Levitación de los santos

Entre los fenómenos telecínéticos, el más asombroso es sin duda la levitación, es decir, el levantamiento espontáneo del cuerpo humano en el espacio. Seguramente también es el que menos se presta a la sofisticación. Es bastante raro en metapsíquica, pero parece relativamente fecundo en hagiografía cristiana, que posee acerca del fenómeno una tradición escrita antigua, continua y variada; sin embargo, conviene tener en cuenta exageraciones y leyendas. Hecha la discriminación, subsiste determinado número de casos en que la autenticidad no parece nada dudosa, puesto que está apoyada en documentos verificados, seguros y exactos.Entre todos los hechos correctamente observados y cuidadosamente consignados, fijémonos aquí en los que nos parecen más típicos: las levitaciones de Teresa de Ávila, de Bemardino Reali no, de Francisco Suárez y de José de Copertino.

Santa Teresa, cuyo espíritu era de lo más positivo dentro de su misticismo, se quejaba de levantamientos en el espacio que ella no podía impedir y que parecen haber estado en relación con un gran consumo de fuerza nerviosa.

Ello me ocurrió escribe un día cuando estaba en el coro con todas las religiosas, arrodillada y preparándome para comulgar. Mi pesar fue extremo, al considerar que una cosa tan extraordinaria no dejaría de causar gran sensación. Como quiera que este hecho es muy reciente, y ha ocurrido ejerciendo el cargo de priora, prohibí a las religiosas que hablaran de ello. Otras veces, dándome cuenta de que Dios iba a renovar aquel favor, me echaba de pronto al suelo; mis hermanas se apresuraban para retenerme, pero, a pesar de ello, el arrobamiento no podía escapar a sus miradas. Suplicaba a Nuestro Señor se dignara no favorecerme más con estas gracias que se delatan por signos externos; estaba  se dice es verdad.

En lo que atañe a las levítaciones de José de Copertino, abundan los documentos, relativamente poco antiguos, puesto que el religioso nació en 1603 y murió en 1663. Las encuestas de beatificación empezaron ya dos años después de su muerte, de modo que todos los testigos de los extraordinarios fenómenos presentados por el santo vivían aún. Los fenómenos ocurrieron en Nardo, en Asís, en Osimo, en Fossombrone, en Nápoles, en Roma y en un determinado número de conventos: la Grottela, el Sacro Couven to, etc. Las actas del proceso de canonización relatan más de setenta arrobamientos sólo en la población de Copertino o en los alrededores. Ningún santo dice la bula de canonización puede, en este aspecto, comparársele.

Las levítaciones de José consistían en levantamientos con movimiento de traslación. En algunas ocasiones quedaba como suspendido en el aire en presencia de todos los hermanos de su Orden. A menudo, los religiosos que lo rodeaban, dudando de lo que estaban viendo, pasaban la mano por debajo de sus pies, a fin de asegurarse de que no tocaban el suelo. El papa Urbano VIII fue un día testigo del fenómeno y declaró que no dejaría de atestiguar dé aquel prodigio si moría después que José. Parece cierto también que, en algunas circunstancias excepcionales, elevó consigo en el aire a personas a quienes tenía cogidas por la mano.

Entre las levítaciones más notables comprobadas durante los trece años que el santo pasó en Asís, se puede citar la ocurrida en 1645 ante el gran almirante de Castilla, legado en la Corte pontificia, que fue a verle acompañado por su mujer. Apenas hubo entrado en la iglesia en que estaban sus visitantes, José, pasando por encima de sus cabezas, voló hacia una imagen de la Virgen; luego, siempre manteniéndose en el espacio, volvió a su punto de partida. Después de lo cual regresó a su celda por los medios ordinarios. Se dice que, impresionada por el prodigio, la esposa del legado se desvaneció y que fue preciso emplear mucha cantidad de sales para hacerla volver en sí.

Otra levitación célebre del santo se produjo en presencia del duque Juan Federico de Brunswick. Mientras asistía a la misa que celebraba José, le vio y todos los fieles le vieron igualmente elevarse del altar, atravesar por los aires, de rodillas, una distancia de cinco pasos y volver al altar. Al día siguiente, en el momento de la consagración, José se alzó una palma del suelo y se mantuvo así más de cinco minutos por encima de las gradas del altar, mientras sostenía la hostia, con los brazos en alto. Viendo esto, el príncipe se puso a llorar. Él y uno de sus chambelanes, que eran luteranos, se hicieron católicos a consecuencia del milagro.

La celebridad de José era inmensa, y los más grandes personajes de la época querían contemplarle en sus levitaciones. Así, ría de Saboya, los cardenales Facchinetti y Rappaccioli, se bisaron cerca de Asís para hablar con el santo de asuntos espirituales y asistir a sus vuelos extáticos.

Es agradable dejar constancia de que, cuando Copertino vivía con los capuchinos de Pietrarubbia, se establecieron hosterías y tabernas en los alrededores del convento, para albergar a los curiosos, cada vez más numerosos, que deseaban estar presentes en los arrobamientos. Por lo demás, el religioso era a menudo excluido, por sus superiores, de las procesiones, del coro, del refectorio, a causa del trastorno que ocasionaban sus levitaciones. Por ejemplo, durante una levitaciórf ocurrida ante el altar del Santo Sacramento, cuando volaba de rodillas frente al tabernáculo, sus sandalias cayeron al suelo, lo que provocó algunas sonrisas a pesar de la majestad del prodigio.

Al pueblo llano, como a los grandes, se lo favorecía con la contemplación del milagro. Así fue el caso de unos pastores invitados el día de Navidad a ir a tocar la gaita en la iglesia de la Grotella. Uno de ellos contó lo que había visto, de un modo ingenuo y encantador, pero impregnado de veracidad: Entramos todos juntos en la iglesia, el hermano José a la cabeza y nosotros detrás, hacia las diez o las once de la noche, llenando la nave con el sonido de gaitas y de pífanos. Vimos entonces cómo el hermano José, de tan contento que estaba, se ponía a danzar en medio de la iglesia al son de nuestra música. Pero, de pronto, suspiró y dejó escapar un grito; al mismo tiempo se elevó en el espacio y, desde el centro de la iglesia, voló como un pájaro por encima del altar mayor, donde abrazó el tabernáculo; ahora bien, desde el centro de la iglesia hasta el altar mayor, la distancia puede que sea de cinco varas. (La vara es una antigua medida agraria de valor variable según los países; cinco varas equivalen, aproximadamente, a veinticinco metros.  N. del A.)

Pero lo mejor de la cosa es que el altar estaba lleno de candelabros encendidos, y el hermano José voló, se posó entre los candelabros, y no derribó ni uno. Se quedó así de rodillas, sobre el altar, abrazando el tabernáculo, como cosa de un cuarto de hora; después de lo cual, bajó del altar, sin ayuda de nadie y sin descomponer nada. Se alejó de nosotros, ojos y mejillas bañados en lágrimas, diciéndonos: “Hermanos míos, ya basta, sed bendecidos por el amor de Dios.” Estábamos asustados de devoción (sic) y muy asombrados. Me dije interiormente: de verdad, esto es un milagro.

Entre los centenares de declaraciones que hacen de las levitaciones de José de Copertino una certidumbre histórica, citemos, para terminar, la relación del cirujano Francesco de Pierpolo, quien observó el fenómeno del arrobamiento de un modo perfectamente objetivo: En tiempos de la última enfermedad del padre José, declara, tuve que practicar un cauterio en la pierna derecha, de acuerdo con las prescripciones del médico, Monsieur Hyacinthe Carosi. El padre José estaba sentado en una silla, con la pierna apoyada en mi rodilla. Ya estaba yo aplicando el hierro para la operación cuando me di cuenta de que el padre José estaba embelesado más allá de los sentidos y en completa abstracción; los brazos en cruz, los ojos abiertos y dirigidos hacia el cielo, la boca medio abierta; parecía que la respiración hubiese cesado por completo. Vi que se había elevado como una palma por encima de la silla, por lo demás, en la misma posición que antes del éxtasis. Intenté doblarle la pierna, y no lo conseguí; quedó extendida. Habiéndose posado una mosca en la pupila del ojo, cuanto más me esforzaba en sacarla de allí, más parecía obstinarse en volver al mismo lugar. En definitiva, tuve que dejarla. A fin de observar mejor al padre José, me puse de rodillas. El médico antes citado observaba junto a mí. Los dos reconocimos, muy visiblemente, que el padre José estaba arrobado más allá de los sentidos y que, además, se hallaba realmente suspendido en el aire, como he dicho. Aquella situación se prolongó durante un cuarto de hora, cuando se presentó el padre Silvestre Evangelista que vivía en el convento de Osimo. Después de haber observado el fenómeno, ordenó a José, en nombre de la santa obediencia, que volviera en sí, y lo llamó por su nombre. José sonrió y recuperó los sentidos.

Es de notar que este atestado, a la vez sobrio y minucioso, no refleja emoción alguna ni ningún pensamiento de edificación espiritual. Ciertamente, expresa una realidad.

Para evitar repeticiones, limitémonos a algunos ejemplos de levxtaciones proporcionados por la hagiografía cristiana. Por su robustez, su precisión, su sello de autenticidad, pueden, por sí solos, llevar a la convicción, pero no son únicos en su clase. Muchos santos, aparte los que acabamos de considerar, místicos y ascetas cristianos estuvieron igualmente sujetos a vuelos extáticos. La lista sería larga de consignar. Citemos sólo, limitánHrmng a los siglos xix y xx: Claude Dhiére (17571820), director del gran seminario de Grenoble, objeto de levitaciones en el curso del éxtasis; MaríaCrucificada de las Llagas de Jesús (17821826), a quien se vio varias veces suspendida en el aire; el bienaventurado Andró Hubert Fouraet (17521834), objeto igualmente de varias levitaciones; el bienaventurado JoséBenito Cottolengo (17861842), cuyas levitaciones fueron particularmente bien observadas; santa María Magdalena Postel (17561846), a quien sorprendieron sus alumnas en estado de vuelo extático; María de Jesús Crucificado (18461879), quien, repetidas veces, se elevó por encima del suelo ante las

hermanas de su comunidad, y ello a pesar de sus esfuerzos contrarios para impedir la atracción sobrenatural; el bienaventurado Michel Garicoits (17971863), fundador de los padres del Sagrado Corazón de Bétharram, quien se elevaba del suelo cuando decía misa; y, en fin, Gemma Galgani (18781903), de Lucca, la cual, alguna vez, en sus éxtasis, se elevaba lo bastante alto como para abrazar un crucifijo, que normalmente no hubiese podido llegar hasta a el.