energías ancestrales. Hacen volver a subir de las profundidades del subconsciente, modelado en el curso de los siglos, las ideasfuerza de fe y de devoción.

Las ceremonias, los ritos, que dejan siempre a los no iniciados una sensación de algo misterioso y oculto, los procedimientos extraños, de los que no se capta la razón, desempeñan un papel análogo. En fin, la multitud exaltada de los que rodean a los curanderos, la acción personal, aún mal conocida pero probablemente mediúmnica de algunos de ellos, tienen una influencia tónica y eufórica que pone al enfermo en las mejores condiciones de sugestibilidad, o, algunas veces, de desequilibrio psicofisioló gico que permiten manifestarse al poder metapsíquico.

Este poder, cuya realidad no es actualmente reconocida por la Ciencia, o, más exactamente, no está reconocida por muchos hombres de ciencia, no por ello existe menos, y sus capacidades parecen casi ilimitadas. Ya la psicofisiología moderna, con los Ri bot, los Floumoy, los Pierre Janet, los Pumas, eliminando la verborrea literaria de las viejas escuelas y ateniéndose a estudios clínicos, a descripciones exactas y precisas, nos ha hecho entrever, a través de las enfermedades de la personalidad, de la inteligencia, de la voluntad y de la memoria, los abismos de nuestro ser.

A su vez, el psicoanálisis nos ha demostrado que el psiquismo del hombre es un mundo inmenso y turbador donde viven, se mueven y chocan extraordinarios fantasmas. En fin, precedida por investigaciones de los magnetizadores y de los hipnotizadores, que la han colocado sobre el tapete, la metapsíquica, que pronto infundirá a la psicología clásica la savia que le falta, nos invita a medir la prodigiosa potencia de este ego críptico que, acaso, es la esencia misma de la vida y del pensamiento.

Aparece ya en los hechos de estigmatización elemental, pero se revela en toda su amplitud y se manifiesta con plena eficacia en las curaciones llamadas milagrosas, en los fenómenos de estigmatización metapsíquica y en las levitaciones. Igualmente es él el agente de las telepatías, de las premoniciones, de las telecinesias y de las ectoplasmias que hemos estudiado en Les Pouvoirs Secrets de l’Homme.

Sin embargo, como se subraya enérgicamente en aquel libro y en este de ahora, tales hechos son profusamente falsificados, de modo que no gozan del consenso universal. Además, probablemente porque no conocemos sus causas reales, parecen no obedecer a las leyes de causalidad, que son las leyes de la experiencia: formulad la causa: el efecto se produce; haced variar la causa: el efecto varía; suprimid la causa: el efecto queda suprimido. Por estas razones, es natural que lleguemos a preguntamos si pueden ser objeto de la Ciencia. La respuesta a esta pregunta constituirá nuestra segunda conclusión, que igualmente será válida para el conjunto de los fenómenos metapsíquicos.

Una ciencia, según el concepto más generalmente admitido, es un conjunto de conocimientos, todos ellos señalados por el carácter de la certeza y ligados entre sí de modo que constituyan un todo homogéneo. Tales son, por ejemplo, las Ciencias físicas, químicas, biológicas y, sobre todo, las matemáticas. La Ciencia así comprendida se opone no sólo a la ignorancia, sino también a la opinión más o menos probable, a la simple creencia. Tiene la estabilidad y la autoridad de un dogma, y se transmite mediante la enseñanza.

Ahora bien, está claro que si admitimos semejante definición de la Ciencia, no cabría ser objeto de ciencia metapsíquica. Actualmente, en metapsíquica se buscaría en vano un conjunto de hechos, ninguno de los cuales sería dudoso y formarían un todo coherente susceptible de ser enseñado.

Pero esta definición que acabamos de dar, ¿está completamente de acuerdo con la realidad y no representa más bien un ideal hacia el que tienden, es verdad, todas las ciencias, pero sin llegar del todo a él, incluso en la más perfecta de ellas, las matemáticas?

Si la Ciencia cayera del cielo completamente acabada como escribe Emile Boirac, respondería sin duda a semejante título, pero somos nosotros, los hombres, quienes la hacemos, y la hacemos lentamente, progresivamente, no sin titubeos y sin errores; resulta que siempre se pueden distinguir en ella dos momentos, aquel en que se hace, y aquel en que está hecha, al menos en cierta medida. Se puede reconocer, como decían los escolásticos, el momento de la ciencia in fieri y el de la ciencia in jacto, o, mejor dicho, no son aquéllos dos momentos sucesivos, sino que constituyen dos puntos de vista, dos estados que coexisten. Tenemos, por un lado, el punto de vista del investigador que crea, y, por el otro, el del profesor que enseña. Siempre hay, por una parte, irnos conocimientos en proceso de adquisición y de integración y, por otra parte, unos conocimientos adquiridos, integrados.

Señalemos, por lo demás, que cuanto más reciente, compleja y difícil es una ciencia, tanto más la parte de las investigaciones supera la de los conocimientos, y éste es precisamente el caso de la metapsíquica, todavía apenas organizada y con muchas zonas desconocidas, pero rica en promesas y esperanzas.

La cuestión planteada, es, pues, saber si debemos dar el calificativo de ciencia sólo a la ciencia adquirida e integrada de nuestros manuales, a la ciencia concreta, cristalizada, y, de buena gana, diríamos fosilizada, y rechazar este título para la ciencia en vías de gestación y de organización.

¡Evidentemente, no!, y estimamos que se puede calificar de científico todo fenómeno cuya existencia sea cierta. No es necesario, para que pretenda a esta dignidad, que entre en nuestros cuadros habituales de pensamiento, en nuestras clasificaciones, en nuestros sistemas explicativos. Tampoco es indispensable, como se dice a menudo, que sea reproducible a voluntad, ni que sea previsible. Muchos hechos naturales no presentan ni uno ni otro de estos dos caracteres. Es, por ejemplo, el caso de un gran número de fenómenos geológicos como las erupciones volcánicas, los temblores de tierra, etc.; igualmente lo es para algunos fenómenos celestes que no se pueden ni predecir ni reproducir, como la aparición de una nova o el paso de un cometa desconocido; fácilmente podríamos continuar la lista. Y, sin embargo, ¿quién se atrevería a sostener que todos estos hechos no son hechos científicos? En definitiva, el único criterio que nos permite proclamar que un hecho es científico es su autenticidad.

Por consiguiente, para responder a nuestra pregunta: ¿pueden ser objeto de ciencia los fenómenos paranormales?, basta, simplemente, con demostrar que estos fenómenos existen, que pertenecen al mundo de la realidad y no al del sueño y que no es perseguir una quimera querer someterlos a los procedimientos habituales de la investigación científica.

Ahora bien, se puede comprobar, comparando lo verdadero con lo falso, como hemos hecho en este libro y en el que hemos citado, que estos fenómenos son reales y que es posible estudiarlos por métodos análogos a los utilizados en Psicología, en Fisiología y en Física.

A partir de eso, podemos formular la segunda conclusión de nuestro libro: Los fenómenos paranormales existen y pueden ser estudiados científicamente, precisamente porque son hechos.

Sin duda, en su marcha hacia delante, la metapsíquica está todavía singularmente entorpecida por el fraude y, correlativamente, por la propensión que tienen determinados metapsíquicos, desprovistos de espíritu crítico y que ignoran además los recursos del ilusionismo, de confundir con excesiva facilidad lo falso y lo verdadero; se ve desacreditada, por otra parte sin motivo, por esa turba de charlatanes, de logreros, y son legión, que la explotan con varios pretextos, por esos traficantes de lo maravilloso y esos aventureros del misterio, algunos de los cuales, jay!, se cubren con una máscara humanitaria.

Pero tiene que luchar sobre todo contra aquellos hombres que no buscan la verdad, sino que tienen sólo el deseo de tener razón contra los demás, el deseo de demostrar que lo que ellos creen es la verdad.

Ahora pensamos muy particularmente en aquellos llamados racionalistas que, a priori, es decir, sin examen previo, rechazan los fenómenos paranormales porque no cuadran con sus ideas

(t) Sin embargo, conviene señalar que hombres de gran valla, que ocupan un pri merísimo plano en el mundo universitario y erudito, no querrían más que rendirse a la evidencia, pero, desgraciadamente, no habiendo podido, a pesar de su buena voluntad, observar por sí mismos fenómenos indiscutiblemente paranormales y habiendo, por otra parte, encontrado, en sus investigaciones, experimentadores que estimaban insuficientemente rigurosos, no consiguen y es absolutamente legítimo por su parte pronunciarse definitivamente en favor de la realidad de los fenómenos estudiados por los metapsíquicos.

preconcebidas, al seguir, por su modo de pensar y su actitud, las huellas de ilustres predecesores o de doctas asambleas: de Gui Patín, decano de la Facultad de Medicina de París, que calificó la circulación de la sangre, descubierta por Harvey, como paradójica, inútil a la Medicina, falsa, imposible, ininteligible, absurda y dañina para la vida del hombre; de la Royal Society, que tachó de fantasía, desacierto, hipótesis infecunda y ficción gratuita brotada de un cerebro estéril la teoría de las ondulaciones luminosas de Thomas Young; de aquella misma Sociedad que rechazó la inserción de la más importante memoria del célebre Joule, fundador, con Mayer, de la termodinámica; del físico Rabinet, del Instituí, examinador en la Ecole Polytechnique, quien escribió que la teoría de las corrientes puede dar pruebas, sin réplica, de la imposibilidad de una transmisión de la electricidad por cables; de Bouillaud, también del Institut, quien, en el curso de la presentación del fonógrafo por Du Moncel en la Académie des Sciences, se precipitó contra el representante de Edison y, cogiéndole por la garganta, gritó: ¡Miserable! No seremos engañados por un ventrílocuo, etc.

En realidad, las fobias antimetapsíquicas de muchos pensadores contemporáneos parecen, sencillamente, rozar la mala fe y pasar, a menudo, al terreno del psicoanálisis o incluso de la psiquiatría. La impermeabilidad a cualquier argumentación racional y a cualquier evidencia experimental, cuando se aplica a la metapsíquica, es señal de un complejo y obra de una censura subconsciente. El rechazo de todo lo paranormal por espíritus a veces distinguidos se ha convertido netamente en un Credo, o, como dice muy pertinentemente el ilustre filósofo francés Gabriel Marcel, que nos honra con su amistad, es un dogma de bien pensantes científicos. Estos devotos de la Ciencia que, no lo olvidemos, es una creación humana, como muchos creyentes, en general, son esencialmente unos miedosos o irnos perezosos que temen verse en la penosa obligación de reconstruir su edificio intelectual, que data de los tiempos lejanos y superados de los Haeckel y de los Le Dantec. O también hay quienes se imaginan, más o menos confusamente, que aceptando en el orden biológico o psicológico lo que, a falta de un término más apropiado, llamamos provisionalmente el paranormal, se encontrarán, ipso fació, conducidos a admitir los dogmas de tal o cual religión que estiman haber rechazado hace poco y de una vez para siempre en un gran empuje de racionalismo que, por lo demás, puede ser legítimo.

Estimando que son los poseedores de la verdad absoluta y definitiva, se abroquelan en sus certezas, con todo lo que esta palabra encierra de intolerancia, de incomprensión, de sectarismo o incluso de fanatismo, y así evitan el cuerpo a cuerpo, normal y fecundo, con esta realidad viva que es lo paranormal.